Los cerritos también miran al cielo: identifican alineaciones astronómicas en cientos de montículos en India Muerta

Alineaciones con el Sol, la Luna y estrellas revelan la complejidad de sus constructores hace miles de años

cerritos de indios los ajos.jpeg
Cerrito de Los Ajos como parte visible del horizonte
Nicolás Gazzán

En el este de Uruguay, hace miles de años, los constructores de cerritos levantaron sus aldeas en diálogo con el agua y la tierra. Hoy, nuevas investigaciones sugieren que también lo hicieron mirando al cielo: unos 700 montículos en India Muerta (Rocha) presentan orientaciones asociadas al Sol, la Luna y algunas estrellas.

Uruguay cuenta con más de 11.000 años de historia indígena precolonial y, durante los últimos 5.000, estos grupos desarrollaron una forma particular de habitar las tierras inundables del este, norte y noreste del país. Allí construyeron montículos de distintas formas –circulares, alargadas o irregulares– con tierra, piedras o incluso bivalvos, que fueron modificando a lo largo del tiempo hasta la llegada de los conquistadores en el siglo XVI.

“Donde hay arquitectura humana, hay una forma de conceptualizar la existencia y el mundo”, dijo el arqueólogo Nicolás Gazzán en diálogo con El País. En ese sentido, esta lógica atraviesa construcciones muy distintas: desde la pirámide más grande del mundo —la de Cholula o Tlachihualtépetl, en México, con sus 66 metros de altura— hasta los cerritos de indios en Uruguay, que no superan los 7 metros. La pregunta no es si sus constructores miraban el cielo, sino cómo ese vínculo pudo haber quedado plasmado en el paisaje.

cerritos de indios.jpg
Cerrito de indios en Rocha
Archivo Lappu

Orientados al cielo.

Para intentar responder, Gazzán y colegas del Laboratorio de Arqueología del Paisaje y Patrimonio del Uruguay de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República analizaron la ubicación de un grupo extenso de cerritos mediante sistemas de información geográfica e imágenes satelitales.

El resultado fue la identificación de patrones no aleatorios: en los complejos de llanura, muchas de las orientaciones se concentran en torno a la salida del sol durante el solsticio de verano.

Esa relación solar se refuerza a escala regional: visto desde los complejos centrales de India Muerta, el amanecer en esa fecha se alinea con la lomada donde se ubica el conjunto de Los Ajos, a unos 11 kilómetros de la zona central de los bañados.

También aparecen agrupamientos vinculados a ciclos lunares, en particular, al lunasticio mayor del sur, que ocurre cada 18,6 años. Se trata de un evento en el que la Luna alcanza su punto máximo al sur en el horizonte, pareciendo más alta de lo habitual.

En ese mismo rango de orientaciones se inscribe, además, la trayectoria aparente de Antares hace unos 3.500 años. Al tratarse de una de las estrellas más brillantes de la Vía Láctea (en la constelación de Escorpio), su salida heliacal –visible aproximadamente un mes antes del solsticio de verano– pudo haber funcionado como una señal anticipatoria de ese evento. Más que fenómenos aislados, los datos apuntan a una posible relación con una porción clave del cielo vinculada a la propia banda de la Vía Láctea.

“El cielo estaba íntimamente ligado a las actividades de estos pueblos. Eran grupos que cultivaban maíz, zapallo y porotos, por ejemplo, y los eventos astronómicos funcionaban como marcadores estacionales: indicaban cuándo iban a llegar los fríos y las heladas o cuándo aparecerían ciertos animales. Era parte de su vida cotidiana”, explicó Gazzán. También era, en muchos casos, una cuestión de supervivencia.

En una investigación anterior, realizada en una zona más acotada del departamento de Rocha –con unos 100 cerritos registrados–, ya se habían identificado dos orientaciones significativas: una hacia la Cruz del Sur (algo que no se observa con la misma fuerza en este estudio) y otra hacia la Luna llena en torno al solsticio de junio, asociada al inicio de las lluvias y del invierno.

