CESAR BIANCHI
Eran las 15 horas y la tarde acompañaba. El camino al Estadio Centenario parecía jaqueado por los múltiples revendedores de entradas que estaban por todos lados. Cada dos metros aparecía uno de ellos para ofrecer un ticket para ir al clásico. Como si fuera un ritual o una cábala, los hinchas tenían que pagar un virtual peaje para atenderlos, aunque ya hubiese adquirido su entrada en tiempo y forma.
"Tengo Amsterdam y Colombes, tengo. Están agotadas", dijo el primero. Las vendía a $ 200, pero las compró a $ 60 días anteriores (precio al público en general). Cinco pasos después apareció un segundo que las vendía "a dos gambas, por ser para vos".
El tercero tenía una camiseta de Peñarol debajo del buzo de rombos, sin embargo no solo vendía Colombes, sino también Amsterdam para hinchas de Nacional, y Platea América. A un grupo de interesados les ofreció las populares a $ 150 luego de preguntarles hasta qué precio se animaban a pagar, como un rematador. Ante la curiosidad de El País, se envalentonó y la ofreció a $ 200, pero luego de la negativa cambió su discurso: "¿cuánto tenés? Te la dejo en $ 150, y ya te la llevás".
Pero lo curioso no era el infernal ritmo de reventa, sino de compra-venta. Varios grupos se reunían en una suerte de cónclave, donde uno de ellos (¿el jefe?) les decía: "consíganme una América y una Colombes. Me falta una América y una Colombes que le prometí a un tipo. Rápido, que ya está vendida".
Anunciaban a voz en cuello: "vendo y compro entradas. Si le sobra alguna entrada se la compro". Ofrecían pagar $ 100 por una Amsterdam o Colombes, pero después la vendían a $ 200 y hasta $ 250 los más osados. Precisamente $ 250 era el precio de la Platea América, cuyo precio original era de $ 120 para caballeros y $ 60 para damas, jubilados o menores de edad.
Un aspecto llamativo fue que cierto revendedor estaba en un momento dado frente a una puerta de la Tribuna Colombes, pero dos minutos después estaba haciendo su negocio frente a una puerta de la Amsterdam, o frente a la Olímpica. Con claro sentido del marketing, los muchachos apelaban al sentimiento del hincha para venderles la entrada más cara a los que no pudieron concurrir a las boleterías en tiempo y forma. "Dale vo’. ¿Sos manya y te vas a perder cómo le sacamos el invicto a Munúa?", era para un hincha de Peñarol, pero no es inimaginable que ante un aficionado tricolor le haya dicho: "Dale vo’. ¿Sos bolso y te vas a perder cómo le ganamo’ el clásico con el invicto de Munúa?". Son las necesidades del mercado...