El domingo pasado publicamos el "caso Nayirah": una adolescente de 15 años que engañó al mundo llorando (relato dramático y enteramente falso) ante una comisión investigadora del Senado. Fue mediante ese acto teatral, que se lograron: el apoyo de la opinión pública y los votos necesarios en el Congreso de EE.UU. para llevar a cabo la "primera" guerra del Golfo.
La empresa Hill & Knowlton que cobró más de once millones de dólares por montar la farsa de Nayirah, también había detectado que una frase hecha conmovía más que ninguna otra, a los estadounidenses: "Saddam asesinó con armas químicas a su propio pueblo".
Obedeciendo a esa guía de marketing, el comentario atroz ("asesinó a su propio pueblo") fue intensamente repetido por el presidente Bush (padre) y sus ministros.
Actualmente, en este segundo capítulo de la Guerra del Golfo que está por iniciarse, vuelve a la primera plana "el asesinato de su propia gente", pero esta vez en boca del presidente Bush (hijo) quien ha insistido en mostrar el carácter maléfico del dictador iraquí ("es un asesino") para justificar la acción militar.
Que todas las maquinarias de guerra tengan siempre una relación tortuosa con la verdad fue, precisamente, la sospecha central que guió a la periodista Jean Heller del "St. Petersburg Times" para desconfiar de otro escenario montado en 1990, por la Casa Blanca.
El gobierno de EE.UU. afirmó entonces que había fotos satelitales clasificadas —es decir, "secretas"— que mostraban (un mes después de la invasión a Kuwait) que Irak tenía 265.000 soldados y 1.500 tanques en la frontera con Arabia, dispuestos a dar el zarpazo sobre el reino saudita.
Heller —que ganó dos veces el segundo premio del Pulitzer en periodismo— consiguió que su diario pagara 3.200 dólares por dos fotos satelitales sacadas por fuentes independientes. Según los expertos que las vieron, en ninguna se apreciaban signos de los militares y tanques que denunciaba el Pentágono.
Las fotos "clasificadas" con las pruebas "irrefutables" contra Saddam nunca fueron publicadas; y un año más tarde del descubrimiento de la periodista, el hoy secretario de Estado Colin Powell —entonces, jefe militar supremo de toda la alianza contra Saddam—, admitió que los datos que habían difundido estaban equivocados.
De estos ejemplos irrefutables, pueden sacarse conclusiones:
a) Algunas veces, la información oficial en EE.UU., miente.
b) La prensa libre en EE.UU., tiene derecho a demostrar la falsedad de la información oficial, aún cuando la misma refiera a la guerra. Y así lo ha hecho.
c) La gente común que habita el planeta (como no puede seguir las alternativas de cada noticia) prefiere no creer en la información oficial de EE.UU.