Asesinos ¡a escena!

Antonio Larreta

Con una coincidencia casi cronométrica, acaban de presentarse en nuestra desolada ciudad dos espectáculos de teatro de insólita y semejante significación. Los dos tienen en común su índole testimonial, un rigor histórico basado en una investigación bien diversa (aunque en ambos casos exhaustiva) y el invitar más que a la polémica al replanteamiento de la conciencia colectiva. Los dos nos interpelan, los dos indagan en la memoria de todos, y en su dulce y perverso cómplice: el olvido. Los dos llevan como título el nombre del protagonista. Por un lado, la Comedia Nacional estrenó Meyerhold, mientras una actriz sola, Gabriela Iribarren, inventó Elena Quinteros, presente.

Meyerhold fue víctima de la purga stalinista de los años 30 y fue ejecutado en 1940. Elena Quinteros, tan cercana en el tiempo y en el espacio, fue víctima de nuestra propia dictadura cuarenta años más tarde. Meyerhold era un hombre de teatro mundialmente famoso, pero su muerte no tuvo otra difusión que dos líneas de agencias ahogadas por las noticias de la guerra mundial, cuanto Stalin estaba a punto de empezar a luchar con el "eje del bien". Elena Quinteros protagonizó un episodio vergonzoso de la represión, cuyas implicaciones diplomáticas significaron una difusión del nombre muy limitada a su secuestro y posterior ejecución.

Es un acto de honestidad intelectual de parte de la Comedia, en cuya esfera de mando hay más de un stalinista desengañado, montar el Meyerhold de Acosta en que la perversión del régimen soviético aparece con total crudeza. Y si bien son ciertos algunos excesos retóricos, no creo que eso llegue a desmerecer una obra valiosa por su contenido y por su potente formulación escénica, a la que contribuye una puesta ascética del mismo Acosta, con un punto de magia en el final del primer acto, en que culmina el trabajo de Levón y se le pliega el de Elisa Contreras.

El trabajo de Gabriela Iribarren en La sangre era de una fineza admirable en medio del puro horror. Aquí, con un material más noble, firmado por Marianela Morena, todo lo que hace la actriz es verdad, incluso verdad escénica, porque consigue un prodigio: ser ella misma, distanciada de lo que relata, y al mismo tiempo identificarse idealmente con el personaje, sin recurrir ni un instante a la composición. La inserción cinematográfica del episodio de la Embajada de Venezuela es tan sobrecogedora, que tal vez estén de más los minutos finales. No hay sobrevida, desde que se la llevan en el auto y ya no puede gritar. Imposible no resaltar el insuperable tratamiento del espacio que Adán Torres ha aportado a la actriz.

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