MATIAS CASTRO
Bret Easton Ellis ha estado muy cerca de los personajes de sus novelas, casi identificado con ellos, con sus banalidades, adicciones, escándalos y ética. Por eso lo rodeó durante muchos años un aura de controversia que superaba la categoría de enfant terrible. Mucho de esta cercanía está presente en su última novela, Lunar Park, y especialmente en su tramo inicial.
El protagonista acá es Ellis viviendo en pareja con una actriz de cine, con hijos y hasta perro. Arranca repasando las frases iniciales de sus cuatro novelas y continúa sintetizando su acelerada vida de escritor estrella que a los 21 años comenzó a cobrar contratos millonarios. Entre drogas, alcohol, fiestas interminables, giras promocionales y curiosamente casi ninguna alusión a la escritura, sólo a los contratos que firmaba con las editoriales, ese tramo no tiene desperdicio. La trampa está tendida y todo hace creer que Ellis arrojará una novela autobiográfica descarnada.
Sólo lo hace en una pequeña parte. Dedica el libro a su padre y a Michael Wade Kaplan. Su padre, del que dijo que había sido el modelo para American Psycho, es el gran motivador de la novela; y en el final Ellis busca reconciliarse literariamente con él.
Kaplan fue su pareja durante seis años y falleció cuando escribía Lunar Park. Por lo tanto, de mujer e hijos en la vida real, nada.
En la historia que sigue, hay niños que desaparecen y hay ciertas pistas de que se fueron voluntariamente, hay presencias misteriosas que ponen paranoico a Ellis, hay un acosador que se hace pasar por el protagonista de American Psycho, hay asesinatos que imitan los crímenes narrados en esa novela. Y también hay un escritor que no puede acabar con sus adicciones y que vive en un mundo muy parecido al de sus novelas.
Ellis sigue jugando a ser controvertido. No apela al morbo, salvo en una pequeña parte, y habiendo agotado el recurso de los baños de sangre, él mismo hace el papel transgresor: resulta que el escritor es tan antipático como sus personajes. Y el verdadero autor, se vuelve a ocultar detrás de una fachada de honestidad y de un libro agotador por la descripción de nimiedades cotidianas, algo que en sus primeras tres novelas funcionaba mejor.