Estos patrones no son un caso aislado. La relación entre la Vía Láctea, sus estrellas más brillantes y las cosmologías indígenas ha sido documentada en distintas regiones de América del Sur. En algunos pueblos, como los mocovíes del Chaco, los mapuches o grupos amazónicos, la banda celeste es interpretada como un ñandú que recorre el cielo. A escala continental, además, existen antecedentes de vínculos entre la organización espacial de estructuras monumentales y el cielo, desde los Andes hasta la costa peruana e incluso en América del Norte, donde los constructores de montículos Adena-Hopewell asociaban la Vía Láctea con el camino de los muertos.

Control territorial.

Otro de los hallazgos clave tiene que ver con la visibilidad. Los investigadores detectaron una alta frecuencia de cerritos ubicados en puntos que, vistos desde otros montículos, recortan la línea del horizonte y funcionan como una suerte de “horizonte artificial”.

En el área de estudio, 209 de los 706 cerritos identificados ocupan esa posición estratégica y forman parte del perfil visible del paisaje.

“El criterio siempre fue mirar desde otros cerritos: vimos que, sobre todo en las zonas más altas, el horizonte estaba marcado por otros montículos”, explicó Gazzán.

Esa ubicación no parece casual: mover un cerrito apenas unos metros podría hacer que dejara de cumplir esa función visual.

En un territorio de relieves bajos, pero con visibilidades que pueden alcanzar los 30 kilómetros, estos puntos elevados habrían sido claves para estructurar el paisaje y, posiblemente, para la comunicación entre grupos. En ese contexto, el uso del fuego –ya fuera en actividades domésticas, rituales o como estrategia de señalización– habría permitido identificar con precisión estos puntos a grandes distancias.

cerritos india muerta.png
Vista del horizonte entre cerritos de India Muerta
Nicolás Gazzán
ROCHA, TIERRA DE CERRITOS DE INDIOS

Hasta el momento, en Rocha se han identificado más de 2.000 cerritos de indios. Uno de los sitios más estudiados es el CH2D01, en el bañado de San Miguel. Allí se encuentran dos estructuras, cada una con un diámetro de 35 metros y alturas de 1,3 y 1,5 metros, respectivamente. Uno de estos cerritos es conocido por ser el lugar de descanso de la llamada “abuela de los uruguayos”, una mujer que vivió hace unos 1.600 años.

Más estudios.

Lejos de cerrar el tema, estos resultados abren nuevas líneas de investigación. El equipo obtuvo financiamiento del programa Clemente Estable de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) para profundizar en estos hallazgos durante los próximos tres años. El proyecto, de carácter interdisciplinario, reúne a investigadores de Uruguay, Argentina y España.

El objetivo es evaluar si estas tendencias se repiten en otras regiones aún no estudiadas –como el departamento de Tacuarembó, donde también hay miles de cerritos– y analizar si emergen nuevos patrones en la distribución espacial de estas estructuras. Además, buscarán explorar posibles vínculos entre los cerritos y otras construcciones, como los cairnes, que coexistieron en la última etapa de uso indígena en algunas zonas de Rocha, hace unos 500 años.

Aun así, la identidad de estos grupos sigue siendo, en parte, un enigma. No tienen un nombre propio, aunque algunas hipótesis –como la planteada por el arqueólogo José López Mazz junto al historiador Diego Bracco– sugieren que podrían haber sido antepasados de los pueblos guenoa minuanos, presentes en la región al momento de la llegada de los europeos. Hallazgos de cerámica, hachas y pipas de origen guaraní en algunos cerritos también indican que estos montículos fueron reutilizados a lo largo del tiempo, lo que refuerza la idea de un paisaje dinámico y en transformación.

En cualquier caso, todo apunta a sociedades con formas de organización y manejo del territorio mucho más complejas de lo que, durante mucho tiempo, relató la historia oficial.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar