JUAN MARTÍN POSADAS
El tema de la comunicación social cobra mayor importancia en la actualidad a causa del fabuloso desarrollo de los medios de comunicación. La humanidad vive hoy un tipo de cultura o de ethos con efecto altamente homogeneizador.
Eso, llamado comúnmente masificación, se instrumenta, en gran parte, a través de los medios de comunicación. Cuando se habla de masificación no debe entenderse solamente esa manipulación de los hábitos de consumo que modifican poco a poco la escala de valores del individuo y que está incluida en la publicidad. Hay que pensar más bien en el contenido vital con que, a través de imágenes, símbolos, y eslóganes se cargan o se desactivan propuestas políticas, posiciones filosóficas, cánones estéticos, códigos éticos, tradiciones y comportamientos. El universo de los símbolos, por oposición a los discursos articulados y a las formulaciones conceptuales explícitas, tiene en todo esto una fuerza insospechada. Ese universo circula en los medios de comunicación.
En opinión de MacLuhan, la imprenta, con su ordenamiento lineal de caracteres, produjo una cultura deductiva y un modo de pensar secuencial. Pero la era Guttemberg ha terminado y ha sido sustituida por los circuitos impresos y la pantalla, que producen una percepción simultánea. La mayor parte de la información que recibe hoy la gente, es a través de la imagen. Se trata de una forma civilizadora global, que pasa por encima de diversidades geográficas y variedades culturales. La televisión -aunque parezca que transmite eventos concretos y discursos o conceptos- en realidad transmite imágenes, como su nombre lo indica. Lo que a través de ella se recibe es una buena imagen o una mala imagen. Lo que el televidente retiene es la impresión que le dejó esa imagen: nada más (porque no hay nada más).
Así como la persona individual tiene una percepción y cuasi definición de sí misma y a eso llama imagen de sí, del mismo modo los pueblos se forman imágenes de sí mismos.
Es de acuerdo a esa imagen que se animan o no se animan a ciertas empresas, que justifican o no sus debilidades y derrotas, que se sienten o no se sienten con derecho a luchar y exigir(se) ciertos logros.
Esa imagen colectiva no es generada exclusivamente por los medios de comunicación; a veces tiene otra fuente y otro origen, pero se altera, se destruye o se consolida allí.
Quien tenga el control de los instrumentos que diseñan y dan soporte a la imagen que un pueblo tiene de sí mismo tendrá el mayor dominio sobre ese pueblo. El verdadero dueño de una sociedad es el dueño de los símbolos de esa sociedad.
Aquello de lo que sobremanera debe cuidarse la sociedad es que haya UN dueño único o hegemónico de esta fábrica de símbolos.
Pero el término dueño no debe entenderse en una acepción patrimonial, como tradicionalmente (e infantilmente) ha sucedido en nuestro país. Debe entenderse en el sentido más amplio de dominio.
El que no perciba la fuerza que todo lo dicho tiene en cualquier proceso social, no ha entendido cómo funciona la sociedad hoy. Cualquier proceso de cambio hoy está más relacionado con imágenes que con definiciones. La carga emotiva y de sana pasión -motor necesario de cualquier transformación social- está cada vez más vinculada a un imaginario mediático. Quien sea capaz de concebir, implantar socialmente y manejar las nuevas imágenes tendrá la llave del cambio social. Para bien o para mal.