La emoción de entonar una bajada, el abrazo entre compañeros al terminar la actuación, la foto que le pide una niña en el tablado soñando con cantar algún día en una murga, y la oportunidad de lanzar verdades en un cuplé hacen que Carmela Viñas vuelva, cada febrero, a salir en Carnaval.
Todo eso —dice— pesa más que las vicisitudes de la convivencia o el sacrificio y hace que valga la pena. Tiene 33 años y lleva 11 como directora escénica y arregladora de A la Bartola, un rol históricamente ocupado por varones, al que llegó de manera natural gracias al consenso del colectivo que ayudó a fundar. Fiel a su espíritu inquieto, también trabaja en la puesta en escena junto a Magalí Romero y participa en el diseño de las pantallas del espectáculo.
Carmela es una de las únicas dos directoras mujeres en el Concurso Oficial 2026 —junto con Romina Repetto, de Mi vieja mula— y, cada tanto, debe enfrentar escenas machistas o comentarios misóginos, sobre todo en redes sociales, de quienes todavía no conciben que los lugares de peso en la murga estén ocupados por mujeres. Ser un ejemplo e inspiración, en cambio, la llena de orgullo.
“Abrir camino es hermoso. Llama la atención que estemos ahí ocupando esos roles. En los tablados se nota mucho: cuando bajamos, muchas niñas se acercan para sacarse fotos. Es muy emocionante sentir que estás rompiendo una estructura de muchos años y demostrando que es posible”, se sincera con El País.
El proceso creativo y el ida y vuelta en los tablados es lo que más disfruta. En este Carnaval, la respuesta del público les infla el pecho. “Sentimos un aplauso más grande, más largo, más sentido, como un agradecimiento”, asegura la directora, al día siguiente de la segunda función en el Teatro de Verano.
Está convencida de que esa recepción es fruto de 11 años de esfuerzo y de haberle encontrado la vuelta para generar algo en la gente. “Buscamos que sea emotivo, que mueva un poco el piso, que te interpele, que te identifiques, que sea para reír y llorar. El espectáculo va por ahí y lo estamos logrando”, resume sobre Profundo.
En esta nota, el recorrido de Carmela Viñas en la murga: desde el flechazo con el género hasta la fundación de A la Bartola y su consolidación en un rol histórico.
La murga como hogar y militancia
Recuerda haber visto a Diablos Verdes y Curtidores de Hongos en el Velódromo de niña y aplaudir por inercia. El hechizo llegó a los 18, cuando empezó a ir al tablado con sus pares y aterrizó, como una paracaidista, en Provisorio, una murga joven a la que llegó invitada por un amigo. "Tocaba la guitarra y entré sin entender mucho", recuerda sobre ese primer acercamiento.
Antes, en los talleres de guitarra del liceo, comenzó a coquetear con la música. Pasaba horas mirando videos, practicando y aprendiendo canciones complejas de forma autodidacta. Los profesores elogiaban su talento innato, y Carmela cree que influyó que su madre la llevara desde bebé a los ensayos de los coros que integraba.
Al finalizar el liceo, amagó con estudiar música, pero su familia le decía que no podría vivir de eso. "Me hicieron cabeza y, como me gustaba la psicología, me anoté en la facultad. Hice tres años y dejé, porque la música empezó a ocupar cada vez más tiempo", cuenta. Contra todo pronóstico, hoy vive de ser tallerista de coro.
El Carnaval la envolvió por completo. Se enamoró del canto grupal, el repertorio original, el proceso creativo, la defensa de una idea y la posibilidad de hacer arreglos y armonizar con otras voces… y no hubo vuelta atrás.
Todo empezó a germinar hace 11 años, cuando un grupo de murguistas quedó a la deriva tras la disolución de Saltó la Térmica, con ganas de seguir creando. Así nació A la Bartola, y fue la primera vez que se hicieron cargo de armar un espectáculo desde cero.
Antes de dar el salto al Concurso Oficial, participaron seis años en Murga Joven y, en paralelo, hacían Carnaval en Canelones. A la Bartola fue creciendo y evolucionando en escenarios populares, mientras encontraba su propia pulsión creativa.
Carmela dirige y arregla desde el día uno, siempre respaldada por el grupo. "Me ofrecí y el apoyo fue unánime. Eso es vital, porque este rol solo funciona si el colectivo confía en vos y te quiere ahí", asegura.
En estos años también tuvo que enfrentar comentarios cargados de prejuicio, algunos incluso sin mala intención, de periodistas o presentadores que, al ver llegar a la murga, preguntaban dónde estaba el director. "Tengo la guitarra en la mano, estoy vestida claramente de directora y aun así cuesta salirse del esquema. También preguntan qué se siente ser mujer y dirigir, y yo solo soy una persona dirigiendo", sentencia.
A la Bartola maduró y encontró una forma de comunicar que repercute en la respuesta del público. El espectáculo Profundo despierta interés y genera conversación; el comentario más repetido es: “qué linda que está la murga”.
En redes, el cuplé de la ansiedad se volvió viral, visibilizando un problema común y exigiendo al Estado que actúe. Carmela no puede leer los comentarios sin emocionarse: “Hay historias de gente que pasó por lo mismo, se comentan entre ellos y se apoyan. Nos agradecen por ponerlo en palabras”.
A la Bartola es su lugar en el mundo. Es escuela, refugio, contención y militancia. Cada año se pregunta qué pasaría si no saliera o lo hiciera en otra murga, y siempre elige quedarse. “Acá hay algo propio que construí, y me cuesta imaginarme lejos de este rol”, concluye.
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