La contundencia de la historia se impone al relato cinematográfico. Sobre todo porque los hechos sucedieron recientemente y son uno de los dramas que la sociedad irlandesa contemporánea enfrenta. Veronica Guerin fue una mujer que asumió el periodismo con cierto retraso, pero lo hizo con un apasionamiento que logró cambiar el estado de las cosas en su país. Fue asesinada en 1996 por orden de un narcotraficante al que la periodista había señalado en el remate de una larga investigación realizada en torno a los mafiosos de la droga. Tenía 37 años, un marido y un hijo, y había desoído varias advertencias de los matones, incluyendo golpizas y balazos intimidatorios.
Como se sabe, las historias irlandesas suelen encontrar rápidas respuestas en Hollywood donde esa comunidad tiene una ascendencia notoria. A Jerry Bruckheimer, uno de los principales hacedores de los "títulos tanques" de la industria (Pearl Harbor, La caída del Halcón Negro, entre los más recientes), no se le podía escapar semejante historia, ofreciéndosela a un director de carrera oscilante como lo es la de Joel Schumacher. En los últimos tiempos, el cineasta no se había caracterizado por la sutileza que alguna vez exhibió (en Un toque de infidelidad, por ejemplo), quizá porque tampoco tenía entre manos asuntos más sustanciales que los pequeños juegos de suspenso ofrecidos por Enlace mortal, film realizado el año pasado.
Pero con Veronica Guerin había una serie de apuntes sociales que le daban otra perspectiva al retrato de la periodista asesinada. No hay que olvidar que Schumacher es también el director de Un día de furia, aquella especie de cruzada violenta emprendida por Michael Douglas en barrios más bien marginales de Los Angeles. Por eso hay que saber apreciar la sencillez con la que el director reconstruye los últimos meses de aquella mujer a partir de un tradicional "flashback". Prescinde del lenguaje grandilocuente, de los efectos y de los golpes bajos (generalmente lacrimógenos), lo cual equivale a decir mucho dentro de una industria afectada por esos tres vicios.
Si bien optó por una actriz australiana (Cate Blanchet), Schumacher se rodeó de todos aquellos elementos que le aseguraban autenticidad al relato. Hasta tal punto está cuidada esa identidad irlandesa, que varios artistas de esa nacionalidad aportan su granito militante, como ocurre con el grupo U2 y la cantante Sinead O’Connor desde la banda sonora y con el actor - estrella Colin Farrell, que apenas asoma un par de minutos ante cámaras como un transeunte que ha detenido su andar para ver un partido de fútbol.
Esta presencia es trascendente a la hora de los resultados, porque Veronica Guerin sin pretender ser gran cine, consigue transmitir el apremio que rodeó a un trozo de historia en el que una decisión individual se eleva como ejemplo social.