JORGE SAVIA
Hoy, al caer la tarde, después que termine el clásico rioplatense que van a jugar en el complejo de la AUF las selecciones Sub 15 de Uruguay y Argentina, el lateral derecho del equipo visitante saldrá de la cancha más desorientado que Tarzán en el "Día de la Madre", si acaso le preguntará al técnico Jorge Theiler a dónde lo trajeron y, quizá, cuando vuelva mañana a Buenos Aires, el pibe tratará de consultar un mapa de América del Sur y hacer un repaso de geografía.
ALEMÁN. Es que el muchacho se habrá enfrentado a una situación más singular, incluso, que la que vivieron los jugadores de las selecciones que se midieron con Alemania durante el transcurso del Mundial de Corea y Japón en 2002, y constataron que con la camiseta N° 22, jugaba Asamoha: el primer alemán de raza negra que, seguramente, habrán conocido.
Más aún, que a ese chico -como dicen los argentinos- ni se le ocurra pegarle una patada al puntero izquierdo de la Sub 15 de Uruguay, porque el insulto que recibirá como respuesta será un "¡filho da puta!", tan sorpresivo como la contestación que le dio Felipe De Souza a Ovación cuando le preguntó en qué barrio de Santa Ana do Livramento había nacido y, hasta hace meses nomás, vivía: "A cuatro cuadras da divisa".
De esa forma, en portugués cerrado, y no en el clásico y también intrincado "portuñol" ambiguo, esta réplica del riverense Enzo Scorza, aunque rubio, de tez muy blanca y cachetes enrojecidos, puntualiza qué tan cerca de la frontera con Uruguay, pero desde el lado brasileño, creció y transcurrió la mayor parte de sus días.
PORTO ALEGRE. Incluso ahora, saliendo del Complejo "Uruguay Celeste", lleva debajo del buzo una camiseta del cuadro del que es hincha, que lo llevó a Porto Alegre porque también sus "cazatalentos" fueron seducidos por sus condiciones de vivaz y hábil futbolista: "El Inter; yo estuve allá 50 días, pero me volví porque había como 20 en el puesto mío".
La historia, si es que se le puede llamar así, es breve; y hasta simple, aunque tuvo, como ocurre siempre, algún coprotagonismo del destino: no hace mucho, cuando las divisiones formativas de Peñarol y Nacional de Montevideo fueron a Rivera a disputar un cuadrangular con sus similares de Gremio e Inter, los aurinegros realizaron un par de prácticas con las inferiores de su homónimo fronterizo, y en ellas Víctor Púa vio a De Souza y lo reclutó enseguida. Después, al tiempo, cuando Fabián Coito -que ya tenía referencia del "garoto" a través del técnico del Peñarol riverense- primero lo fue a ver en un partido de la 6a. división de los carboneros contra Wanderers y luego estuvo en conocimiento del dato que le pasó el reconocido formador de jugadores juveniles y lo convocó para la selección Sub 15: "Mi padre es brasileño, y mi madre uruguaya. Por eso, por ella, yo también puedo ser uruguayo. No tenía la doble nacionalidad, pero me la sacaron ahora, para jugar por la selección de Uruguay."
En realidad, ese día que Coito fue a observar a De Souza, sólo lo pudo ver unos pocos minutos porque lo echaron. Sin embargo, se dijo a sí mismo: "La mejor manera de probarlo y medirlo es tenerlo tres veces por semana conmigo".
Jugando en la punta izquierda, ya que la Sub 15 respeta el 4-3-3 que el maestro Tabárez pautó como patrón táctico general -o básico- para todas las selecciones celestes en el comienzo mismo de su ciclo al frente de las mismas, Felipe De Souza -que alterna en el mencionado puesto con Bruno Vila, hermano menor del punta de Defensor Sporting- arranca a veces por afuera, y en otras pica en diagonal, mostrándose rápido, escurridizo, incisivo.
Con esos rasgos llegó a la selección de Uruguay y hoy encarará a un marcador lateral derecho argentino que, si acaso, no sabrá a qué país lo trajeron, y quizá al volver mañana a Buenos Aires se meta a hacer un repaso de geografía, porque el pibe vino a jugar a Montevideo contra los celestes y, muy probablemente, tras terminar el partido, el puntero al que tuvo que marcar le diga: "¡Eh, vocé! ¿Nao quer trocar a camisa..?"
La cifra
63 kilos es el peso de Felipe De Souza, que mide 1,66 de estatura.