Jorge Savia | Enviado a Alemania | el pais en el mundial
Los tiempos cambian. En 2006 no puede caber ninguna duda, y menos aun con el avance de las comunicaciones, de que el mundo vive en pleno Siglo XXI.
De todas formas, ayer en Leipzig -en medio de la marea roja que, como es habitual durante el transcurso de los mundiales que se disputan en países de Europa, significa la colorida y folklórica presencia de los miles de hinchas españoles- se notó una ausencia, que podría decirse que fue sorpresiva, después de todo: la bota.
Alguna bota de vino se vio, pero no con la profusión en que se apreciaban otrora. Tal vez, si acaso, salieron a luz más tarde, al caer la noche, en los vagones de los trenes que bastante rato después del partido que España le ganó a Ucrania, partieron en todas direcciones, pero fundamentalmente dos: Berlín y Hamburgo.
De todas formas, para los españoles la fiesta de ayer en Leipzig fue completa, con o sin bota: por la victoria, por los cuatro goles, por el fútbol que desplegó su selección y porque el tremendo calor les permitió "transpirar" felicidad por todos los poros.
Antes del encuentro, en los amplios alrededores del estadio, que está enclavado en una especie de pozo de césped verde, cuyo talud de forma circular pasa por detrás de todas las tribunas, y en medio de un parque arbolado pero con grandes espacios libres que permiten ver la ciudad de edificios en su mayoría uniformes, los españoles llegaron gritando en grupos, en muchos casos cantos de apoyo a su selección, pero en otros consignas referidas a los clubes de sus amores, y con latas de cerveza alemana en sus manos, bajaron de los tranvías y empezaron a buscar sus localidades, con euforia y sin el más mínimo desorden.
CANTOS. Ya adentro del estadio, cuando la nutrida hinchada de España vio cómo venía la mano, con el triunfo seguro antes del primer cuarto de hora, se largó a entonar a coro, el ya clásico "¡Oeeoooeeeooo… arriba Españaaaa!", al tono de una de las más tradicionales y conocidas canciones españolas.
ROSAS. Después, ya con el 2-0 puesto en el marcador del hermoso estadio de Leipzig, que es una especie de bombonera techada y abierta por detrás de sus cuatro tribunas, los españoles empezaron a alzar los brazos al cielo mientras se paraban de golpe, por lo que ese movimiento y el color rojo de sus camisetas hicieron que diera la sensación de que se abrían al unísono millares de capullos de rosas.
No hubo -o hubo pocas- botas de vino. Pero hubo victoria. Goleada. Felicidad. Y los españoles se fueron soñando con el futuro. A su modo. En una romería multicolor, plena de banderas y camisetas amarillas y rojas. Tampoco hubo, como antes, redoblante. Ni música de trompetas. Pero la romería está en sus corazones. Es que el mundo vive en pleno Siglo XXI y ellos, desde ayer, vuelven a soñar -como en muchas otras ocasiones- con ser campeones.