JORGE ABBONDANZA
Una gran exposición de ceramistas japoneses contemporáneos ocupa la planta alta del Palacio Taranco. A pesar del prestigio histórico de la cerámica japonesa, reavivado a comienzos del siglo XX por la huella de maestros eminentes como Shoji Hamada, no es frecuente que este tipo de exposiciones circule por el mundo y divulgue las tendencias de los actuales creadores japoneses en materia artesanal. La presente selección debe agradecerse a la Fundación Japón, una entidad encargada de organizar giras por el mundo con ejemplos del arte de su país y coordinar los grandes envíos a las bienales internacionales. El subtítulo de esta muestra de cerámica alude a "la generación actual surgida de los hornos tradicionales japoneses", lo cual alude al vínculo entre ciertos creadores modernos (los cuarentones y cincuentones nacidos al promediar el siglo pasado) y la tradición secular que la cerámica ha tenido en las regiones donde trabajan hoy esos artistas, con lejanas raíces en la influencia histórica china y aún en la coreana.
La visita de la muestra japonesa debe recomendarse por dos razones, ya que al margen del interés que ofrecen las setenta piezas exhibidas, el propio espacio del Taranco es otro atractivo para los desprevenidos, con su esplendor bastante insólito a escala montevideana —ya que sobran los dedos de la mano para contabilizar en la ciudad las casas particulares de este nivel— y los esmeros de la reciente restauración del edificio, que siguen a la vista para quien quiera disfrutarlos. Pero ahora las impecables vitrinas que encierran esas cerámicas son un imán adicional para ojos interesados, no sólo por la altura de maestría que rigió la selección viajera y que está presente en todas las piezas, sino por la inesperada diversidad de modalidades expresivas y líneas de estilo que pueblan ese conjunto.
Hay ejemplos de textura poderosa, como los vasos firmados por Yamamoto Ryuchi o los platos de Ichino Genwa en una gama tonal de castaños y metalizados algo pétreos, pero también hay alardes escultóricos como las formas libres de Kaneta Masanao o Nagae Shigekazu junto al refinamiento de vasijas con dibujos superficiales en esmaltes opacos o en espléndidos vidriados azules, sin excluir la severidad de los jarrones de Ohi Toshio o la inspiración histórica de los vasos de Suzuki Satoru. No sólo los artesanos uruguayos podrán quedar cautivados por la amplitud de recursos y de lenguajes de ese abanico de objetos de arcilla: también el contemplador profano que disponga de cierta curiosidad en materia de artes aplicadas, sabrá detenerse en el goce que despiertan los ejemplos actuales de una de las mayores tradiciones mundiales en materia de cerámica.