ENTREVISTA

Julio Fernández: el uruguayo que cambió los nombres del Sistema Solar

Fue clave en la definición de Plutón como planeta enano y en la confirmación del Cinturón de Kuiper; lanza un libro con anécdotas sobre cómo los intereses de la Tierra se entreveran con el espacio

El astrónomo Julio Ángel Fernández distinguido en Estados Unidos.
Astrónomo Julio Ángel Fernández

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Julio compraba los chocolatines de Nestlé para juntar las figuritas del álbum La conquista del espacio. Leía con pasión a Arthur Clarke, Isaac Asimov y Ray Bradbury. Oía hablar de algo que se iba a llamar Sputnik y que sería el primer satélite artificial en órbita. Y veía las noticias sobre los hombres que se preparaban para ser astronautas y cosmonautas. ¿Cómo no iba a enamorarse de la astronomía?

Años más tarde, ya como docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República, Julio Ángel Fernández se convirtió en uno de los astrónomos pioneros en el estudio de cometas y asteroides. Empezó a desarrollar una idea que le ha valido renombre internacional: que más allá de Neptuno existía un cinturón de objetos que era una de las fuentes de los cometas observados. “Lo que pasa es que estando acá, en ese momento, en medio de la dictadura, yo no podía hacer nada. Lo que hice fue llevarme esas ideas a España y allí las pude desarrollar. Puede tener acceso a buenas computadoras y empecé a sacar trabajos que fueron las referencias más importantes de mi trabajo científico”, contó a El País.
Esas ideas dieron forma a la confirmación del Cinturón de Kuiper, ese anillo de cuerpos helados fuera de la órbita de Neptuno que para muchos debió ser nombrado con el apellido del uruguayo. ¿Habrá sido por eso que nunca supo qué pasó con la “factura millonaria” que le dejaron a su jefe del observatorio de Madrid por las horas de cálculo que insumió su trabajo en una computadora prestada?

Tiempo después, Fernández se convirtió en el decano de la Facultad de Ciencias, fue elegido como miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, fue homenajeado con el título Honoris Causa de la Udelar y ganó el premio Gerard Kuiper por sus “contribuciones destacadas en el campo de las ciencias planetarias”.

Y no nos olvidemos que pasó a la fama por haber sido uno de los responsables del cambio de definición de planeta que rebajó a Plutón –el cuerpo principal del Cinturón de Kuiper– a la categoría de planeta enano.

Ahora Fernández presenta su libro Plutón y otras anécdotas. Historias mínimas de la humanidad contadas a través de los nombres de los planetas menores. En este repasa cómo la vida en la Tierra (mejor dicho, los intereses en la Tierra) y el espacio están más entreverados de lo que se cree a la hora de elegir un nombre para un cuerpo celeste a años luz de distancia y como en algunos casos, como pasó con los “asteroides peronistas”, las decisiones desatan escándalos en la disciplina.

Julio Fernández
Julio Fernández

—En la década de 1990 pasó a formar parte del Comité de Nombres de Cuerpos Pequeños de la Unión Astronómica Internacional (UAI). Y esa tarea es la premisa del libro: mostrar que el cielo y la Tierra no están tan alejados. ¿Cuál era su objetivo?
—Mostrar que, además de ser científicos, nos preocupan los temas de la Tierra. Cuando se pone un nombre se busca que refleje alguna cosa. La ciencia no es algo frío o distante, sino que tiene vínculos con la sociedad.

—Uno de esos vínculos tiene que ver con la política, la economía o incluso con los derechos humanos. Por eso hay nombres permitidos y nombres prohibidos. ¿Cuáles son las reglas?
—A los asteroides se les pueden poner nombres de distintas procedencias: personas, colegas, familiares y hasta hacer homenajes a personalidades o lugares. Así hay un asteroide que se llama Montevideo. También tenemos el asteroide Mario Benedetti (5346) o Cernuchi (7593, por Félix Cernuchi). Lo que pasó con los asteroides peronistas –Evita, Descamisada, Abanderada– es que en esa época no había ninguna restricción. Podían nombrarse por políticos. Hay uno que es un homenaje al Mariscal Tito que era un jefe de Estado. Los asteroides peronistas fueron un escándalo porque cuando cayó Perón, el nuevo gobierno quiso que se eliminaran esos nombres. Eso llevó a que se determinara que no podían admitirse nombres de naturaleza política o comercial para evitar que de forma velada hubiera personas que compraran un asteroide.

—El asteroide Swissair es un ejemplo de esto.
—Ese fue uno de los nombres más chocantes porque es el nombre de una aerolínea. Pero no fue por dinero. Simplemente a alguien se le ocurrió que era bueno. Supongo que estaría muy conforme con el servicio y pensó que merecía el nombre de un asteroide. Pero hubo casos sospechosos como el de un banquero austríaco que le da nombre a un asteroide y hay otros con nombres de su familia. No hay nada escrito que diga que pagó pero hay firmes sospechas de que hubo plata de por medio. Los casos más flagrantes tratan de evitarse para que no aparezca en el nombre una firma comercial.

