La historia de Lauro Ayestarán, el hombre que recorrió el país para dejar un registro de la música uruguaya

Lauro Ayestarán grabando a Ramón López en 1962.
Darwin Borrelli

MEMORIA MUSICAL

El Centro Nacional de Documentación Musical Lauro Ayestarán (CDM) conserva el archivo completo del musicólogo más importante del país. En setiembre inauguró una nueva sede en la Biblioteca Nacional.

Lauro Ayestarán fue a Aguas Corrientes, en Canelones, el 14 de enero de 1962. Camisa a rayas y pantalón holgado, el pelo peinado hacia atrás, caminó hasta un rancho de paredes rotas y techos de paja que estaba lejos del centro de la localidad.

Se trataba de la casa de Ramón López, un guitarrero que había trabajado haciendo cabotajes en el río. Para ese entonces, hacía cinco años que López tenía su guitarra propia: el luthier Juan Carlos Santurión se la había fabricado con las maderas de su embarcación, que encalló un día de 1957 y ya no tuvo ninguna posibilidad de retorno.

Hay una foto de ese día de enero del 62. López está sentado en una silla de madera afuera de su casa. Tiene la guitarra apoyada sobre la pierna izquierda, las manos listas para hacerla sonar. Mira a la cámara y sonríe con la forma de los que no necesitan nada más, de los que lo saben. Tiene 74 años, el pelo blanco y la piel arrugada, cascada por el tiempo. A su lado, de pie, Ayestarán sostiene un grabador a batería cerca de la guitarra. Mira hacia abajo. Sonríe apenas. Es cerca del mediodía. El sol cae sobre el rancho, sobre López y sobre Ayestarán, sobre la guitarra y sobre el grabador.

Ese día López cantó una canción, A mi china, compuesta y escrita por él, mientras Ayestarán lo escuchaba y registraba su música. Ese tema - que en alguna parte dice “ella es la estrella plateada que centra al venir el día”- es una de las más de 3.000 grabaciones que Ayestarán, musicólogo, realizó entre 1943 y 1966 - año de su muerte- para registrar la música de todo el país.

Hoy varias de esas grabaciones están disponibles en la página web del Centro Nacional de Documentación Musical Lauro Ayestarán (CDM). El archivo completo de Ayestarán se encuentra en la nueva sede que el CDM inauguró en setiembre en el segundo piso de la Biblioteca Nacional.

El archivo

Ana Ribeiro en la inauguración de sede del CDM
Ana Ribeiro en la inauguración de sede del CDM. Foto: Leonardo Mainé

“Te vamos a mostrar el corazón del CDM”, dice Julio Frade, Secretario Ejecutivo del centro. Federico Sallés y Viviana Ruiz, que forman parte del equipo técnico y son las dos personas que más conocen el archivo, abren una puerta de madera que está trancada con llave. De un lado de esa puerta hay una mesa, algunos escritorios, algunas sillas: lo habitual en un sitio como ese. Del otro lado, lo primero que se nota es el frío. Allí están todos los archivos del CDM: libros, partituras, rollos de pianola, discos, CDs, cassettes, cintas, VHS, documentos, recortes de prensa. Se nota el frío porque para poder mantener todo eso en buenas condiciones la temperatura tiene que ser de 18 grados y tiene que haber una humedad del 40 por ciento.

Allí, en un espacio de paredes blancas en el que todo —todo— tiene un lugar definido, está la historia de la música nacional. De eso se trata, en definitiva, el CDM: “Es un lugar que se ocupa de la memoria de las músicas en el Uruguay. Que exista este archivo implica que existe la posibilidad de conservar las músicas y también de estar recogiendo constantemente ese patrimonio y poniéndolo al servicio de la ciudadanía”, dice Federico.

Aunque el CDM fue fundado en 2009 por Coriún Aharonián —que trabajó junto a una comisión honoraria integrada por Hugo García Robles, Daniel Vidart, y David Yudchak— todo empezó antes.

Y empezó por la inquietud de un hombre, Lauro Ayestarán (Montevideo, 1913), que quiso demostrar que el Uruguay tenía sus propias músicas.

“Lo que se decía en la época sobre la música en el país era que no era de acá, que lo que había era importado desde la Península Ibérica. Entonces en algún punto él salió a comprobar que eso no era así y quiso demostrar que había un cancionero uruguayo con datos empíricos”, cuenta Viviana.

Lo primero que se ve en el archivo del CDM es un mueble viejo, enorme, lleno de ficheros. Es el que estaba en el estudio de Ayestarán y que el Estado adquirió, junto a su acervo completo, en 2002.

Centro Nacional de Documentación Musical Lauro Ayestarán
Centro Nacional de Documentación Musical Lauro Ayestarán. foto: L. Mainé

Allí hay, además, dos de los grabadores con los que el musicólogo —y también músico, docente, investigador— viajó por 18 de los 19 departamentos del Uruguay y registró la música tradicional, la música popular y la música culta que había en el país. Llevaba consigo, también, una cámara de fotos. Registraba músicas pero también se detenía en los juegos de los niños, en los objetos, en los lugares y en las personas. Sobre todo se detenía en las personas. Ayestarán, cuenta Viviana, fue el primer intelectual en entrar a un conventillo de Montevideo para grabar candombe. Le interesaba registrar pero también estar: compartir, mirar, entender, escuchar, estar ahí, en todos los sitios en los que hubiese alguien cantando sus canciones.

¿Qué había detrás de esa vocación? ¿Qué era lo que lo motivaba para recorrer el país cargando grabadores que a veces pesaban hasta 30 kilos? “Yo me lo he preguntado muchas veces. Sin dudas había una emoción musical atrás y cuando te mueve la emoción se nota, se nota cuando se lo lee, cuando se lo ve grabar, el valor que le daba a las personas, por más que fuera en el último de los caminos, en el fondo del país, él los iba a buscar”, dice Federico.

En el CDM también se encuentra su biblioteca y la de su esposa, Flor de María Rodríguez, bailarina e investigadora de la danza, la colección de partituras que Ayestarán reunió durante toda su vida, el archivo completo de Héctor Tosar, la colección de partituras de León Biriotti, una colección de rollos de pianola que donó el investigador Boris Puga y más.

Uno de los grabadores que usó Lauro Ayestarán para registrar artistas
Uno de los grabadores que usó Lauro Ayestarán para registrar artistas. Foto: L. Mainé

“Ayestarán tenía una visión amplia de su investigación. No pretendía solo generar un acervo sino también difundir el conocimiento. En esa línea, en el CDM no solo nos dedicamos a la conservación, preservación y digitalización de los documentos, sino que también buscamos difundirlos, mostrarlos”, cuenta Viviana.

En ese marco se han dedicado a organizar coloquios, exposiciones y actividades vinculadas a la música y a la musicología. Así, Viviana y Federico han salido a distintas localidades del país en las que Ayestarán estuvo con su grabador: llevan los registros y siempre hubo alguien, un vínculo, un recuerdo referido a esas grabaciones.

Estuvieron, por ejemplo, en Aguas Corrientes, el lugar en el que un día de 1962 Ramón López cantó una canción. A esa charla se acercó uno de sus sobrinos: todavía tenía la guitarra de su tío, aquella hecha con maderas de un barco encallado.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar