HISTORIAS

La uruguaya que ve el miedo en los rostros de Mozambique

La médica María Rodríguez Rado coordina la acción de Médicos Sin Fronteras medio de un conflicto armado que ya ha desplazado a más de 700 mil personas

María Rodríguez Rado
María Rodríguez Rado es médica infectóloga. Foto: Eduardo Zappia

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María Rodríguez Rado
habla por teléfono con El País desde muy lejos de su casa. La distancia se puede redondear en 9 mil kilómetros. Y en Cabo Delgado, provincia de Mozambique, desde donde contesta, la realidad es muy distinta a la de Punta del Diablo, aunque las dos sean regiones de pescadores, playas oceánicas y turistas. Por lo menos así lo era.

Esta infectóloga uruguaya forma parte de Médicos Sin Fronteras (MSF) desde 2004. Ha trabajado en Kenia, Sudán del Sur, Afganistán, Territorios Palestinos Ocupados, Rio de Janeiro y Tijuana, entre otros, pero desde que aumentaron los ataques indiscriminados en Mozambique trabaja en varios de los asentamientos de desplazados. Su tarea es coordinar la asistencia médica y psicológica en la zona para atender a aquellos que han huido de sus hogares y viajan con lo puesto. Allí permanecerá hasta mediados de agosto.

“Este conflicto no puede ser olvidado”, dijo Rodríguez Rado sobre la triste realidad que ha encontrado en este país desde que los grupos armados no estatales declararon lealtad al ISIS en 2017. “Esto ha provocado más de 700 mil desplazados (un tercio de la población de la provincia); casi el 70% de estos son mujeres y niños. Y han muerto más de tres mil personas, según las últimas cifras de Naciones Unidas”, contó la médica.

Médicos Sin Fronteras en Mozambique
Ayuda de Médicos Sin Fronteras en Mozambique

MSF trabaja en Mozambique desde 1984. En este tiempo, la organización ha respondido a emergencias sanitarias y humanitarias en todo el país. Ha llevado a cabo programas sobre VIH, tuberculosis, desnutrición, malaria, cólera, desastres naturales, COVID-19 y respuesta a las necesidades de las personas afectadas por el conflicto armado. MSF está presente en Cabo Delgado desde febrero de 2019 para atender las secuelas del ciclón Kenneth.

En territorio.

El día de Rodríguez Rado comienza a las 6 de la mañana. Apura el café de la mañana y empieza a coordinar adónde van a ir los médicos, enfermeras y personal de apoyo en las horas siguientes. Ella misma viaja entre Pemba (capital de Cabo Delgado), Mueda y Montepuez, un trayecto de pocos cientos de kilómetros que puede insumir varias horas y cambios entre autos y aviones.

Sea en cualquier punto, aquel que llega ante un puesto de MSF recibe un kit compuesto por comida y artículos de higiene personal, pero también se les da lonas de plástico para refugios, mosquiteros, elementos para la cocina y herramientas para la agricultura. La revisión médica es inmediata. “Llegan agotados y con mucho miedo. Deteriorados, malnutridos. Son personas que están huyendo”, relató la uruguaya.

Médicos Sin Fronteras en Mozambique
Médicos Sin Fronteras en Mozambique

Para escapar de la violencia, los mozambiqueños abandonan sus aldeas que han sido incendiadas y arrasadas y caminan hacia el norte. La travesía les puede llevar entre 10 a 15 días para llegar a la primera ayuda de MSF.

Caminan por la frontera con Tanzania en lo que es una región “hiper aislada y sin servicios”. Cuando llegan a un campamento lo hacen “con heridas, enfermos de malaria, con diarrea, sin haber comido”, contó Rodríguez Rado. Allí se recuperan y siguen la marcha hasta Montepuez, donde hay campamentos mejor armados y donde podrán ser realojados o se busca a su familia. Llegar hasta allí les lleva varios días dependiendo si logran conseguir un medio de transporte o no. La médica contó a El País que en julio se duplicó la asistencia porque también se duplicaron los ataques. Y con cada ataque hay un hecho matemático: “Si hay uno en Palma (sobre la costa) a las dos semanas tenés gente en Mueda (otra ciudad en la región que está controlada por los militares) y a las tres semanas tenés en Montepuez”.

Médicos Sin Fronteras en Mozambique
Médicos Sin Fronteras en Mozambique

La gente huye adónde puede y cómo puede. Muchos niños viajan sin compañía. Para muchas personas, el escape implica, además, la suspensión de sus tratamientos antirretrovirales, por lo que llegan a los consultorios con infecciones oportunistas o cuadros complejos de tuberculosis. Los niños, en general, llegan con diarreas, infecciones respiratorias y lesiones de piel. Y todo sin contar la presencia de COVID-19 o el cólera. “Entre enero y marzo tuvimos más de 400 pacientes con cólera de cuadros moderados a severos en Montepuez”, apuntó Rodríguez Rado.

El cólera y la malaria son endémicos en Cabo Delgado.

Y añadió: “Llegan con un miedo que se les nota en la cara. Es un pueblo que no está acostumbrado a este tipo de conflictos. En general son pescadores que, al dejar sus pueblos, deben cambiar de vida”.

Desde que el país se independizó de Portugal en 1975, no se sufría este nivel de violencia.

A las 16 horas, por seguridad, todo el mundo vuelve a las bases y se hace trabajo de oficina. Esto se debe a que, si bien las distancias no son tan lejanas, los caminos son peligrosos y está prohibido viajar en automóvil luego de la caída del sol.

Pedido.

Hoy Naciones Unidas y organizaciones humanitarias estiman que más de 1,3 millones de personas podrían estar en extrema necesidad de asistencia humanitaria debido al conflicto. Y, lo más probable, es que esa cifra siga en aumento.

Por eso Rodríguez Rado tiene en claro una cosa: “La vida normal es la que tenemos en casa; mi base está en Punta del Diablo y tengo familia en Punta del Este y Treinta y Tres. Yo vuelvo a Uruguay y me tomo el tiempo necesario para recuperarme. Pero esta es la realidad de Mozambique. Es un conflicto que no puede ser olvidado”.

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