Sucede, más o menos así: un grupo de cuatro, cinco, seis personas sentadas en una plaza en cualquier ciudad, en silencio, con los ojos cerrados; no hay guía, no hay instructor, no hay discurso, solo un audio, una práctica compartida y la sensación de no estar solos en medio del caos de la vida diaria.
En un país donde el suicidio constituye uno de los problemas más persistentes y complejos de salud pública, una aplicación desarrollada en Uruguay propone intervenir desde otro lugar. Pinealage —una plataforma de bienestar tecnológico— busca facilitar encuentros de meditación grupal y presencial entre personas que no se conocen.
La idea surgió a fines de 2024, en un contexto marcado por cifras alarmantes. “Inicialmente con la intención de ayudar a mitigar en Uruguay la desafortunada tasa de suicidios”, dicen sus creadores, Gonzalo Arce y Andrea Zeballos. Pero también desde una experiencia personal: la práctica frecuente de meditación en grupo y la percepción de que allí había algo valioso que podía ampliarse. Democratizar ese acceso fue el siguiente paso.
La lógica de la app, que tiene un canal de Whatsapp para quienes estén interesados, es simple: conectar personas cercanas geográficamente que quieran meditar en el mismo momento. Un algoritmo cruza variables de ubicación y disponibilidad horaria, sugiere puntos de encuentro y organiza grupos reducidos —entre cuatro y siete integrantes— para que la experiencia ocurra en espacios públicos. La app, además, ofrece audios para guiar la práctica, eliminando la necesidad de un facilitador.
“Buscamos dejar la experiencia servida en bandeja”, explican. Es decir, reducir al mínimo la fricción logística para que sostener el hábito y encontrarse con otros no dependa de la organización individual.
Pero la apuesta va más allá de lo funcional. Pinealage se inscribe en una época atravesada por la hiperconexión digital y, al mismo tiempo, por niveles crecientes de aislamiento. Según datos del año 2005 de la consultora Cifra, uno de cada cuatro jóvenes en Uruguay se ubica en el nivel máximo de soledad.
En ese contexto, la meditación grupal aparece, para sus impulsores, como una práctica con potencial. “Puede ayudar a reducir la percepción de soledad, el estrés, el aislamiento y la fatiga digital”, sostienen. Y agregan que hacer algo en conjunto —incluso algo tan silencioso como meditar— puede facilitar la constancia.
La tecnología, en este caso, no es el destino sino el medio. “De alguna forma combatimos la tecnología con tecnología”, dicen. La app no busca retener al usuario en la pantalla, sino empujarlo fuera de ella. Convertirse en un puente hacia una experiencia física, compartida, concreta.
Los propios creadores son cautos respecto al cruce entre una herramienta digital, prácticas de bienestar y un problema estructural como el suicidio: hablan de “mitigar en algún grado”, de aportar desde un lugar específico. No como solución, sino como complemento posible. Como una puerta de entrada a un hábito que, en el mejor de los casos, podría fortalecer vínculos, generar pertenencia y abrir espacios de encuentro en una sociedad que, muchas veces, los ha ido perdiendo.
La ausencia de facilitadores, por ejemplo, es parte del diseño, pero también un punto sensible. La experiencia es autónoma, apoyada en audios, pensada para ser accesible y replicable. La apuesta es que el grupo, en sí mismo, funcione como sostén.
Proyección internacional de una app local
El proyecto nació en Uruguay, pero ha ido creciendo con el tiempo. Con más de 80 embajadores en países tan diversos como Argentina, México, Alemania, Nigeria o Tailandia, Pinealage empezó a expandirse incluso antes de su lanzamiento oficial, previsto para mayo.
“El aprendizaje principal es que la naturaleza humana y sus necesidades no se limitan a un país. La receptividad global sugiere que el sentimiento de pertenencia, la creación de vínculos positivos y la necesidad de desconectar de un mundo ruidoso son necesidades muy primitivas y universales. Lo que nació para Uruguay ha demostrado que somos más iguales de lo que creemos en nuestra búsqueda de salud mental y emocional”, dicen sus creadores.
Y detrás de esa idea está este proyecto: hacer del silencio una práctica compartida y entonces, quizás, lograr que alguien se sienta menos solo.