HENRY SEGURA
Jennifer López cobró un millón y medio de dólares por cantar cuatro canciones. Como la hora de inicio del mini recital no fue respetada, fue cobrando 200.000 dólares cada diez minutos de retraso. Era el cumpleaños del magna- te Telman Ismailov y sus hijos quisieron darle la sopresa contratando a la artista.
De esa manera JLo ensanchó un camino que otros colegas, como Take That y Robbie Williams, habían recorrido y que otros aspiran a recorrer. Es el que conduce a Moscú, donde oligarcas millonarios compiten por tener en sus fiestitas a una estrella internacional.
Lo de JLo es una marca superada. Christina Aguilera cobró la misma cantidad pero cantó un tema menos: hizo apenas tres en el cumpleaños de Andrei Melnichenko. La intérprete volvió en marzo pasado para el aniversario de Suleimán Kerimov, donde levantó un millón de dólares, y en la misma fiesta estuvo Shakira que se llevó su millón. Al cumpleañero, que en otras ocasiones contrató a Kylie Minogue, a Pink y a Geri Hallywell, le fallaron en aquella oportunidad Robert de Niro y Bruce Willis. La lista de viajantes a Moscú incluye a Beyoncé, Pierce Brosnan, Danny de Vito y la inefable Britney Spears.
Esa carrera, incomprensible para el común de los mortales, tuvo los otros días su punto culminante. El cantante británico George Michael se llevó 2 millones y medio de dólares por actuar durante veinte minutos en la fiesta de fin de año que ofrecía un millonario ruso para sus trescientos invitados. Los costos de traslado eran cuenta aparte.
Los artistas que viven de su trabajo no cuestionan su conversión en la frutilla de la torta, porque no dejan de hacer lo que saben. El costado casi pornográfico está en la competencia de esos millonarios que en el despilfarro, proyectan una imagen de poder burda y ofensiva.