Se mudó desde Rusia a Uruguay por amor y se terminó descubriendo como artesana

Anna

HISTORIAS

Un día despertó queriendo aprender español, se contactó con gente que hablaba el idioma y terminó conociendo a su hoy marido uruguayo. Hoy cuenta detalles de su vida en Rusia y Uruguay en Instagram.

Anna Timofeeva (37 años) recuerda bastante bien ese día de 2014 en su Rusia natal. Se despertó y sin ninguna razón aparente decidió que quería aprender elidioma español. No lo necesitaba por trabajo ni tenía amigos que lo hablaran, según ella fue algo vinculado con el destino o con Dios porque gracias a eso terminó en Uruguay.

Pero no nos apresuremos. Antes hizo todo lo que estaba a su alcance para aprender el idioma: tomar clases, ver películas, traducir canciones de Natalia Oreiro, quien ya era muy popular en su país. Pero no le alcanzaba, también quería practicar hablando con otras personas.

Anna

Buscando en internet se topó con Martín, un uruguayo con el que hizo conexión inmediata y con el que pasó unos 10 meses hablando de todo, ya fuera por WhatsApp o por Skype. Fue él que decidió dar el primer paso y viajó a San Petersburgo para conocerla. Anna fue a esperarlo al aeropuerto con su hermana.

“Estaba muy nerviosa, no había podido dormir, ni comer, ni pensar. Mi hermana primero trató de esconderse para no molestarnos y hacer videos”, cuenta entre risas, “después apareció y estuvo todo bien”.

El cara a cara funcionó, pero a los tres meses Martín se vio obligado a dejar Rusia. Ninguno de los dos sabía que luego de ese tiempo, si se quería quedar, debía dar examen de ruso y de historia y derecho rusos. Anna lloró muchísimo en el aeropuerto, pero no había opción.

En Rusia ella tenía todo. Si bien se había recibido de economista, siempre trabajó en logística y ventas en oficinas. También tenía a sus amigos y a su madre y su hermana. Pero extrañaba mucho a Martín, así que pasados nueve meses hizo las valijas y se vino a Uruguay.

Anna

En Montevideo se casaron, pero a los seis meses la madre de Anna sufrió un accidente automovilístico bastante grave que la dejó en coma. Los médicos no sabían si iba a sobrevivir, caminar, hablar… Además su hermana estaba embarazada, así que se vio obligada a volver a su país.

“En los aeropuertos es un lugar en el que siempre lloro”, dice de esa nueva despedida que tuvo con Martín, sin saber si iba a retornar al Uruguay. Ya en San Petersburgo debió buscar un trabajo de horario flexible que le permitiera quedarse con su madre y consiguió como cadete, tarea bastante frustrante para alguien con estudios terciarios.

“Por suerte todo terminó bien, mamá se recuperó, yo volví a Uruguay en unos ocho meses y ya hace cuatro años que estoy acá”, cuenta.

Anna

Instalada en Montevideo.

Desde siempre Anna quiso encontrar un trabajo en Uruguay, no solo para ganar dinero sino para poder comunicarse con las personas y tener una vida social. Sabía que no iba a ser en una oficina atendiendo clientes porque su español aún no era muy bueno, por lo que estaba dispuesta a que fuera en limpieza o en un supermercado.

“Pero en Uruguay es bastante difícil encontrar trabajo”, se lamenta. No se quedó quieta y comenzó hacer artesanías, algo totalmente nuevo para ella.

“Hasta ese momento pensaba que para mí era imposible, que era la peor de los peores en hacer algo con mis manos. Pero en Uruguay descubrí que todo lo que quieres es posible. Probé, empecé a estudiar y por fin me di cuenta de que sí puedo. Ahora pienso que en realidad puedo hacer cualquier cosa”, destaca como una de las lecciones que le han dejado todos estos cambios en tan poco tiempo.

Anna vio videos rusos en internet y probó. “Fue como cuando aprendía español, tenía tantas ganas que ya nada podía detenerme”, recuerda sobre su acercamiento a la técnica del puntillismo. Cuando empezó, hace tres años, no veía que muchos la aplicaran en Uruguay.

Anna

“Era algo nuevo y bastante difícil porque tenía que encontrar materiales, instrumentos y ver qué marcas había acá. Tenía que probar mucho”, señala.

Lo siguiente fue armar su blog y abrir una página en Instagram, pero solo con la intención de mostrar su arte para ver qué opinaba la gente de lo que hacía. Sorpresa fue la suya cuando con apenas dos fotos alguien le preguntó precios y no quedó ahí, aparecieron más.

“Entonces me dije: ‘¿Por qué no?’ Si lo quieren y puedo vender, mejor”, comenta.

Le fue bien, pero llegó un momento en que la cansó estar siempre haciendo lo mismo, la creatividad se estaba convirtiendo en trabajo y ella no quería eso. Decidió no publicar tanto, pero seguir haciendo cada vez que le piden.

Su idea es aprender otras cosas, como por ejemplo a bordar con mostacillas o cuentas, hacer broches. “No sé por qué me gustan mucho esas artesanías donde de detalles pequeños hacés algo grande”, apunta.

Anna

Su objetivo es que siga siendo un hobby, ya que hoy su trabajo es escribiendo textos para sitios web rusos sobre diversos temas, como el turismo.

Incluso le dio un vuelco a su Instagram y desde hace un tiempo, movida por el interés que muestran sus seguidores, ha comenzado a dar información y contar curiosidades de su tierra natal, a la que le gustaría volver pero solo para estar un tiempo de visita.

Su hogar es en Punta Gorda con Martín, su gato Eliot y los proyectos que vendrán.

Mucho frío, libertad, vida cara y chinchulines

Una de las cosas que más le gusta de Uruguay es la cantidad de días soleados. “En mi ciudad natal, San Petersburgo, casi siempre está nublado y llueve”, cuenta. Lo que nunca imaginó es cómo iba a sufrir el frío acá, cosa que no le creen ni rusos ni uruguayos. Ella lo explica diciendo que, si bien en Rusia se alcanzan los 25 grados bajo cero, todos los ambientes están calefaccionados, incluido el transporte, por lo que no se siente tanto.

También le gusta mucho la libertad de la que se goza en Uruguay. “Puedo expresar mi opinión sobre política, economía… cualquier cosa. En Rusia, por desgracia, siempre tienes que pensar qué vas a hablar, con quién”, apunta. A eso le agrega la relación de los uruguayos con el gobierno, al que se ve como un empleado al que se le paga un sueldo para cumplir determinadas tareas. “En Rusia la gente trata a los políticos de alto rango como si fueran dioses o una raza humana avanzada”, dice.

Dentro de lo malo de Uruguay, Anna ubica los precios altos. En San Petersburgo los sueldos son similares, pero las cosas cuestan dos veces menos.

En cuanto a la comida, no es vegetariana pero en Rusia no comía carne porque no le gustaba; acá lo hace porque nota que es de muy buena calidad. “Me gusta el asado y algunas cosas raras como los chinchulines”, acota a las risas. También le atraen los lácteos y confiesa que toma poco mate.

Anna
Anna

Vida y arte en Instagram

En su página @punto.point Anna no solo muestra las artesanías que hace, sino que también brinda datos curiosos de su Rusia natal y de su vida en Uruguay.

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