Economía y persona

LEONARDO GUZMÁN

Esta historia ya la vivimos: alegres los indicadores macro, pero pocos pesos por cada dólar exportado, falta de dinero en el bolsillo, la inflación asomándose, el crédito por las nubes. Con cuadro similar, hubo más de un gobierno que, radiante, cantaba Tout va très bien Madame de la Marquise. Al despertar, se pellizcaron preguntándose ¡¿De qué nos valió todo eso?!

El hecho de que hoy los festejos no sean en francés sino en murga no les garantiza un mañana mejor. Y no sólo por los números. Por algo mucho más importante: el estado de ánimo.

Solemos perderlo de vista. Está de moda enterarnos por encuestas de lo que nos dicen que pensamos como "sociedad"; pero no es de estos tiempos preguntarnos francamente cómo nos sentimos, interrogarnos a fondo a dónde queremos ir y proponernos proyectos. Postergado por las "realidades", disuelto entre las grandes cifras, medido a efectos sólo preelectorales, parecería que el ánimo no es tema.

Pero ¡vaya si lo es!

Es que la economía es el hombre. Y el hombre no empieza en los datos de su entorno sino en la respuesta que él aprende a darles. Esa verdad simple y sencilla inspira a todos los planteos de los más lúcidos espíritus de la Ilustración.

Montesquieu y Diderot en la Francia de las Corporaciones anteriores a que las disolviera la Asamblea Nacional en 1789, sostenían la importancia de la libertad y la templanza para crear prosperidad.

Adam Smith escribió para Inglaterra su Teoría de los Sentimientos Morales quince años antes que su Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones.

Benjamín Franklin lo proclamó para Estados Unidos en todos sus planteos, condensados en su ejemplar Libro del Hombre de Bien.

Todos ellos duraron mucho más allá de lo episódico. Después que hablaron de normas y economía rescatando al hombre como protagonista, pasó de todo: en Francia, la Revolución inventó la guillotina e impuso las crueldades del 93; en Inglaterra, las hilanderas inventaron el "sabotaje" rompiendo a punta de zueco las máquinas que les sacaban jornales; en Estados Unidos sobrevino la Guerra de Secesión, arrambló la crisis del 29 y hasta cayeron ahora las hipotecas. Pero -por encima de todo eso reseñado y mucho más que no cabe acá- sigue vigente la verdad de que la construcción de la economía depende mucho del espíritu de los protagonistas: es función de la entrega de los emprendedores y del entusiasmo por sembrar.

Autores de la talla de Max Weber -con su examen de la influencia del protestantismo en la mentalidad capitalista- y de Sorokin -con su oposición a las filosofías deterministas y materialistas, a las que acusaba de enfermas de cuantofrenia- convirtieron esa verdad en comprobación científicamente demostrable.

Desgraciadamente, en nuestro país dejamos los temas del ánimo, aterido por violadores intrafamiliares, quemazón de un pordiosero para filmarlo, míseros e infelices rapiñadores y traficantes de drogas -hasta en liceos- lujosos pero no menos infelices y míseros.

Por encima de quien gobierne, debemos saber que no alcanzaremos la excelencia si no retomamos la dimensión humana, enseñada en el Uruguay -cada uno en su tiempo y en su plano- por Vaz Ferreira, Faroppa, Bucheli, Azzini, Acevedo Álvarez e Iglesias.

Por lo cual, la bonanza macro con datos contradictorios y protagonistas perplejos no puede bastar para darnos lo principal en nuestra lucha por la vida: la esperanza.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar