LA gran mayoría de la población se interroga y pregunta —sobre ello— a quienes, por su trayectoria pública, considera capacitados para tener la respuesta, hasta cuándo va a durar la crítica situación que atraviesa nuestro país. O, lo que es más o menos lo mismo, cómo vamos a salir de ella. Por cierto, quienes sufren esta suerte de reiterativa interpelación, salvo algún soberbio que nunca falta, suelen ser muy cautos al responder. Dicen no tener la bola de cristal que les permita escudriñar el futuro o, a lo sumo, se aventuran a pronosticar que nuestras cosas mejorarán a medida que también lo hagan en Argentina y Brasil.
Lo cierto es que este gran descalabro de nuestra economía reconoce factores coyunturales y próximos, que fueron los más gravitantes —próximos temporal y geográficamente—, así como la incidencia de situaciones inmodificables, o casi, a nivel local, regional y mundial. La crisis económica brasilera primero, a partir de enero de 1999, y el desbarranque de la economía argentina, con su "corralito" bancario y su "default", al finalizar 2001, causaron nuestra ya larga recesión y, luego, nuestra gran crisis financiera y bancaria.
CIERTO es que, vistas ya —hace rato— las patas a la sota, fácil es, ahora, pontificar y afirmar que, de haberse tomado ciertas medidas económicas, hubiéramos capeado mejor el temporal. Por ejemplo, si tras el año electoral de 1999 hubiéramos devaluado, brusca o paulatinamente, para mejorar nuestra competitividad frente a Brasil. Y, de paso cañazo, frente a Argentina, ya que de sobra se sabía que la paridad de su peso con el dólar no podía ser eterna. Más bien, estaba a la vuelta de la esquina. De tal manera, los mismos reales que nos pagaba el vecino norteño por nuestras exportaciones —arroz y lácteos, por ejemplo—, que traducidos a dólares eran la mitad, o menos, de los que percibíamos hasta 1998, hubieran significado bastantes más pesos, de los nuestros, a la hora de cubrir los costos internos de nuestra producción.
Pero no seamos insinceros ni amnésicos cargándole la romana, por ello, a los gobernantes de turno y a sus equipos económicos. Porque la verdad es que casi nadie quería devaluar, sin advertir que la depreciación de nuestra moneda estaba impuesta por la fortísima orientación de nuestro comercio exterior hacia nuestros dos grandes países limítrofes. Y, a quienes reclamaban una devaluación, se les acusaba de defender egoístamente sus intereses y de haber olvidado las lecciones del pasado. Por un coro de economistas ortodoxos, que han dado en pulular por estas latitudes y, también, por quienes no presumimos de economistas.
ESTA película la vimos no hace mucho. En el 2000 y, sobre todo, durante todo el año 2001. De modo que a no rasgarnos las vestiduras, ni menos, a pontificar retroactivamente, porque el yerro fue generalizado. Y si algunos discrepaban, no desde su condición de productores o de exportadores, sino desde el atalaya de su experiencia y de su auténtica sabiduría en materia económica, lo cierto es que se cuidaron de dar la voz de alerta y de reclamar un cambio de rumbo. Así que la culpa ha sido de todos, si bien la responsabilidad, por ser quien tenía la sartén por el mango, recae sobre el gobierno. Sobre este gobierno y también sobre el anterior, cuyos últimos catorce meses de gestión se desarrollaron ya en ese escenario por demás negativo.
Pero alejémonos de lo coyuntural y local. Y miremos la realidad uruguaya con mayor visión y a escala, más amplia y permanente. Somos un paisito, no geográficamente sino demográficamente, con poco más de tres millones de habitantes. Una insignificancia en términos poblacionales. En consecuencia, carecemos de un auténtico mercado interno. Esta gran carencia nos hace muy dependientes de nuestro comercio exterior, cuyas reglas fijan otros países, los poderosos, y en cuyos precios nada incidimos porque los volúmenes de nuestros renglones exportables nada gravitan a escala mundial. Dichos precios, además, vienen en bajada desde hace décadas y tienen tendencia a seguir descendiendo. Aunque esta conocida regla, como toda regla, tenga sus excepciones y sus oscilaciones temporales.
POR otra parte, producir y vender, en el mundo globalizado y ferozmente competitivo de nuestros días, se ha tornado cada vez más difícil. Cuando concluyó la pesadilla de la segunda guerra mundial y se constituyeron las Naciones Unidas, los países independientes apenas pasaban de un medio centenar. Cuando el voto uruguayo, proclamado por el embajador Enrique Rodríguez Fabregat, decretó en 1948 la creación del estado de Israel, fue precisamente el voto número 48. Y, después de Uruguay, sólo restaba que votara Venezuela, en forma negativa, según había trascendido.
PERO esa, más allá de su interés histórico, no es la cuestión. Hoy existen, por lo menos, ciento noventa y cinco naciones soberanas. Y casi todas ellas producen y luchan a brazo partido por ganar mercados. No pocas de ellas lo hacen pagando a sus operarios salarios harto inferiores a los que ganan —o ganaban— nuestros obreros. Nuestros empresarios de la industria textil, por ejemplo, saben bien de lo que hablamos. Y el reverso de esa medalla es que la mayoría de esos nuevos países eran colonias de las potencias europeas. Estas últimas, ante la inevitable descolonización, crearon su gran mercado común y dieron en subsidiar muy fuertemente su producción, perjudicándonos gravemente. En eso están desde 1960, por lo menos. Y en eso siguen.
Miremos, por último, un globo terráqueo. Nuestro Uruguay está muy lejos de las grandes masas de tierra —y de población— del hemisferio norte. Allí están las grandes corrientes del comercio mundial, con fletes sensiblemente más baratos que los nuestros. Y, también, los grandes flujos de turistas. Que, por cierto, no pasan por el lejano y sureño Río de la Plata. Esa es la verdad, que no podemos modificar. No lo decimos para acentuar el pesimismo, sino para que los uruguayos estén menos desorientados y comprendan mejor la realidad. Esta no puede modificarla nuestro ex Estado benefactor ni ningún gobierno munificente. Ni el actual ni el que le sucederá.