JORGE SAVIA
Ganó Nacional con dos goles de Abreu, mantuvo el invicto y sacó 9 puntos de ventaja cuando falta la misma cantidad por disputar para la finalización del Torneo Clausura.
Se entiende, entonces, y además es lógica, la euforia final de los tricolores, que en pleno partido hasta se dieron el lujo de "despedir" al "Loco".
Es que no le faltó casi nada a la victoria de los "bolsos", empezando porque confirmó rotundamente que este Nacional es mejor que Peñarol, por una razón que el hincha es la que más siente y disfruta: la mística ganadora de sus jugadores más simbólicos, como es el caso de Lembo, de Vanzini, de Morales, de Méndez, del propio Abreu, del mismo Peralta y del hasta ayer imbatible Munúa, que en los clásicos se constituyen siempre en las mejores figuras. Basta detenerse en un detalle aparentemente menor, si acaso, ocurrido en las tiendas de enfrente, para terminar de comprender el verdadero alcance del fenómeno: si se compara el repunte que experimentó la gestión de Bengoechea, que venía de errar un par de penales y ayer no sólo tuvo la clase necesaria para anotar uno que impidió la concreción del récord por parte de Munúa, y también estaba cumpliendo gestiones grises, inocuas, y en la víspera asumió un rol absolutamente protagónico, o se mide la manera desaforada como entró al costado de la cancha Cedrés cuando Aguirre le avisó que lo iba a poner por Rotundo, con la escuálida y desganada intrascendencia con que entraron y actuaron Estoyanoff y Canobbio, no hace falta más nada para explicar el 3 a 1.
En suma: el clásico no fue un partido aparte, un corte hecho al resto del campeonato en forma abrupta, como ocurre de tanto en tanto, como excepción, y no por costumbre. Al contrario: se dio la lógica. A tal punto, que Nacional ganó de la misma manera que lo hizo ante la mayoría de los rivales que había tenido hasta ahora: Peñarol hasta llegó a tener o manejar más tiempo la pelota, pero se estrelló siempre en una defensa sólida, en donde una vez más no faltaron las salvadas de Munúa, y Nacional se impuso por la contundencia de su ofensiva pese a que ataque menos que el oponente de turno, por la consabida capacidad para ganar en el juego aéreo tanto en el área rival como en la propia, y por la desequilibrante gestión atacante de Peralta, que fue un puñal clavado detrás de las subidas de Turcios y ratificó que es un jugador que en los clásicos hace goles.
Es más, a la fiesta tricolor, grande y justa, pero que pudo ser más grande y hasta más justa si el juez hubiera expulsado a Turcios en el primer tiempo, cuando la impotencia del hondureño para frentar a Peralta fue penada con una tarjeta amarilla que pudo haber sido perfectamente una roja, o el mismo árbitro en el complemento hubiera cobrado un penal cometido en perjuicio de Alvez por De Souza, sólo le faltó una cosa. Que no fue menor, sino histórica, como lo asumió el propio Nacional, que acusó el golpe asestado por Bengoechea al convertir el penal con el que los aurinegros achicaron la diferencia de dos goles que habían sacado antes los tricolores con un espectacular cabezazo de Abreu y un contragolpe mortal definido por Peralta entre los 18 y los 21 minutos: el récord que buscaba batir Munúa.
De no haber sido por eso, vaya uno a saber cómo pudo haber terminado esta tarde de ayer, en la que —entre el clásico preliminar y el de fondo— Nacional le metió a Peñarol 8 goles. Porque después que Bengoechea batió el récord de Morena, el equipo tricolor, aguantando a pie firme atrás, cayó en un pozo. Y Peñarol estuvo cerca de empatar en varias ocasiones. Pero no pudo ser, sobre todo por la firmeza de la extrema defensa tricolor y, especialmente, del igualmente fenomenal Munúa. Tan fue así que, ya para el complemento, repuesto del gol que Bengoechea le había convertido a los 26’, y aún dentro de un trámite que por momentos se hizo de ida y vuelta, con Turcios cargando a fondo por su punta, aunque sin muchos interlocutores válidos para capitalizar sus internaciones, Nacional instaló en todo el ámbito del estadio, como lo testimonió la euforia de la Amsterdam y el silencio de la Colombes, la clara sensación de que, más que su victoria, la derrota de Peñarol no tenía retorno.
Sólo faltaban los estériles y fallidos intentos de cambio que hizo Peñarol al darle ingreso a Canobbio, Estoyanoff y Cedrés, porque salieron Bengoechea y Rotundo, que habían gravitado mucho, y quedaba pendiente el grueso error de Lago que aparejó el segundo gol del "Loco" y el tercero de los tricolores, para sentenciar que el triunfo de Nacional fue conseguido con la autoridad que sólo pueden tener los campeones. En este caso, los del Torneo Apertura.