ANTONIO LARRETA
Ha empezado, lentamente, la resurrección de Julio Cortázar, víctima de una conspiración de los críticos y algunos de sus colegas, mayormente argentinos, que decidieron ya hace años bajarlo de su pedestal. El pedestal del "boom", que ha resultado menos sólido y duradero de lo que pareció cuando su edificación, hoy atribuida a una astuta operación editorial. Se salvaron unos pocos. Rulfo y Carpentier, siempre. Nuestro Onetti, calladito, y con su bajo perfil. García Márquez, diría que a gatas, porque si se ha debilitado el respeto al genio, subsiste al menos el del rating.
En El Galpón, Horacio Buscaglia nos recuerda el Cortázar humorista, indiscutible, con sus cronopios y sus famas. Pero aprovecho para dar la bienvenida a Carlos Reyes, como crítico teatral de esta sección, y no invado su terreno.
Paso a otro (terreno). Con motivo de la desaparición de Juan José Saer, El País Cultural publica una larga entrevista de Silvia Larrañaga, de 1994. A la velocidad que corren las cosas estos días, y también las corrientes críticas, hay que tener esa fecha en cuenta para apreciar opiniones que el propio Saer tuvo diez años más para revisar. Pero no deja de ser un documento valioso, porque el juicio de Saer sobre sus predecesores, aún de l994, es al mismo tiempo el de uno de los dos "grandes" hoy reconocidos de la narrativa argentina en este 2005. El otro es Ricardo Piglia.
Saer no oculta a su entrevistadora su respeto por Cortázar, pero oculta aun menos su poca estima literaria. No le gusta Rayuela y encuentra una excusa: "creo que empecé a leerlo demasiado tarde" y aclara la fecha: ¡1963! Treinta años más tarde rescata tres o cuatro cuentos. El que más le gustó (el único que le produjo un impacto, según sus palabras) fue Axolotl. En eso estoy de acuerdo. No en su problema con los impactos, sino con que si tuviera que elegir un solo cuento de Cortázar entre su generosa producción, y dejando a un lado El perseguidor, que no es un cuento, sino una suerte de ensayo novelado, eligiría el mismo que Saer. Y ahora retrocedo a l967 y cuento algo en que está implicado Axolotl.
La Futi cumplía sus veinte años, los festejaba en el Odeón , y nos pidieron a Dahd Sfeir y a mí que interviniéramos en la celebración. Creo que fue idea nuestra, no de la Futi, la de juntarnos. En pleno "cortazarismo" como estábamos (seis años después de que Saer empezara su lectura tardía) le propuse a Ducho una lectura a dos voces, dramatizada, de Axolotl. Ducho aceptó. No le tenía miedo a nada, como quedó demostrado muy pronto. Fijamos una primera lectura para la tarde del 10 de octubre.
Todo el mundo supo lo que pasó el día antes. El 9 mataron al Ché. Sin embargo Ducho y yo nos encontramos en la hora prefijada. Yo tenía el libro de Cortázar sobre la mesa. Ducho trajo su ejemplar. Entró, la invité a sentarse y abrimos los libros. Leí las primeras frases, intenté marcar algo, y de repente, cerré el libro. No puedo asegurar que la secuencia no fue premeditada. Sólo recuerdo que dije: "Ducho, no podemos hacer esto". Y ella estuvo de acuerdo. Tres o cuatro días después anunciamos al público que llenaba el Odeón, que no iba a oír Axolotl sino un Réquiem. Yo había montado una de las cuatro partes del Ignacio Sánchez Mejía de Lorca, un fragmento del coro de Asesinato en la Catedral de Eliot, había desenterrado y traducido el Llanto de la Virgen ante su hijo crucificado del monje poeta Giaccopone da Todi (Italia, 1300), que Strehler me había descubierto quince años atrás leyéndolo echado en el diván de su oficina del Piccolo Teatro. Nada menos que Carlos María Gutiérrez fue nuestro asistente de escena. El mismo nos proporcionó el material fotográfico recién llegado de Bolivia, que proyectamos en una pantalla que aquella noche pareció gigante. Unos pocos se levantaron y se fueron, el resto se puso de pie, algunos nos tildaron de aventureros. Pero no recuerdo emoción semejante.