En un epílogo donde la coreógrafa Graciela Figueroa mueve los cuerpos de sus bailarines con la libertad de una Pina Bausch criolla, la gigantesca pata de un elefante irrumpe en el bazar desde el fondo del escenario. El efecto es espectacular y refiere a los destrozos que la civilización islámica ha sufrido bajo la embestida que en el siglo XIII destruyó Bagdad con la invasión mogola y en el siglo XXI ha vuelto a arrasarla con la conquista anglosajona. Sin embargo los perfumes orientales no se evaporaron al paso de esa barbarie: han producido emanaciones capaces de sobrevivir al incendio de sus bibliotecas, el saqueo de sus museos y el bombardeo de sus viejas ciudades. Los cuentos de Las mil y una noches son uno de los florecimientos que la fuerza militar nunca pudo aplastar, quizá porque no sólo estaban impresos en el papel sino también en la prodigiosa transmisión oral, igual que los relatos homéricos o los romances españoles.
Para celebrar el retorno de la Comedia Nacional a un Teatro Solís más dorado que nunca, el coordinador y director artístico Héctor Manuel Vidal eligió pescar en las aguas del Río de la Plata la fauna del Tigris: un cardumen de pícaros, princesas, sultanes, concubinas y ladrones que habitan la diluvial inventiva con que Sheherazade supo apaciguar al califa durante más de mil noches y que aquí desfilan como un cortejo preciosamente enjoyado por el vestuario de Soledad Capurro, Hugo Millán y Fabiana Ardao. La propuesta consistía en confiar a nueve directores la elaboración de diez cuadros basados en los célebres cuentos, pero el proyecto creció hasta una desmesura que ha obligado a dividir el espectáculo en tres partes, la primera de las cuales es la que el público puede ver en estos días.
COMPLEJIDADES. No era tarea sencilla orquestar un despliegue que incluye actuación, canto, danza, muñecos, poesía, música, acrobacia, proyección de imágenes, personajes que vuelan colgados de arneses, frecuentes cambios de luces y telones. Pero sobre esa complejidad todavía había otras: la de combinar el carácter de cuentos de ambientación árabe, persa y hasta china con climas de oratorio, de leyenda popular y aún de parodia, procurando que no se deshilachara la malla que debía envolver el friso para armonizarlo a través del sello dispar de tantos responsables de la puesta en escena. Parte del colosal esfuerzo se cumple, sobre todo en los encantos visuales y sonoros que lo recorren a lo largo de la porción que se dio a conocer y que responden a la esencia misma del material, que era un surtidor de fantasía.
A Jorge Curi, por ejemplo, con el auxilio de Mercedes Rein y Osvaldo Reyno, se le ocurre contar Alí Babá utilizando el solitario servicio de Estela Medina, que interpreta esa historia de tesoros, envidias y rapacidad con una gracia notable. Apoyada por el finísimo trabajo del director, la actriz maneja una cuerda de comicidad nada frecuente en ella y lo hace con una elasticidad física, unos tonos farsescos y un encanto que flamean con la misma habilidad con que la actriz manipula los velos y mantos que la cubren. El resultado es una pequeña proeza de Medina, pero es además una delicia de humor y de ritmo, sin perder nunca el hilo moral de la fábula que enriquece el cuento. Otro remolino de gracia y de puntería caricaturesca preside el comienzo de La joven sabia en manos de la directora Mariana Percovich, que traslada el relato al universo del cine mudo con toda la artillería correspondiente: pianista, pomposo relator, viñetas de un Hollywood prehistórico y gesticulaciones inefables a cargo de la diva que Andrea Davidovics resuelve como una Theda Bara resucitada. Hay ocurrencias múltiples en esa broma, que sin embargo se estira más allá de lo que aconsejaba el empleo del humor y de lo que permitía el alcance del relato, rebajando el impacto inicial hasta desgastarlo.
