El travieso mellizo

| Victor Hugo Morales

Barros Schelotto, el controvertido, fastidioso y valiente delantero de Boca, tenía una cita con la gloria. Fue cuando caía la tarde, otoñal y exasperada, de una Bombonera que se iba tornando oscura alla abajo, donde dos grupos de hombres fuertes y apurados, le daban la espalda a los pronósticos.

Estaba ganado River dos a cero, y si algo estaba claro para todo el mundo era que Boca no convertiría un gol hasta el dia del juicio final. Un resultado que contradecía casi todas las opiniones vertidas antes del partido.

River jugaba con diez, cierto. Y Boca tenía más la pelota, es verdad. Pero ¿de qué le servía? Como corolario de la escasa claridad del juego, Boca terminaba sus ataques en rebotes, algún córner, un tiro libre puntualmente desperdiciado. Se vio partir algún hincha del equipo, cuando se había jugado un cuarto de hora del segundo tiempo.

Pero estaba el famoso "Mellizo" "xeneize", malicioso y decidido como siempre. Cuando los partidos parecen perdidos, cuando la sensación de derrota es una carga que se empieza a llevar en los hombros, y algunos jugadores aparecen misteriosamente tapados por los defensores en cada intento, es la hora de los tipos especiales. Y Barros Schelotto es uno de ellos. Podrá objetarse lo que se quiera de su juego y a veces de su conducta, pero no se puede dudar de su convicción ganadora.

Por eso, cuando el partido se mantenía dos a cero, consecuencia del baile que River le dio a Boca en el primer tiempo, el mellizo Guillermo, por su cuenta y orden, con la decisión de un gaucho que se tira contra la montonera a matar o morir, empató el partido. Y estuvo muy cerca de ganarlo con la complicidad de Estévez y Ezequiel González que habían ingresado recién en el segundo tiempo.

Lejos aparecían las imágenes del River dominante, con la batuta de D’Alessandro, el trajinar de Husain, el empuje y sabiduría de Coudet. Aún con diez, por la expulsión injusta de Demichelis, River era más que los locales. Estaban dadas todas las condiciones para un triunfo que significaba volver a vivir, después del veneno que le ofreció el América de Cali en la Copa. Fue entonces el momento del travieso "Mellizo" y todo terminó en un empate que legitimó los méritos de River y el valor de no resignarse nunca de Barros Schelotto y sus compañeros.

Serenos, aunque íntimamente contrariados, hinchas y jugadores abandonaron la Bombonera. Y se iban con las manos casi vacías, sobre todo si el "Lobo" no se comía a Vélez en el bosque de la ciudad de La Plata.

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