LEONARDO GUZMÁN
Descuidistas y arrebatadores llegan a la frontera de la rapiña, y sin embargo son pocos los detenidos y muy pocos los que van a la cárcel. Se hace larga la lista de crímenes sin aclarar. Resulta arbitrario el estiramiento lánguido de algunos presumarios y el archivo abrupto de otros.
Ante esto, proliferan las voces que reclaman más de la policía, de los Magistrados, del gobierno. Todos tienen sin duda mucho que revisar para revertir la impotencia del Derecho.
Pero el problema es mucho más vasto. En el Uruguay, el Derecho pierde terreno. Se prefiere la encuesta a la norma, el dato a la exigencia.
La mortandad en carretera lo demuestra: patentiza que la debilidad del Derecho nace antes de que llegue el patrullero con la ambulancia. Se enraiza en una inconsciencia ético-jurídica, enquistada en los centros nerviosos que deben gobernar la atención y los reflejos. Lo que falla no es la investigación, que llega tarde con sus castigos, ni el Derecho Civil, que llega tarde con sus indemnizaciones por víctimas que no reviven. Lo que falla es la cultura.
Y no es el único ejemplo. La epidemia de violencia doméstica, la patología de las sociedades familiares, el rompimiento de los cánones de convivencia laboral, todo eso alimenta la caída del Derecho como conciencia inspiradora, al colocar gruesos signos de interrogación allí donde debería sostenernos la firme y dulce certidumbre que dan los principios.
Aclaremos: el atolladero en que se encuentra el Derecho no es sólo tema del Uruguay.
En Chile, con todo el avance tecnológico que se le admira, cunde la misma alarma, especialmente en referencia a casos resonantes de la Justicia.
De la Argentina, con gobiernos cómplices de piqueteros liberticidas, ¿qué decir?
En Francia, cuna de conceptos ¿acaso no fue bandera de triunfo para Sarkozy su denuncia de la quiebra de las bases morales de la convivencia pacífica y del Derecho?
Pero aclaremos también: el hecho de que un tema sea común a muchos no es consuelo que nos ahorre el trabajo de resolverlo bien. Es responsabilidad del hombre asumir lo universal; así lo entendió Artigas, así lo supo el Uruguay cuando edificó soluciones que paseó como ejemplo para el mundo.
Lo olvidamos. Por eso, una larga temporada de "vale todo" les dio alas a carteristas prófugos, asesinos incógnitos y defraudadores macro. Los resultados de la anomia están a la vista. Jaquean al Estado de Derecho donde más fuerte tendría que estar: en la conciencia de sus ciudadanos.
Ante el desconcierto, dos deberes.
Uno inmediato: en cada caso concreto, defender al hombre desde el Derecho hasta el máximo de nuestras capacidades, sin rendirnos por pereza, adaptación o "quevachaché".
Otro de largo alcance: reconstruir el concepto y la vigencia de la ley, restableciendo su imperatividad y trabajando en sus matrices teóricas.
Para eso hay herramientas.
En naciones estudiosas -España, Inglaterra, Alemania, Finlandia- el análisis lógico-jurídico y el empuje a nuevas fronteras de la comprensión -abordajes lingüístico y hermenéutico- vienen recuperando la claridad de las normas y arrinconando el sofisma de que se puede sostener cualquier disparate porque siempre hay dos bibliotecas. Aprendamos; y, retomando nuestra mejor tradición, volvamos a juntar la teoría y la práctica en respuestas propias, que reconcilien lo que queremos ser con lo que vamos siendo. En vez de mantenernos en permanente desafinación.