Era imposible imaginar que un mensaje de Instagram de un conocido pidiéndole su número para acercarle una propuesta terminaría regalándole el proyecto de su vida. Federico Torrado tardó una semana en responder. Cuando contactó a Diego Soto Díaz, este lo sorprendió contándole que tenía cáncer de pulmón, que escribía un unipersonal sobre el tema y que lo quería como protagonista. Se arrepintió de haber contestado, pero el hechizo ya estaba hecho. Y Hablame de cáncer lo llevó a entender por qué hace teatro.
La primera vez que Federico Torrado puso un pie en el Hospital de Clínicas fue para ensayar Hablame de cáncer y fue como si el corazón se le saliera por la boca. La sensación se repite cada vez que sube esos 19 pisos en ascensor hasta llegar al espacio que desde el 14 de agosto se disfraza de sala teatral.
Se siente indefenso ante semejante monstruo.
No ha sido sencillo. La seña típica de este actor es ser hipocondríaco y fatalista: se persigue ante cualquier mínimo dolor y le tiene especial temor a hablar de la muerte y las enfermedades.
Poner cuerpo y alma en Hablame de cáncer, la obra póstuma que el director y realizador Diego Soto Díaz escribió mientras convivía con un cáncer de pulmón, lo colocó contra las cuerdas y, como toda piña desprevenida, lo obligó a reaccionar y recalcular como podía.
Enfrentarse a un enemigo que lo paralizaba, trabajar codo a codo con alguien que padecía la enfermedad y, encima, hablar del tan temido cáncer desde el humor ácido que caracterizaba a Soto lo desequilibró.
Le provocó ataques de pánico y lo llevó al psiquiatra, una cuenta que llevaba años sin saldar.
También le sacó jugo a las horas de terapia y habló de sus miedos más profundos durante un semestre. Torrado recibió el alta este año, pero ansía que su psicólogo lo vea arriba del escenario -o del ring donde encara los 12 rounds de este unipersonal- y confirme que su trabajo dio frutos.
“Le dije: ‘Quiero que vayas porque estoy haciendo esta obra gracias a vos’. Él me apoyó en todo”, asegura a TV Show.
Sus miedos no lo han abandonado. Pero ahora sabe que cuenta con otro bagaje y sostén emocional si le toca bailar con la más fea. “Mañana me puedo enfermar y no sé cómo lo voy a transitar, pero tengo una herramienta para vivir no enojado”, dice.
El aprendizaje es obra de Diego Soto, que narró esta historia testimonial en primera persona, entre entradas y salidas al quirófano y bombardeo de químicos —quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia—, convencido de que había que hablar de cáncer lejos del tabú y del miedo; con humor y amor, para ayudar a sanar y acompañar a otros en su proceso.
Estaba convencido de que lo que plasmó en Hablame de cáncer era lo mejor y más auténtico que había salido de su puño y letra porque era desde las entrañas. Escribir lo ayudaba a no bajar la guardia en los días más oscuros. Y era feliz cuando alguien ya resignado le decía que su proyecto lo había ayudado a seguir.
Hablame de cáncer es un testimonio duro, frontal y conmovedor para visibilizar una enfermedad de la que nadie quiere hablar; para valorar los vínculos, reordenar prioridades, resignificar las emociones y, sobre todo, honrar la vida.
Soto tenía muchas ganas de vivir y su ímpetu contagiaba incluso en sus últimos días. Torrado fue testigo en esos nueve “hermosos” ensayos que compartieron antes de su fallecimiento, el 26 de octubre de 2025.
“Estaba en la cama, no podía moverse. ‘No me anda el brazo’, me decía. Acostado, me daba las directivas y me corregía. Quedaron varias cositas que marcó”, cuenta entre lágrimas.
No puede evitar emocionarse al evocarlo, aunque aclara que jamás se fue de su casa llorando. “Salía con tremenda energía. Nunca me transmitió que estaba ansioso o se estaba muriendo. Me daban ganas de vivir y de hacer la obra”, expresa.
Soto se ocupó de dejar el equipo armado -entre ellos, a Gustavo Bouzas, amigo de la infancia que corregía el guion y asumió la dirección escénica- para que el estreno trascendiera su presencia en este plano.
