Hay artistas que llegan a la dramaturgia después de una larga carrera en los escenarios. En cambio, Emiliano Dionisi prácticamente nació en ellos. De chico comenzó a actuar en el teatro argentino, un espacio que, dice, le enseñó que la cultura es un servicio público y una herramienta para construir identidad.
Con el paso de los años amplió su recorrido. Además de actor, se convirtió en dramaturgo y director, y también desarrolló una extensa carrera como actor de doblaje. Entre sus trabajos más populares estuvo ponerle la voz en español a Troy Bolton, el personaje interpretado por Zac Efron en las tres películas de High School Musical, un fenómeno que marcó a toda una generación.
En los últimos años, sin embargo, su nombre está inevitablemente asociado a El brote, el unipersonal que escribió y dirigió, protagonizado por Roberto Peloni que lleva cuatro años conquistando al público. Hizo gira por varios países y vuelve a Uruguay para presentarse en el Teatro Solís.
La obra, que comenzó como un ejercicio casi lúdico sobre el oficio del actor, terminó convirtiéndose en una reflexión sobre la frustración, las expectativas y aquello que ocurre cuando la vida no responde a los planes. Se presenta en el teatro Solís del 23 al 26 de julio en la Zavala Muniz. Entradas por Tickantel.
“Siempre es lindo volver a los lugares donde uno la pasa bien trabajando”, dice Dionisi a El País sobre su nuevo desembarco en Montevideo. El unipersonal debutó en Uruguay en el festival Temporada Alta en sala Lazaroff, luego pasó por El Galpón y ahora llega a una de las salas más emblemáticas del país. “El Solís es una joyita”, resume Dionisi.
El germen
El origen de El brote estuvo lejos de responder una gran tesis sobre el fracaso o la vida del artista. En realidad, nació de un deseo mucho más concreto: volver a trabajar con Roberto Peloni.
“Roberto es un actor asombroso. Y yo también quería desafiarme como director y apareció un juego: escribir una historia sobre un actor que, mientras actúa, le explica al público cómo es actuar”, recuerda.
Ese primer juego metateatral fue creciendo durante la escritura. El personaje comenzó a desarrollar conflictos propios, confusiones y obsesiones que terminaron llevando la obra por un camino mucho más profundo del imaginado al principio.
“Las obras son siempre una teoría. Recién en los ensayos descubrís si esa teoría te lleva al tesoro o a una bomba”, dice Dionisi entre risas.
El mundo teatral aparece como escenario de la historia, pero rápidamente deja de ser el tema central. Lo que termina emergiendo son cuestiones más universales: la sensación de no ocupar el lugar que uno cree merecer, el desgaste de esforzarse sin resultados y las frustraciones.
Por su temática, en un comienzo creía que El brote interesaría a actores y personas vinculadas al teatro. La estrenaron en el histórico Teatro del Pueblo, en Buenos Aires, un ámbito naturalmente asociado al circuito independiente, y rápidamente se volvió un fenómeno.
Las recomendaciones empezaron a multiplicarse gracias al boca a boca. El público dejó de ser exclusivamente teatral. La obra pasó de una sala para cien espectadores al Teatro Maipo, con capacidad para 800 personas, y luego continuó creciendo durante las giras internacionales.
Para Dionisi, el secreto está en que cualquiera puede conectar en la idea de fondo: el esfuerzo no siempre es suficiente.
“Vivimos en una época donde se nos vende la idea de que si querés, podés conseguir cualquier cosa. Y no siempre es así. Hay cosas injustas, hay personas que trabajan mucho y no consiguen lo que buscan. ¿Cómo convivimos con esas limitaciones? Creo que El brote hace esa pregunta”.
—¿La obra terminó diciéndote cosas que no habías previsto?
—Sí. Hay una frase que me encanta: las obras son más inteligentes que los autores. Uno escribe y después descubre sobre qué escribió. Yo no sabía que estaba escribiendo sobre el fracaso o sobre la frustración. Pensaba que lo hacía sobre el teatro. Pero el propio personaje fue generando capas de lectura que aparecieron con el encuentro con el público.
—Hay un equilibrio delicado entre humor y angustia. ¿Cómo encontraste ese punto?
—Humor y angustia están muy unidos en el imaginario rioplatense. Nos encanta reírnos de las cosas que nos preocupan. Es parte de nuestra identidad cultural. Autores uruguayos y argentinos escribieron obras donde uno se mata de risa y, al mismo tiempo, siente una angustia enorme. El brote no deja de ser una comedia. El debate aparece justamente porque primero nos reímos.
—En tiempos dominados por las pantallas, ¿qué puede hacer el teatro que otro lenguaje no consigue?
—El teatro no tiene que hacer nada. Tiene que seguir siendo lo que fue hace miles de años. Solo necesita que estemos todos juntos en un mismo lugar. Puede hacerse sin escenografía, sin luces o butacas, pero requiere presencialidad. Eso, ninguna pantalla puede reemplazarlo. Compartir una risa con cientos de personas o quedar todos en silencio por una misma escena genera una experiencia irrepetible.
—Tus obras pasaron por teatros independientes y comerciales. ¿Qué se aprende en cada uno?
—De todos aprendí muchísimo. Empecé muy chico en el teatro oficial y ahí entendí cuál es su objetivo: hacer producciones de calidad a precios accesibles para que todos puedan acceder a la cultura. Después llegué al teatro independiente y aprendí a producir: pegar afiches con engrudo, mover escenografías, pedir subsidios. Ahí aprendí el oficio. Y el teatro comercial te permite trabajar con más recursos. A veces romantizamos hacer teatro con dos sillas, pero no hay que romantizar la pobreza. Si podemos hacer espectáculos más grandes, la gente también merece verlos.
—Entonces no sos de la idea que la cultura es un gasto.
—Sin dudas. Una sociedad que tiene una buena relación con su cultura es una sociedad sana. El teatro, además, exige un acto de empatía permanente. Yo me siento a mirar la historia de otro y tengo que conmoverme con lo que le pasa. En un mundo tan individualista, la empatía es una de las cosas más nobles y revolucionarias.
—Después de cuatro años de funciones y giras, ¿qué te sigue enseñando El brote?
—Que todavía puede sorprendernos. Todo nació de las ganas de trabajar con Roberto, de un texto escrito con amor y de casi un año de trabajo. Creo que somos muy afortunados.
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