La brisa

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La miseria es un estado que corrompe el alma. La de los que la padecen y la de los que la generan. Puede, y muchas veces sucede, que se aloje en lo más profundo de algunos seres humanos.

Claro está que no siempre obedece a un orden exclusivamente económico.

En mi casa y en la Escuela Pública aprendí, entre otras cosas, a respetar a mis semejantes y a valorar lo que algunos de mis predecesores han hecho en bien del colectivo ciudadano.

Gente, que le dio al Uruguay lo mejor en su arte y oficio para regocijo y orgullo de sus habitantes.

Desde hace bastante, diría que desde hace mucho tiempo, muchísimo tiempo, veo y escucho hasta el hartazgo la sonatina de que somos gente con una conciencia colectiva ejemplar, y con un arraigo feroz por nuestras tradiciones. Es posible que alguien lo sienta así, pero desgraciadamente no sé si eso tiene fundamento; por más que algún soberbio ilustre ande por la vida explicándole a la gente toda "yo soy culto y ustedes no".

Maestros como Figari, Cúneo, Ferrari, Zorrilla y Belloni, entre otros, dejaron innumerables obras que son patrimonio visual de los uruguayos y testimonio iconográfico de nuestra identidad.

Algo genuino y con una calidad de factura extraordinaria. Estos tipos competían contra ellos mismos.

En ocasión de haber recorrido y conocer otros pueblos y otras culturas, no vi ni comprobé tanta desidia y tanto "bestialismo" como el que me toca ver a diario en mi propio país.

Da vergüenza e indigna ver el calamitoso estado en que se encuentran algunas obras de arte como pinturas y monumentos públicos en manos de tanta ineptitud y desinterés por parte de quienes deberían velar y custodiar dichos legados patrimoniales.

Si sus autores (ya muertos), viesen que sus obras han quedado en manos de un estado sordo, mudo y ciego, frente a los embates sistemáticos de los energúmenos depredadores que pululan a diestra y siniestra, morirían otra vez, pero de disgusto al contemplar tanta imbecilidad.

Para desdicha de quienes son responsables de la custodia y mantenimiento de los espacios públicos, alcanzaría con abrir los ojos y contemplar el desastroso estado al que fue sometida una obra como "La Carreta" de José Belloni. No hay palabras para describir el daño y el deterioro que le fue causado a tan soberbio monumento. No se explica cómo alguien con sierra en mano pueda haber cortado en trozos: lazos, riendas, guampas, rabos, pértigo, caldera, eje, y hasta el propio basamento. ¡Es de locos! No cabe en cabeza alguna, menos teniendo en cuenta que la seccional 9na. de la Policía se encuentra enfrente, a 500 metros. Ahora, para colmo de males, el Estado Indigente gastó plata en una absurda reja que llega mal y tarde.

No quiero enumerar la cantidad de obras de la estatuaria pública que han sido arrasadas impunemente ante una pasividad e inoperancia inaudita. Sólo agrego: otro monumento a 200 metros de "La Carreta", denominado "Víctima de la Guerra Civil" (de la autoría de Domingo Mora), corre la misma suerte. El dedo índice de la mano derecha fue cercenado a medias esperando que alguien se lo lleve y siga con la demolición de nuestro patrimonio visual.

Se preocupan por un alerta meteorológico que no existió, y no reparan en una brisa siniestra, permanente y sorda, que arrasa desde hace mucho tiempo con nuestro capital más importante.

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