Se apagó la última estrella

Adiós. Alguna vez dijo que no había querido ser actriz, pero estuvo vinculada a la industria del cine durante más de seis décadas Con ella se va una de las reales grandes figuras de la Era de Oro

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GUILLERMO ZAPIOLA

Varios cables de agencia se han referido a ella como "estadounidense", por lo que conviene recordar que Dame Elizabeth Rosemond Taylor nació en Londres un 27 de febrero de 1932. Es cierto que hizo gran parte de su carrera en los Estados Unidos.

La actriz falleció ayer en un hospital de Los Angeles donde estaba siendo tratada de una insuficiencia cardíaca desde hacía seis semanas. Sus padres fueron emigrantes norteamericanos que regresaron con ella a su país cuando "Liz" tenía nueve años, pero es posible que el nacimiento en Londres haya marcado alguna diferencia. Es improbable que la reina Isabel II le hubiera otorgado el título de Dame (Dama Comandante del Imperio Británico, el equivalente femenino de Sir) si hubiera nacido en Nueva York o San Francisco.

Su padre era comerciante de arte y su madre una actriz retirada que se empeñó en que su hija sería alguna vez una estrella. De ahí que Liz llegara a afirmar que realmente nunca quiso ser actriz. Se trató de algo que le fue impuesto.

Hay algo de verdad y de mentira en esa afirmación. Cualquiera puede ser actor (los buenos son pocos, claro, y Taylor exhibió una real eficacia interpretativa en solo una franja minoritaria de su carrera), pero ser "estrella" es otra cosa. Alguien que la dirigió señaló cierta vez que en los ensayos podía olvidar el diálogo, equivocar los tonos y los gestos, pero que cuando se encendían los focos, la cámara apuntaba a ella y se oía la palabra "acción" se producía la transfiguración. La cámara la amaba, ella amaba a la cámara, y el resultado podía ser mágico.

Esa magia fue, sin duda, la consecuencia de mucho trabajo, y que empezó muy pronto. Tenía diez años cuando debutó en There`s one born every minute (1943), pero es posible que el más lejano recuerdo que mucha gente tenga de ella sea su papel en La cadena invisible (1942), una aventura familiar dirigida por Fred MacLeod Wilcox que disparó dos estrellatos: el de la propia Liz y el de la perra Lassie.

Fue quizás su tercera aparición en la pantalla (aunque, curiosamente, su nombre no figura en los créditos del film) la que sugirió empero que había nacido una estrella. Es difícil olvidar la primera entrada en cuadro de Liz en Alma rebelde (1944), la adaptación de Jane Eyre de Charlotte Brontë nominalmente dirigida por Robert Stevenson (pero Orson Welles era el protagonista y uno de los productores, y varios de sus colaboradores del Mercury Theatre y El ciudadano, desde John Houseman hasta el músico Bernard Hermann estuvieron involucrados en el asunto, así que vaya uno a saber). Liz interpreta a una amiga de la protagonista en su infancia (encarnada por Margaret O`Brien; al crecer se convertía en Joan Fontaine), y muere muy temprano en el film. Pero su entrada es, literalmente, estelar.

O`Brien sufre encerrada en un cuarto a oscuras, se abre una puerta, y lo primero que se ve es la silueta de una niña a contraluz. La niña baja una escalera, llega hasta donde los focos la iluminan claramente, y se la reconoce. Es Liz, con doce años. Esa chica estaba entrando en el cine para quedarse.

En los años siguientes se afirmó como actriz infantil o adolescente. La emparejaron con Mickey Rooney en la aventura ecuestre de Fuego de juventud (1945) de Clarence Brown, volvió a encontrarse con nuestra perra favorita (aunque interpretando otro papel) en El valor de Lassie (1946), y continuó unos pocos años más en unas cuantas comedias familiares de las que casi nadie se acuerda.

En 1949 se aproximó a la frontera sin retorno de la adultez que a lo largo de la historia ha terminado con la carrera de tantos "niños estrella", desde Jackie Coogan a Shirley Temple y desde Margaret O`Brien a Macaulay Culkin. Para entonces tenía diecisiete años, y la Metro la incluyó, con bastante criterio, en el elenco de la `remake` de Mujercitas que dirigió Mervyn LeRoy y en la que compartió cartel con otras damas jóvenes bajo contrato en la empresa (June Allyson, Janet Leigh, Margaret O`Brien).

Pese a algunas vacilaciones, se las arregló para procesar adecuadamente la transición. Con ese rostro perfecto y esos increíbles ojos violetas, era casi inevitable que la colocaran en unas trivialidades vistosas, más bien románticas.

Tuvo la suerte de encontrarse con Vincente Minnelli, quien tenía talento para la frivolidad, para hacer El padre de la novia (1950), donde era la hija casadera de Spencer Tracy, pero continuaron empleándola en películas glamorosas e insustanciales que seguramente la dejaron secretamente insatisfecha, desde la aventura medieval de Ivanhoe (1952), con Robert Taylor, hasta el folletín más o menos musical de Rapsodia (1954), con un juvenil Vittorio Gassman, o la historia de exotismo y elefantes de La furia de Ceylán (1954), donde reemplazó a último momento a una Vivien Leigh que había comenzado a extraviarse en el laberinto de la perturbación mental.

