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Tiene 63 años y camina por su barrio para cuidarlo y registrarlo: la historia de Hebert, el guardián de Villa Colón

Nació y creció en Colón y quiere conservar a su barrio y su patrimonio.

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Hebert Coutto, en la plaza de Colón.
Foto: Soledad Gago

Quiso hacerlo por los recuerdos: por los días en los que él era un niño y con los amigos del barrio entraban al Castillo Idiarte Borda y se comían los membrillos y las manzanas y las peras que colgaban de los árboles abandonados del predio de la casa que había sido de un presidente, por las vueltas en bicicleta sin importar a donde fuera, por los bailes en el club Olimpia y en el salón comunal que el cura los ayudaba a organizar, por las palmeras que cubrían las veredas, por el monumento sin rejas de Francisco Vidiella que está en la plaza que lleva su nombre.

Cuando Hebert Coutto regresó a Villa Colón después de haber vivido muchos años en el interior del país, notó que las cosas en el barrio en el que nació y pasó su infancia y adolescencia, habían cambiado. Las calles ya no se caminaban como antes, el castillo Idiarte Borda, un símbolo arquitectónico del lugar, estaba dañado por el tiempo y por las personas, la plaza central, que es la plaza Vidiella a la que todos llaman plaza Colón, estaba oscura. Fue ahí que quiso hacer algo por su barrio, el lugar al que siempre volvió.

Quiso hacerlo por los recuerdos. Por el que fue su lugar y el de su familia y el de sus amigos, para recuperar algo de todo lo que era, para que la gente ocupe de las calles y los espacios y los viva como los vive él: como si fuesen propios.

“Yo considero que la ciudadanía tiene que participar y apoderarse de los lugares, si los abandonamos es peor”, dice Hebert.

Tiene 63 años, trabaja en el mantenimiento eléctrico de obras y locales comerciales. Hoy, que es un jueves de primavera, trae consigo una carpeta llena de papeles. Dice que son expedientes y proyectos que tiene para el barrio. También una mochila. Está sentado en la mesa de uno de los restaurantes frente a la Plaza Vidiella, en el centro de Colón. En algún momento la abrirá, sacará diez libros y los extenderá sobre la mesa. Todos son sobre Villa Colón, el barrio sobre el que más se ha escrito, dirá Hebert, de todo Montevideo.

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Libros de Hebert sobre Villa Colón.
Foto: Soledad Gago

En 1861, sobre el arroyo Pantanoso, un francés llamado Perfecto Giot formó una sociedad con uno de sus hijos para explotar la cría de ovejas. En 1869 se inauguró, con capitales privados, el primer ferrocarril que circuló en Uruguay. Un año antes, como la llegada de los servicios ferroviarios a la zona era inminente, por iniciativa de Giot y Cornelio Guerra se formó la “Sociedad de Villa Colón”, con el objetivo de fundar un barrio “de recreo y descanso” en la costa del arroyo, en las afueras de Montevideo. En 1872 se vendieron los primeros solares de Villa Colón, que pronto se llenó de quintas de descanso.

Poco tiempo después, la empresa del Ferrocarril Central de Uruguay estableció, alrededor de la estación que había creado en la zona, la inauguración de un nuevo pueblo, Pueblo Ferro-Carril.

Hoy Colón es la unión de esos dos pueblos. Hebert aún se acuerda de pueblo Ferro-Carril, pero dice que hay muchas personas que no saben lo que es, que no conocen lo que fue. Él mismo, antes de irse a vivir al interior, no conocía muchas cosas de la historia del barrio.

“Yo me casé y me fui a vivir afuera. Cuando volví a Colón, me enamoré del barrio del que me había ido: empecé a caminar, a ver algunas cosas, a preguntarme otras. Yo no sabía quién había sido Idiarte Borda, o Perfecto Giot. Entonces me contacté con gente del lugar, con viejos amigos y compañeros de la Escuela N°185, y a partir de eso, de los recuerdos que compartíamos, empecé a investigar”.

Cuando trabajó en el interior, fue jefe de inspectores de arquitectura de la Intendencia de Treinta y Tres. En esos años leyó tanto que la arquitectura empezó a apasionarlo.

Todo lo que sabe Hebert lo aprendió leyendo. Ha recorrido librerías de todo Montevideo buscando libros. Ha estado horas y horas en la Biblioteca Nacional leyendo diarios viejos, ha recorrido cementerios buscando información, ha ido formando una historia que solo él tiene completa: la de su barrio.

El año pasado, por los 150 años de Colón, creó un grupo de Facebook y una cuenta de Instagram (@villa_colon_150) en la que comparte información actual e histórica del barrio y en la que ha sumado a vecinos y curiosos. Allí contó, por ejemplo, que la casona que perteneció a Horacio Mailhos Queirolo y su esposa María Letizia Ferriolo Schelotto, está a la venta, entró al predio con permiso del propietario, sacó algunas fotos, escribió “Villa Colón tiene jardines escondidos”.

Con ese grupo de vecinos han logrado algunas cosas: por ejemplo, que se reparara la Plaza Vidiella luego de que un árbol se cayera, que se recuperara la iluminación.

Además, Hebert investigó y encontró que el Hotel Giot, creado por uno de los fundadores del lugar - hoy es un edificio tapiado y descuidado- tiene una resolución de compra de 2014 por la intendencia de Montevideo. Hoy ese expediente se perdió, pero Hebert espera que se retome la compra y se lleve adelante el proyecto que se proponía entonces desde la Intendencia: crear una escuela de gastronomía y hotelería. Hebert cree, también, que podría sumarse una escuela de oficios para capacitar a la gente de la zona.

Los fines de semana Hebert sale a caminar por el barrio. Intenta recordar dónde vivían sus compañeros y sus amigos. Mira con nostalgia lo que ya no está: el predio donde funcionó la bodega de Vidiella, declarado Patrimonio Nacional, de la que hoy solo quedan los cimientos, la fiesta de vendimia en la que toda la zona participaba, los portones de entrada a la Villa Colón que Perfecto Giot abría y cerraba todos los días, con la salida y la puesta del sol.

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