—En el libro menciona el asteroide Anadiego, nombrado por una estudiante de astronomía desaparecida por la dictadura argentina. ¿Qué representa este caso para usted?
—Para mí es uno de los casos paradigmáticos no solamente por ser un tema que atañe a los derechos humanos, sino por la repercusión que tuvo. Fue una decisión del consejo del Observatorio Astronómico de La Plata y, en principio, era un homenaje privado. Lo que me sorprendió, gratamente voy a decir, fue que adquirió repercusión pública a tal punto que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se refiriera al tema y nada menos que en el discurso de asunción de un nuevo mandato.

asteroide
Asteroide

—¿Cómo se trabaja cuando un nombre no tiene consenso?
—El comité trata de llegar a un acuerdo sobre un nombre. Cuando hay una resistencia importante y eso quiere decir que hay varios miembros que se niegan a aceptar un nombre con argumento, generalmente es rechazado aunque los votos negativos no sean la mayoría.

—Ha habido unas cuantas discusiones. ¿Qué puede decir de los casos Von Braun y Stephen Austin?
—(Wernher) Von Braun (un ingeniero aeroespacial que hizo ganar la carrera espacial a Estados Unidos) tenía un pasado nazi. Y Stephen Austin tenía la aspiración de independencia de Texas pero era necesariamente para mantener la esclavitud porque en México se la había abolido. Eso no se cuenta de forma tan cruda en la historia oficial, pero era eso. En ambos casos se rechazó la propuesta.

—Sin entrar todavía al tema de Plutón, ¿recuerda otra discusión?
—Hay otras discusiones que estuvieron entre lo trágico y la comedia. El caso de Sedna fue un enredo entre un astrónomo que proponía ese nombre para un objeto transneptuniano y otro que lo hacía para un asteroide. Sedna es una diosa del mar. Y los objetos transneptunianos llevan nombres mitológicos (no los cuerpos del cinturón de asteroides). El segundo astrónomo quiso amargar al otro y volvió a proponer Sedna en homenaje a una cantante que se llamaba Katy Sedna y ahí se armó lío. Se le buscó la vuelta y se le dijo que no porque le estaba robando el nombre. Esto no le gustó y se enfureció, se ofuscó y se fue. Esto llevó a que tuviéramos varios meses de discusión acalorada porque había algunos muy formalistas que decían que había que aceptarle la propuesta. Algunos hicieron el amague de renunciar. Al final se aceptó la fórmula y todo volvió al cauce normal.

—En 2006 pasó a la fama como uno de los “astrónomos uruguayos que degradaron a Plutón”. ¿Cómo le cae esto?
—Hay que poner las cosas en su justo término. Gonzalo Tancredi y yo tuvimos un papel importante en la asamblea general de la UAI porque nuestro rol fue impulsar la propuesta. La gente estaba muy perdida y nosotros tuvimos capacidad de movilizar a la gente para que formáramos un grupo de trabajo y buscáramos una definición de planeta que fuera más aceptable de acuerdo a lo que pensábamos.

—Recordemos que había otra propuesta por la que se pretendía llegar a 12 planetas en el Sistema Solar al sumar Ceres, Caronte y Eris.
—Era una propuesta de ampliar el concepto de planeta de manera que entraban 12 y seguramente varios más y nosotros hicimos una definición más restringida que llevaba a lo que históricamente se entendía como planeta, pero agregando criterios científicos que entendíamos que eran bastante rigurosos. Si bien quedan algunos que protestan, en general, se puede decir que ahora se acepta la nueva definición.

Plutón
Plutón

—Plutón había sido el único planeta del Sistema Solar descubierto por Estados Unidos. ¿Eso primó en la discusión? ¿Es un ejemplo de cómo la política se refleja en los nombres astronómicos?
—Pienso que sí porque la idea de que Plutón era el noveno planeta del Sistema Solar ya estaba bastante consolidada a más de 70 años de descubierto. Todos los textos y libros de divulgación hablaban del noveno planeta. Además, en ese momento, la NASA tenía una misión espacial a Plutón que era promocionada como la misión al último planeta aun no visitado. Había toda una promoción que tuvo que cambiar la argumentación porque ya no iba a ser la misión al último planeta no visitado sino que iba a ser la misión al primer objeto transneptuniano. Hay intereses que llevan a que se quiera imponer determinados criterios y la UAI no queda exenta de esos juegos de poder porque hay una serie de países, las grandes potencias, que tienen mayor peso a la hora de tomar decisiones.

—Julio Fernández, Gonzalo Tancredi, Rafael Porto, Esmeralda Mallada, Sebastián Bruzzone, entre otros; ¿cómo logramos tener tan buenos representantes en este campo?
—Diría que hay algo un poco milagroso. Porque Uruguay, con muy pocos recursos que se invierten en ciencia y en educación en general, ha logrado muy buenos resultados. Este es un país milagroso. Con tan pocos recursos y sin políticas científicas, todo se ha logrado a base del esfuerzo individual y hemos tenido muy buenos frutos.

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