Sonido e imagen: la música en la TV

HUGO GARCIA ROBLES

Para todos quienes buscan en la pantalla chica programas que no ofendan la dignidad y la inteligencia de los espectadores, algunos nichos provenientes del cable, lo permiten. El canal Film & Arts, para citar uno de los buenos ejemplos, auxilian al acosado público televidente evitándole que asista a procacidades acrobáticas y vulgaridades que pretenden ser humorismo.

La programación de este estilo es un soplo de oxígeno purificador. Por ejemplo, cuando Daniel Barenboim, explica las sonatas para piano de Beethoven, en clases destinadas a futuros virtuosos. Al mismo tiempo que esa pedagogía pianística cumple su objetivo primario, alimenta también a todo amante de la buena música. Informa y guía al oyente para que su capacidad de oír se afine. En otro rubro, conciertos dirigidos por Claudio Abbado y otros directores de orquesta reconocidos, ofrecen obras de los grandes maestros de todo los tiempos. No solamente se escucha a Beethoven, Tchaikovsky o Mozart. También se abordan los distintos ángulos de La consagración de la primavera de Stravinsky o El mar de Debussy.

Cuando la televisión sigue este camino, esquiva la frase de Groucho Marx, que decía que debía toda su cultura a la TV: "cuando encienden el receptor en casa, me encierro a leer".

Al margen del acierto que supone este plan de explicar la música, se suma al ejercicio del oído la imagen. De modo que el televidente no escucha solamente los cornos o los violines sino que los ve en acción, porque esos programas están filmados con clara percepción de dónde está el núcleo esencial de lo que se oye. Nada más lamentable que algunas transmisiones locales que ponen en primer plano los trombones cuando están atronando el audio contrabajos y violonchelos.

A pesar de que la música es esencialmente el arte de los sonidos y en consecuencia depende del sentido del oído, todo aficionado sabe que la sala de concierto, los instrumentos y el espectáculo de la orquesta sonando, convergen sobre la audición. Sucede que a pesar de su naturaleza auditiva, la música ocupa un lugar en el espacio. La fuente del sonido está situada en él y el oyente no escapa a su ubicación referida a esa fuente.

Encarada de este modo, la televisión se convierte en un instrumento cultural insuperable. Al margen de su mensaje musical, atrae con los detalles de salas famosas, intérpretes y solistas que dejan de ser un nombre para mostrarse como personas.

Lamentablemente, pocos son los ejemplos de este perfil. No se trata de defender solamente la programación con finalidad específicamente cultural. Valen, sin duda también, la diversión y el humor. Así lo hizo Telecataplum en el pasado y lo hace hoy Les Luthiers. Mientras, queda el refugio citado para que la imagen y el sonido eleven el espíritu, librándolo de la chatarra habitual.

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