Producto de los goles, Juan María Franco fue el jugador de Peñarol que recibió el apoyo multitudinario de las gargantas aurinegras.
Los hinchas ovacionaron su nombre en tres oportunidades: después de cada una de las conquistas y cuando Gustavo Matosas decidió sacarlo de la cancha.
El delantero, cabe precisarlo, respondió en gran forma y agradeció cada uno de los gestos que le tributó la parcialidad.
Pero si Franco recibió la mejor muestra de amor de sus hinchas, ni qué hablar de lo que pasó cuando Carlos Bueno convirtió el tercer gol de Peñarol.
A la loca carrera que el nueve emprendió por detrás del arco la acompañó un grito casi desenfrenado y de desahogo de la parcialidad. El plantel, todo, se tiró arriba de "Charly Good" y segundos después, cuando la pirámide humana lo dejó respirar, la tribuna Ámsterdam se puso de pie para ofrendarle a Bueno una ola de aplausos.
El jugador imitó a los aficionados y levantó sus brazos para aplaudir.
Después se juntó con Franco y, de la misma forma que antes él le había regalado una cálida celebración -casi íntima-, tuvo el último premio. El abrazo y la protección del corpulento número siete.
Es más, de no haber mediado los goles de Juventud que pusieron los nervios de punta, la tarde pudo bien ser recordada como el día de los goleadores.