PABLO DA SILVEIRA
La administración Vázquez se instaló anunciando una ruptura profunda con 170 años de gobierno de los partidos tradicionales. Pero, ya iniciado el tramo final del período, los resultados parecen estar lejos de esa promesa. Cuando se analizan los logros efectivos (en lugar de las intenciones o declaraciones) las cosas no parecen haber mejorado mucho. Veamos una lista incompleta.
Este gobierno se ha beneficiado de uno de los contextos económicos más favorables de nuestra historia, lo que permitió crecer anualmente a más del 7 por ciento. Pero, a pesar de esa abundancia y de haber gastado centenares de millones de dólares en programas sociales, la pobreza y la indigencia no han retrocedido. Hoy tenemos un 10 por ciento más de pobres que en 1998.
Al tiempo que la pobreza se mantiene, varios indicadores sociales se deterioran. La mortalidad infantil aumentó del 10,6 al 11,9 por mil entre 2006 y 2007. La mortalidad materna subió del 1,2 al 2,9 por diez mil en esos años. Entre 2004 y 2006, la población de los asentamientos irregulares en Montevideo creció en más de 20 mil.
La emigración fue siempre identificada por la izquierda como el síntoma de un país que no daba oportunidades. Uno de los primeros lemas publicitarios del Frente Amplio fue: "Hermano, no te vayas. Ha nacido una esperanza". Pero la emigración ha aumentado en estos años. Sólo en 2007 partieron más de 16 mil personas. El último año con baja emigración fue 2004, antes de que el actual gobierno entrara en funciones.
Pese a un gran aumento del gasto educativo, nuestros estudiantes siguen aprendiendo poco y el clima en los centros de enseñanza se deteriora. La prueba PISA volvió a mostrar que estamos lejos de los que hacen bien las cosas (aunque nos queda el magro consuelo de ser mejores que nuestros vecinos). Episodios como el cierre del Liceo 38 pusieron en evidencia el descontrol y el deterioro de los vínculos.
Tras quince años de estabilidad de precios, una inflación de dos dígitos aparece nuevamente en el horizonte. Este cambio se debe en parte a fenómenos externos, pero también a decisiones locales. El gasto público pasó de 1.500 millones de dólares en 2004 a 4.500 millones en 2007. La inflación, como se sabe, es un impuesto encubierto que castiga a los más débiles. A lo ya anotado podría agregarse el aumento de la inseguridad (por primera vez la criminalidad se generaliza en el interior) o el fracaso de la política exterior fundada en las "afinidades ideológicas" (el Mercosur está más trabado que nunca y la cooperación con Chávez quedó en poca cosa). Pero lo importante no es hacer la lista, sino decidir cómo vamos a reaccionar ante ella. Y aquí hay dos actitudes que convendría dejar de lado.
La primera (típica de los oficialistas) consiste en minimizar el problema. Eso hacen quienes afirman que la pobreza no cae porque siempre crece rápido pero baja despacio. Al afirmar algo así, no solamente olvidan los reclamos urgentes que hacía la propia izquierda cuando era oposición, sino los logros de varios gobiernos anteriores: entre 1990 y 1994, en un contexto menos favorable y durante el gobierno del "neoliberal" Lacalle, la pobreza cayó a la mitad.
La segunda actitud (típica de los opositores) consiste en atribuir toda la responsabilidad a la administración Vázquez. Quienes actúan de este modo olvidan que casi todos los problemas mencionados existían antes de que la izquierda fuera gobierno. Puede que la administración Vázquez esté siendo muy ineficiente en varias áreas, pero ha creado pocos problemas nuevos.
Lo que a esta altura todos deberíamos reconocer es que los uruguayos tenemos serias dificultades para resolver nuestros propios problemas. La izquierda está haciendo una experiencia que antes hicieron otros partidos con larga trayectoria opositora: gobernar es más difícil de lo que parece. Si los otros no hicieron mejor las cosas no fue por insensibilidad o desidia, sino porque no era fácil. Quienes hoy están en la oposición deberían, por su parte, recordar las dificultades que ellos mismos enfrentaron. Si nos limitamos a intercambiar facturas, todos perderemos la oportunidad de aprender algo.
Los uruguayos necesitamos nuevas maneras de abordar los problemas del país. Si esos problemas existen, no es porque algunos sean bien-intencionados y otros perversos, sino porque estamos equivocando el método. En lugar de lanzarnos mutuamente acusaciones de "neoliberal" o "estatista", deberíamos incorporar una dosis de sano pragmatismo y prestar más atención a los resultados. Si el Plan Ceibal permite que miles de niños se familiaricen con la informática a un costo razonable, vale la pena apoyarlo. Si el Plan de Equidad no consigue reducir la pobreza pese a los millones que consume, deberíamos eliminarlo. Lo que está en juego es el futuro de las nuevas generaciones. No podemos darnos el lujo de los atavismos ideológicos.
Puede que esto suene a palabras bonitas, pero llevarlo a la práctica es desafiante. No sólo deberíamos cambiar radicalmente nuestra cultura de debate público, sino también modificar el modo en que administramos los dineros públicos: en lugar de presupuestar por rubros, deberíamos hacerlo por objetivos y condicionar la continuidad del financiamiento al logro de metas intermedias. Sólo ese cambio sería una revolución más grande que todas las prometidas.