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Crónica de un encuentro: dos bailarinas, una profesora de historia y una pasión compartida

¿Por qué importa sacar al ballet de los teatros y hacerlo cercano? Un fin de semana en el que el ballet estuvo cerca en la ciudad de Mercedes.

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Stephanie Kessel, bailarina del Colón, con niñas en Mercedes
Foto: Alejandro Heredia

En mayo de 1919 la bailarina rusa Anna Pávlova -el cuerpo estirado y frágil, la mirada templada y el rostro afilado, la extrema gracia y la poesía de los movimientos- se presentó con su compañía en elTeatro Solís de Montevideo. Ya era, entonces, una de las bailarinas más importantes del mundo: ya había debutado en 1899 en el Teatro Mariinski de San Petersburgo, ya había bailado La muerte del cisne, la pieza -emblemática- que el coreógrafo Mijaíl Fokine creó para ella, ya había formado su propia compañía, ya había inyectado al público con el veneno de su danza.

Dicen que también se presentó en un teatro de Río Negro, pero no hay certezas de eso. Lo que es cierto es que con su compañía Anna Pávlova, una de las mejores bailarinas de todos los tiempos, recorrió el mundo entero: giró por América del Sur y por Europa, por Estados Unidos, por Canadá, se presentó en Cuba y en México y en Sudáfrica, visitó algunos países de Oriente.

Su compañía hacía hasta nueve funciones por semana y Anna Pávlova bailaba en todas. Algunas veces se presentaron en teatros y otras en galpones, y otras en cualquier lugar en el que los recibieran, aun cuando no existieran las condiciones para hacerlo. Había que bailar, había que mostrarle a las personas que fuesen a verlos de qué se trataba eso qué hacían, de qué estaba hecho su arte. Había que compartir el arte. Y había que hacerlo con una convicción: podía cambiarle la vida a cualquier persona. Sobre todo, cuando empezó a girar por el mundo, Anna Pávlova sabía eso.

Hoy es sábado 11 de noviembre de 2023. Después de la lluvia y el viento y la tormenta, la ciudad de Mercedes, en el departamento de Soriano, amanece clara y celeste. El Río Negro de su rambla reposa sin apuro y sin tiempo el sol se refleja entero sobre él, ilumina todas las cosas.

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Stephanie Kessel, Rosina Gil y Lucía Chilibroste.
Foto: Alejandro Heredia

A unas pocas cuadras de allí, en la Biblioteca Eusebio Giménez -la biblioteca pública de la ciudad- un cartel gigante con una fotografía enorme de la Primera Bailarina del Ballet Nacional del Sodre Rosina Gil junto a la bailarina del Ballet Estable del Teatro Colón de Buenos Aires, Stephanie Kessel, anuncia: Súper encuentro balletómano. Historias que inspiran.

A las diez y media de la mañana el salón principal de la biblioteca está repleto. Hay que agregar sillas y alfombras para sentarse donde sea que haya lugar. Hay dos bailarinas visitando la ciudad y la gente quiere escucharlas, estar cerca.

Detrás del encuentro está Lucía Chilibroste, profesora de historia, autora del libro El equilibrio de bailar, sobre María Noel Riccetto, y mercedaria, que, antes de empezar a hablar con las bailarinas, dice: “Una de las cosas que más me gusta del ballet es compartirlo, sacarlo de los teatros. Hay mucha gente que quizás no puede ir al Colón o no puede ir al Sodre, a mí me gusta hacerlo accesible, que las puedan ver, que las conozcan, que se encuentren con ellas más allá de un escenario”.

En el salón hay niñas que quieren ser bailarinas, y madres de niñas que quieren ser bailarinas, abuelas, profesoras de danza, personas que se acercaron para conocerlas, otras que llegaron hasta allí desde Montevideo, Salto, Paysandú o Argentina.

Esto es una charla, pero sobre todo, es una posibilidad: dos bailarinas de dos de las compañías de danza más importantes de la región están acá, sentadas a menos de un metro de las niñas que se sentaron en la alfombra para estar más cerca, dispuestas a compartirlo todo. No hay escenario ni vestuario ni maquillaje ni escenografía. No hay distancia.

Encuentro con bailarinas en Mercedes.jpg
Encuentro con bailarinas en Mercedes.
Foto: Alejandro Heredia

Entonces cuentan: que Rosina empezó a bailar siendo niña, que es hija de un padre artista, que entró a la Escuela Nacional de Danza con un montón de niños y que solo egresaron dos, que con 16 años bailaba en el Ballet del Sodre, que se fue a España a audicionar y no entró a la compañía que quería, que trabajó como moza y como vendedora afuera de un estadio mientras intentaba conseguir trabajo como bailarina en Europa, que no todo ha sido fácil, que “con cada ‘no’ el autoestima revienta”, que hay que seguir, que porque siguió consiguió entrar al Cirque du Soleil. Stephanie dice empezó a bailar en una escuela de barrio, en Buenos Aires, que su maestra nunca le dijo que ella iba a poder ser bailarina, que recién a los 16 años hubo alguien que la vio y le dijo que tenía condiciones para bailar, que ya era “grande” cuando supo que el ballet podía ser una carrera profesional, que tuvo que desaprender todo lo que había aprendido desde niña y empezar de cero, pero que le gustaba tanto que lo hizo, que después adicionó para el Ballet del Colón, que hace diez años que vive de lo que más le gusta.

Las niñas levantan la mano. Preguntan cosas como estas: ¿qué hacen si alguien muy cercano a ustedes les dice que se dediquen a otra cosa? ¿les ha pasado que haya algún paso que no lo quieren hacer porque es muy complicado? ¿qué pasa si no les sale un paso? ¿alguna vez tuvieron que dejar de bailar por un problema personal? ¿y si te olvidás de un paso cuando estás bailando? ¿alguna vez no les salió algo en un ensayo que sí les salió en una función y dijeron bien lo logré?

Al final, alguien dice: “Gracias por generar este encuentro, no pasa nunca que bailarinas como ellas vengan acá, que estén al mismo nivel, digamos”. Y pregunta: “De todas las niñas y niños que estudian danza, llegan a ser profesionales muy poquitos. ¿Qué les dirían a todos los que no lo logran?”.

Que bailen, responde Stephanie, que el vínculo con la danza es algo que se construye, algo propio, que no hace falta ser bailarín profesional para bailar, que se puede disfrutar de la danza de cualquier manera.

Cuando terminan, las niñas se les acercan, les siguen haciendo preguntas, se sacan fotos, les piden que les firmen las zapatillas, las abrazan.

Esa noche, en el living de un hotel que aloja a todas las personas que llegaron a Mercedes para escuchar y conocer a dos bailarinas, Lucía Chilibroste dirá que no es bailarina pero que encontró una forma de bailar. Que cuando descubrió que el ballet le apasionaba empezó a investigarlo y a aprender y supo que tenía que compartirlo con otros, acercarlo a otros, llevarlo a su ciudad. Después hablará de Anna Pávlova, muerta hace 92 años. Y dirá que todo esto no se trata - nunca se ha tratado- de que a alguien le guste o no le guste el ballet, sino de algo que lo trasciende: compartir, con quien lo desee, un poco de belleza, saber que esa belleza puede cambiar -tal vez- el rumbo del mundo.

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