MIGUEL CARBAJAL
El Premio Nobel resolvió hacer justicia con la ciencia francesa y gentil con su lengua. Demoró demasiado en distinguir a los científicos que realmente pusieron en marcha los trabajos de detección y encasillamiento del sida, pero esa es una historia superada y ahora, hasta olvidada. El ítalo-norteamericano Robert Gallo, que intentó ocultar el descubrimiento francés, y darlo como propio, es, hace tiempo, un caso típico de ambición y falta de escrúpulos. Así lo han dictaminado desde la Academia hasta los trabajos literarios de Larry Collins. El Nobel para Francia le ha dado un estoque de muerte a las trapisondas de Gallo.
Pero el verdadero regalo para Francia estuvo con la coronación de Jean-Marie Gustave Le Clézio como Nobel de Literatura. Es un premio para el escritor pero también para el hermosísimo lenguaje que utiliza para plasmar sus creaciones. Y una bocanada de oxígeno para un país que hasta mediados del siglo pasado parecía acaparar todos los méritos literarios. Doce franceses han recibido el reconocimiento sueco, la mayoría de ellos de enorme destaque. La lista incluye la etapa de los poetas oficiales y la de los grandes mitos. Albert Camus le ganó a Jean Paul Sartre en la puja y para nivelar el déficit cronológico Sartre lo rechazó y se negó a recibirlo, lo que incluyó la generosa suma de dinero que lo acompaña. En esos momentos, mediados del siglo pasado, los franceses reinaban en el terreno cultural. Parecía ser que lo harían por mucho tiempo, hasta para siempre, pero el fin de la Segunda Guerra cambió el marco geopolítico y en el reacomodo Francia perdió sus privilegios. Hasta los fieles uruguayos la relegaron cuando retiraron al francés de la carta de estudios de los liceos. Desde entonces nada ha sido lo mismo. La elección de Le Clézio como nuevo Nobel se hace en un momento donde no existen ejemplares del autor en el mercado nacional. La única excepción viene por el lado de la media docena de piezas de Viaje del otro lado, una edición de Trilce que apareció la década pasada. El libro está agotado ahora. Ese título y una edición argentina de El africano, también fuera de circulación, fueron los únicos testimonios de la existencia de Le Clézio. Y un viaje el año pasado en donde se reunió con periodistas en el Café Brasileño, que cerró sus puertas pese a los empeños de Galeano. En ese momento, aunque ahora se recuerden otras cosas, se dejó constancia de la estatura del escritor francés de origen anglo-bretón pero solo hubo un vaticinio sobre su futuro estelar. Parecía un representante importante de la vanguardia francesa, un hombre con una visión profunda del mundo y un aventurero cuyos desplazamientos algún día tomará como ejemplo literario John Le Carré.
En el camino perdió otra vez la oportunidad el escritor peruano Mario Vargas Llosa, que se había hecho varias ilusiones al respecto y había logrado en las últimas semanas llamar la atención de gente que no se encargaba de él desde la época de La ciudad y los perros. También sucumbieron varios norteamericanos de primer nivel y algunos nombres que la moda instaurará como los Nobel del futuro.