Sensibilidad e inteligencia en la interpretación guitarrística

Red. Así se titula el reciente disco del guitarrista uruguayo Marco Sartor

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ALEXANDER LALUZ

Mucho se le puede criticar o reprochar a la música culta. Sus imposturas de seriedad. El carácter eurocentrista. Los esquemas rígidos de sus performances. El culto a la repetición. El anclaje en el pasado.

Y se podría seguir, incluso a riesgo de despertar la ira de añejos críticos, defensores de las buenas costumbres musicales y las cumbres de la cultura occidental, y los serios coleccionistas de programas de mano de las temporadas sinfónicas.

Aún así, dentro de esa gama tan compleja de manifestaciones que se etiquetan, y sin mayores reflexiones, como "cultas" (menos mal que existen las comillas para relativizar), hay fenómenos que rompen con las reglas. He aquí una y su responsable (para alimentar orgullos celestes) es un compatriota: el joven guitarrista Marco Sartor, que está radicado desde 2001 en los Estados Unidos.

Aquí hizo sus armas junto a los maestros Roberto Ravera, Mario Paysée, Eduardo Fernández. Y por estímulo de Enrique Graf (otro compatriota afincado en tierras del norte), a comienzos de esta década se fue a estudiar en el College of Charleston y también en la universidad Carnegie Mellon de Pittsburgh. Allá se quedó. Allá reafirmó su carrera como concertista, comenzó a ejercer la docencia, a realizar giras, a ganar premios internacionales como el JoAnn Falletta International Guitar Concerto Competition. Acá, en su país, debutó con la Ossodre el año pasado haciendo una formidable interpretación del Concierto de Aranjuez, de Rodrigo. Y hasta acá también han llegado las primeras copias de su disco Red (que, es de esperar, llegue también a la distribución masiva).

Un proyecto impecable sobre un repertorio diverso, pero abordado con una solidez técnica y sensibilidad dignas de elogio (incluso para las envejecidas formas de recepción culta). Sartor interpreta para esta producción siete compositores de distintos períodos históricos y filiaciones estéticas: Abel Fleury, John Dowland, Manuel Ponce, Domenico Scarlatti, Tom Eastwood, Fernando Sor, Nikola Starcevic. A las virtudes de cada una de estos compositores, su interpretación le agrega un plus muy valioso: la precisión en la ejecución, la técnica (de cuño carlevariano) pulida, pero también el aire suficiente (y nada academicista) para descubrir los vuelos melódicos, los entramados armónicos, los timbres. Una excepción que rompe con la seriedad entre comillas, la pose docta, y privilegia la riqueza musical.

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