JUAN MARTÍN POSADAS
Nuestro país tiene un prontuario de decadencia. Dicho en jerga policial, tiene antecedentes. En determinados períodos de nuestro pasado hubo cobardía para enfrentar los problemas; adquirimos hábitos de flojos.
Esa actitud -propia de procesos decadentes- se instaló en los gobiernos y, en sucesivos círculos viciosos, legitimó conductas populares que, a su vez, condicionaron a futuros gobiernos y así sucesivamente.
El golpe de Estado cortó ese ciclo, pero los hábitos y las huellas culturales, tanto buenos como malos, tienen notable capacidad de sobrevivencia.
En varios de los gobiernos posteriores a la dictadura esos hábitos volvieron a aparecer; en otros no.
En el actual gobierno hay una franca expansión reflejada en dos aspectos. Pasaré a describirlos enseguida, pero antes una salvedad: los gobiernos flojos lo son a partir de presiones: son gobiernos que aflojan.
Dos son, como digo, las caras de esta situación encarnadas en actitudes gubernamentales. Forman eso que llamé antecedentes o prontuario.
La primera es el gastar más de lo que hay y de lo que se había propuesto gastar y la segunda es no animarse a hacer lo que se sabe es necesario hacer.
En cuanto a lo primero el trámite de la rendición de cuentas en curso es elocuente. Las demandas de aumento del gasto público, impulsadas por legisladores oficialistas, acosan por los cuatro costados y el gobierno afloja.
Los técnicos del Banco Central han protestado porque el Ministerio de Economía cede a presiones políticas y sube el gasto público.
El gobierno ha gastado todo el fenomenal aumento de ingreso que se originó con la suba de los precios de nuestros productos de exportación. Esa debilidad del gobierno para resistir las presiones -políticas, sindicales o simplemente demagógicas- es prueba del arraigo de aquellas taras que registra el prontuario de antecedentes.
En cuanto a lo segundo, el no animarse a hacer lo que debe hacerse y no enfrentar las dificultades, las quejas o las presiones, en eso el panorama es desalentador.
El viejo (y barato) truco de patear la pelota para adelante -estilo que caracterizó nuestra rodada cuesta abajo- se practica sin reparos. No se animan con la reforma de la Caja Bancaria que todos saben que es urgente; amagaron y echaron para atrás con la reforma del Correo, vetada por el sindicato; la reforma educativa se anunció y se enterró; la reforma de la Caja Policial está trancada; la reforma del Estado, que Mujica llamó la madre de todas las reformas, indispensable para ahorrar y para soltar los pesadísimos mecanismos de la gestión pública, está congelada; quedamos sin fuentes de energía, se habla todo el día de ello, hay que aumentar las tarifas e imponer restricciones, pero la discusión sobre la energía nuclear está paralizada.
Todas y cada una de estas cosas (y varias otras) deben ser realizadas, son urgentes pero, como demandan empeño, son complejas, exigen decisiones y hay que jugarse, entonces se vuelve al viejo hábito decadente: procrastinar, dejar para mañana.
Si el lector quiere algo emblemático mire al Hotel Carrasco, vieja joya urbanística víc-tima de la incuria de tres administraciones municipales sucesivas.
Alguien prometió sacudir hasta las raíces de los árboles; sin embargo los antecedentes de quietismo y pusilanimidad que habían sido desafiados y enfrentados en los gobiernos de Lacalle y Batlle hoy se han vuelto a instalar.