La obra logró el apoyo de la Unidad Académica de Oncología Clínica de la Udelar, fue seleccionada por los Fondos de Incentivo Cultural del Ministerio de Educación y Cultura, y parte de la recaudación se donará a Fundación Manuel Quintela.
Va los viernes, sábados y domingos de agosto a las 20 en el Hospital Clínicas. Las entradas se compran en RedTickets y hay 2x1 con Club El País.
Harán un parate por este año para “cerrar el duelo”, pero planean reponerla en 2027. “Se tiene que hablar del cáncer y que lo hagamos nosotros va a salvar vidas”, opina el actor egresado de la EMAD.
Es de San José y a los 15 años su madre lo mandó a estudiar teatro con Carlos Aguilera y Myriam Gleijer porque era muy inquieto. Esa decisión cambió su vida. Aguilera lo becó en su escuela y conoció la EMAD, donde ingresó de primera en 2006 y encontró su vocación. Da clases de teatro en primaria y también trabaja en publicidad, cine y TV. Actuó en Clever (2015), Ali Sócrates (TNU y TV Ciudad) Feriados (TNU y TV Ciudad) tuvo roles menores en Cromañón (Prime Video) Margarita (Max y Netflix) Catedrales, una serie chilena que pronto se estrenará en Prime.
La obra teatral que Diego Soto dejó como legado
Torrado confiesa que jamás se imaginó en un unipersonal, no creyó que tenía capacidad para aprender tanta letra, tampoco que iba a actuar en un hospital y que la sala entera terminaría ovacionando de pie, como pasó en las primeras tres funciones.
“Es hermoso para un actor. Y Diego siempre me decía que yo me merecía un reconocimiento así, y que la iba a romper con esto”, asegura.
Es un regalo mutuo que se hacen cada vez que Torrado se sube al ring, vestido con la ropa que pertenecía a Soto, a vomitar un texto visceral que permite a los que conocieron al director bajarlo a la Tierra un ratito y escuchar su voz, su esencia, su vibra.
Está ahí, incluso en señales mínimas: aseguran que ven los colores de su Villa Española por todos lados.
El principal temor del actor era qué pasaría cuando lo viera su familia, y entre los premios más grandes está la hermosa respuesta de sus seres queridos: el abrazo con sus dos hijos y su madre, y el mensaje de su hermano Nico, eternamente agradecido.
No olvidará jamás ese primer encuentro con Soto en una cafetería. Le contó del proyecto minutos después de una sesión de inmunoterapia y le transmitió su total confianza.
“Me dijo que quería que fuese yo porque me había visto en Feriados (TNU y TV Ciudad) y era re natural. Quería que fuera sincero”, resume.
La propuesta, confiesa, le llegó en plena revolución emocional. Apenas leyó el libreto pensó: “¿Dónde me metí?”. Pero entre tanta magia, se encontró con que sus padres y los de Soto se llaman igual: Hugo y Delia.
Aceptó, aunque “cagado hasta las patas”. Soto primero y Bouzas, al tomar la posta, le inyectaron la seguridad que necesitaba para no bajarse del barco. “Cuando iba decidido a pegar reversa, Diego te hacía engranar y generar una confianza enorme”, dice.
El dramaturgo quería hablar del cáncer con sarcasmo y al actor le costó muchísimo. “Después de que me metí y entendí el código, me solté y no me permití pensar”, señala.
Se comprometió al punto de que bajó 20 kilos, cambió su alimentación, empezó a correr y se rapó. A Soto no le importaba si estaba panzón o si tenía pelo largo, pero Torrado necesitaba mostrar la debilidad propia de la enfermedad.
La obra lo transformó a todo nivel: “Aprovecho la vida. Trato de minimizar los problemas o resolver las cosas de otra manera”, resume.
Hablame de cáncer lo atravesó y lo hizo darse cuenta de por qué es actor: se sube al escenario para transformarse y movilizar al espectador.
Cuando la obra está llegando al final, siente la satisfacción del deber cumplido. Apenas baja del ring entra al camarín -una habitación derruida-, pega un grito, abraza a Gustavo Bouzas y agradece el proyecto.
“Él canalizó esa enfermedad en valentía y su deseo era ayudar a otros. No se dejó caer. Esta obra es un legado. Se puede hacer dentro de 100 años, no estaré yo, pero estará Diego”, concluye.