Un caudal de canciones a la altura de la leyenda

Bob Dylan. "Tell tale signs", un disco de rarezas grabadas entre 1989 y 2006

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SEBASTIÁN AUYANET

No hay forma de despreciar ni de pasar por alto la obra de la leyenda. Ésta es una nueva prueba. Sólo Bob Dylan puede conseguir que un disco de rarezas pueda estar entre lo mejor del año.

En su gran mayoría, los discos de descartes suelen ser para los fanáticos ávidos de tenerlo todo. Son la figurita difícil, y la que sólo importa a quienes no tienen suficiente cercanía con el artista a través de sus discos.

También los descartes -cuya naturaleza advierte, en el concepto, que se trata de piezas que no entraron en la mezcla de un disco por motivos subjetivos o de concepto- son de efectividad poco probable. Históricamente, son infrecuentes las ocasiones en las que un disco así se vuelve un favorito por sobre el producto final. Ese que en definitiva, resultó de una depuración de opciones.

El caso de Bob Dylan y este octavo disco de "rarezas" desempolvadas (la serie "bootleg" comenzó en 1991, con grabaciones del hombre nacido en Duluth hechas treinta años antes) cumple con alguna de esas premisas. Con otras, no.

Más del 90% de las canciones que aparecen en Tell tale signs: The bootleg series Vol. 8 son extractos de las sesiones de grabación de tres de sus últimos discos de estudio: Time out of mind (1989), Oh mercy (1997) y Modern times (2006).

Y por algún motivo el hombre solo, el filósofo del fin del mundo apoyado en el bastón del country y el blues, decidió sacar de su bóveda estas versiones en un disco doble y extensible a tres si la billetera alcanza para la versión "deluxe".

Pero la diferencia entre este y muchos otros discos de descarte es la presencia de una función extra que no suelen tener otras recopilaciones de ánimo similar: validan todo un segmento de la carrera del artista -en este caso, la más reciente- y además mueven a reencontrarse o encontrar las canciones que le ganaron el puesto a estas rarezas rescatadas.

Otro fuerte del compilado es la demostración de la amplitud de caminos que puede tener una gran canción. Hay veintisiete tracks, pero con dos ejemplos alcanza: la versión de la balada de corazón roto Most of the time en clave "sesentas", con Dylan a puro guitarreo, es uno de ellos. Luego aparece el reposo al piano de Someday baby, uno de los temas más animados de Modern times. Basta con escucharlas y chequear estas dos muestras con los originales para ver la diferencia casi diametral en tempo y arreglos, y la similitud en el efecto. La riqueza y el gusto en el acabado de las cuatro versiones es incuestionable, más allá del criterio subjetivo. Aquí lleva su crédito Daniel Lanois, productor de Dylan en los dos primeros procesos de grabación sobre los que gira la selección.

Hay otro punto a favor en Tell tale signs que quizá los fanáticos valoren más que el mero hecho de tener una versión mal grabada o mal arreglada por tener el sello oficial de la discográfica Columbia. Es que con este descubrimiento de jugueteos ejecutados en plena fase de ensayo y error, se accede a parte de la historia de esas canciones, a la posibilidad que tuvieron en algún momento de quedar con una concepción diferente.

Y lo mejor de todo es que una vez que se escuchan los originales queda probado que Bob Dylan incluso acertó con la selección. La calidad casi prístina del sonido de estas canciones, sumada al sentido orgánico que tienen los veintisiete temas -otra cosa extraña es que suena como un disco completamente nuevo, como si hubiese sido concebido en unos meses y con uniformidad de concepto- lo vuelve un trabajo válido que abre una nueva dimensión en la obra ya presentada en esos discos. A la vez, deja flotando la idea de que en esa selección original, pese al acierto, parece haber influido únicamente el estado de ánimo de Bob en el estudio.

Una obra no se termina ni es definitiva, sino que se abandona. Sobre este pensamiento están basados estos rescates emotivos, que prueban que no parecen existir grabaciones "definitivas" en la carrera del cantautor más glorificado en la historia de la música moderna. Y como añadido, es una buena forma de refutar a los pocos que todavía afirman con soltura que su última etapa creativa tiene poca validez.

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