Un traspié similar afecta al cuadro Qamar al Zamán dirigido con funambulesco cúmulo de recursos por Ismael Da Fonseca. A medio camino entre el Teatro Kabuki, la Opera de Pekín y el Cirque du Soleil, la copiosa batería que instala el director tiene cuerpos colgantes, comitiva de figuras engalanadas, relámpagos de luz, revuelo de estandartes e identidades enmascaradas, todo lo cual produce un impacto visual que se habría beneficiado enormemente obedeciendo el consejo de Borges: el de abreviar las demoras y lentitudes de un relato que no reviste mayor interés y que sólo sirve como soporte de los resplandores derrochados por Fonseca y sus asistentes. El reparo que se formula a los dos cuentos señalados —que a medida que se dilatan producen el efecto de ciertas ejercitaciones provincianas— se relaciona asimismo con el frágil sustento literario de las adaptaciones de los textos y con el desigual rendimiento del elenco.
SIGNIFICADOS. Considerando la magnitud del plan, cabe preguntarse si de entrada no habría sido sensata una considerable reducción de todo el metraje, que aqueja incluso a la introducción de Alicia Dogliotti (Palabra sobre palabra) y que hubiera concentrado beneficiosamente el curso de cada cuadro y hasta el fulgor del montaje, sin pérdida del espíritu ni de la seducción que los atraviesa. Claro que no debe haber sido fácil la abrumadora faena de supervisión ejercida por Vidal como armador de la enorme alfombra voladora: un David O. Selznick encargado de que el coloso se ponga en marcha sin que el viento se lleve por el camino los flecos, la textura ni el color. En todo caso, el acierto de la empresa radica en haber mantenido vivo el significado del espectáculo —la exaltación de una cultura que hoy está profanada por la guerra— y también su matriz: la de una magia que ha seguido respirando a través de los siglos, de los trasplantes y de sus múltiples recreaciones. En mantener el pulso para no perder de vista ese eje de sabor popular, de estilo y de homenaje a una herencia eminente, debe buscarse el mérito del batallón de colaboradores, empuñando (más allá de los riesgos, descuentos y altibajos) las armas de la memoria, la responsabilidad artística, el conocimiento y la imaginación.
Al margen del juicio que merece el espectáculo, debe saludarse el acontecimiento de que la Comedia Nacional vuelva a ocupar el escenario del Solís, que es el marco donde inauguró sus actividades hace 57 años. Ese reconocimiento asume hoy un doble valor, ya que alguna voz se ha levantado para cuestionar la presencia del elenco oficial en dicha sala, manejando cifras de concurrencia y de recaudación que no tienen en cuenta el peso de ciertos bienes patrimoniales (como esta compañía de repertorio), el de las prioridades artísticas, la defensa de una identidad cultural o la alianza histórica entre un elenco y su público.
Tres últimas oportunidades
Como ya fuera debidamente anticipado, la primera parte de Las mil y una noches será representada únicamente hasta el domingo 28 inclusive, para dejar paso a los estrenos de las otras dos partes de la obra. La complejidad del montaje de esta obra ha determinado que la Comedia Nacional todavía no haya concretado las fechas de los nuevos estrenos y, menos aún, cuándo serán retomadas en la próxima temporada y si habrá instancias en las que puedan verse las tres partes en continuidad.
Por lo pronto, conviene reiterar que las tres últimas funciones del tramo inicial de este tríptico darán comienzo a las 20 horas. Si bien las entradas para las funciones individuales cuestan $ 60, existe la posibilidad de pagar un abono para ver las tres partes de la obra a $ 120. Más allá de ese régimen y de acuerdo a los convenios celebrados por la Comedia Nacional, hay sectores que pueden obtener los ingresos gratis: es lo que ocurre con los poseedores de Pase Profesor, de la tarjeta Socio Espectacular y con los jubilados o mayores de 60 años de edad, aunque en estos últimos casos restringidos a los días domingos y feriados.
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CRITICA | JORGE ABBONDANZA
LAS MIL Y UNA NOCHES (Parte I)
Coordinación. Héctor Manuel Vidal.
Directores. Jorge Curi, Mariana Percovich, Ismael Da Fonseca, Graciela Figueroa.
Escenografías. Osvaldo Reyno, Waldo León. Vestuario, Soledad Capurro, Hugo Millán, Fabiana Ardao.
Luces. Martín Blanchet, Ruben Vieira.
Elencos. Estela Medina, Levón, Andrea Davidovics, Juan Carlos Worobiov, Delfi Galbiati, Claudia Rossi, Daniel Spinno Lara, Miguel Pinto, Isabel Legarra, Grupo Espacio y otros.
l Sala. Solís, viernes 19.