Leonardo Guzmán
Notorios: empobrecimiento intelectual del liceo y las Facultades, endeblez de las profesiones de servicio, pérdida de diálogo sobre temas profundos, desorientación valorativa. Deambulan masas sin formación ni finalidad que las ilumine.
Gente muy diversa tiene en común la disociación del pensamiento y la acción, con pérdida del sentimiento de lucha por la vida, fundamento del concepto de hombre desde el cual parte la democracia.
Con tamaño cuadro, lógicamente nada es más frecuen- te que la lamentación resigna-da por la caída de la cultura, la ausencia de proyecto y el descreimiento en el porvenir.
Y no es que cultura, proyecto y porvenir estén ausentes en el repertorio oficial sino que desde hace largos años se los viene agitando sólo como lemas publicitarios -"banderas de lucha"- de agrupamientos que los usan para reclamar más rubros de Rentas Generales o esperar milagros de lo que hayan de hacer otros.
Esa actitud, inscrita en la repetición de que todo es un "proceso socio-económico" ha hecho perder de vista que no hay "rentas" que sean "generales": sólo hay frutos del afán particular de cada día; y, sobre todo, ha ocultado que la vida cultural, la capacidad de proyectar y la siembra del futuro no son tareas del "colectivo" sino misiones para la conciencia creativa de cada persona.
A ella, la conciencia, las confió la Constitución al establecer en el art. 36 que "Toda persona puede dedicarse al trabajo, cultivo, industria, comercio, profesión o cualquier otra actividad lícita, salvo las limitaciones de interés general que establezcan las leyes" y al disponer en el art. 53 que "Todo habitante de la República, sin perjuicio de su libertad, tiene el deber de aplicar sus energías intelectuales o corporales en forma que redunde en beneficio de la colectividad..."
Por recoger verdades milenarias, el Texto Magno se anticipó a la experiencia final del siglo XX: ligó la libertad de trabajo con el bien común, creyó en la cooperación interpersonal propia de la libertad creadora, mandó fundar -art. 8- las distinciones en los talentos y las virtudes. Y enmarcó esos fines en la afirmación radical -art. 72- de que el ser humano tiene derechos que, aun cuando no estén escritos, son inherentes a su personalidad. Pues bien. Gran parte del desconsuelo de unos y el desconcierto de otros es consecuencia de haber abandonado el sentimiento de que esas normas de la Constitución constituyen un programa de vida.
Es que confiando en la obra gestora de la libertad -de cultos, de pensamiento, de trabajo, de iniciativa-, la Constitución nos llama a ser una nación de propósitos y, aun en nombre de la fidelidad a mitos, prohíbe reducir a los ciudadanos a meros destinatarios de una horma prefabricada.
Desnudado que unos violaron la Constitución, otros juegan a las escondidas con ella y otros imaginan reformas por esperar lentejas, parecen sumarse aun más razones para el desencanto. Pero si desde los hechos oteamos el horizonte de la conciencia, nos regresa el ser humano con la misma fuerza de los grandes movimientos de otrora. Porque detrás de los procesos que se tienen por colectivos, vuelve a asomar la persona: en la dignidad de una renuncia -Chifflet- o en la laya de método para lograr operarse gratis -Nicolini.
Y es desde la persona recuperada para su propio imperativo, hecha pensamiento y acción, con el alma jurídicamente curada, que ha de reencontrarse el Uruguay con su cultura, su proyecto y su fe.