Sin embargo, intermitentemente, le permitieron probar que (como decían nuestras maestras en las libretas) "podía rendir más". El competente director George Stevens la reunió con Montgomery Clift en el drama Ambiciones que matan (1951), una adaptación demasiado romántica de la mucho más cruda novela Una tragedia americana de Dreiser pero que funcionaba en sus propios términos. Y el mismo Stevens extrajo de ella (y de Rock Hudson) otra de sus actuaciones más interesantes en la ambiciosa Gigante (1956), ese drama texano basado en la novela de Edna Ferber. El film fue otra prueba de que una actriz fotogénica pero limitada puede funcionar a un mejor nivel si tiene un director detrás (lo único que funciona mal en Gigante es por supuesto James Dean, actor imposible de dirigir y que solo sabía hacer de sí mismo).

A esas alturas Hollywood había descubierto que Taylor podía ser algo más que la "chica hermosa", y se empeñó en proporcionarle papeles más comprometidos. Empezó con una edulcorada relectura de Tennessee Williams (Un gato sobre el tejado caliente, 1959), dirigida por Richard Brooks, y con otra más intensa (De repente en el verano, 1959), con dirección de Joseph L. Mankiewicz, que le valieron su segunda y tercera candidatura al Oscar (ya tenía una por El árbol de la vida, 1956, que volvió a reunirla con su amigo Montgomery Clift).

La cuarta fue la vencida. Liz fue finalmente galardonada por la Academia (increíblemente) por una de sus actuaciones menos convincentes, una rosada glamorización de la prostitución "estilo Metro" titulada Una venus en visón (1960). Allí hubo probablemente razones extra-cinematográficas. Liz había comenzado una de sus largas peleas con la enfermedad, y la Academia creyó estarle otorgando un premio póstumo.

Fue mucho más justo su segundo Oscar, por ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (1966), donde la vigilante dirección de Mike Nichols y la opción estética de filmarla en tomas breves y muy ensayadas dio sus frutos. Es curioso que sea en papeles como los de ¿Quién le teme...? (el tipo "bruja deslenguada y desagradable") donde Liz lucía sus mejores condiciones histriónicas (ver también Reflejos en tus ojos dorados, 1967, de John Huston). Tal vez no había nacido para hacer "leading ladies" románticas, sino papeles más agresivos que la industria le concedió solo a veces.

Por supuesto, para la leyenda del cine Liz es sobre todo Cleopatra (1963), una interminable evocación de la reina egipcia, inteligentemente dialogada por Mankiewicz pero donde lo mejor es Rex Harrison. Una película que no quiso hacer (por eso le pidió al estudio el millón de dólares que creyó que no le pagarían) y en cuyo rodaje conoció a Richard Burton, el más divulgado de sus numerosos romances y el único de sus varios esposos con el que se casó dos veces. Todo eso pertenece empero a las revistas de chismografía, y no a una nota sobre cine.

Continuó siendo todo un personaje, dentro y fuera del cine. En la pantalla, su carrera se fue apagando, y se adaptó al paso del tiempo: supo envejecer sin hacer el ridículo. Fuera de ella se dedicó a casi todo, desde actividades humanitarias hasta coleccionar maridos. Vamos a extrañarla.

Un real coro de lamentos

Figuras de la industria y del espectáculo han expresado su dolor por el fallecimiento de Elizabeth Taylor. Franco Zeffirelli, que la dirigió en La fierecilla domada, dijo estar "muy triste", y afirmó que Taylor fue una "diva memorable, de las que no existen más".

Elton John, por su parte, afirmó que se perdió a "una gigante" y "un ser humano increíble". Chris Dodd, presidente de la Asociación Cinematográfica Estadounidense, dijo que "su contribución artística a la industria del cine fue inconmensurable". Nancy Reagan, ex actriz y viuda del expresidente Ronald Reagan, se refirió a Taylor como "una querida amiga". Frederic Mitterrand, ministro francés de Cultura, sostuvo igualmente que con Taylor se había ido "la última estrella".

Siete etapas de una carrera

La cadena invisible

1943

Segundo film de Taylor, y primer encuentro con Lassie (volvería a actuar con ella en El valor de Lassie, 1946). También está Roddy McDowall, a quien reencontró en Cleopatra.

Mujercitas

1949

La multifilmada novela para chicas de Louise May Alcott recibió esta vez un glamoroso tratamiento Metro. El resto del elenco femenino es también interesante.

Ambiciones que matan

1951

Liz poniéndose seria. La historia de arribismo y crimen de Una tragedia americana de Dreiser, en versión algo romántica pero que el director Stevens sostiene con vigor.

Ivanhoe

1952

La "ficción histórica" de Walter Scott, en versión de matiné a cargo del practicón Richard Thorpe. Taylor está preciosa como Rebecca, la judía salvada por el héroe.

Gigante

1956

La caída de la aristocracia del ganado, el ascenso de los "nuevos ricos" del petróleo, en versión de la vasta novela de Edna Ferber. Rock y Liz cumplen con sus papeles.

¿Quién le teme a ...

1966

...Virginia Woolf, claro. El segundo y más merecido Oscar de Liz (el primero había sido por "Una venus en visión"). La actriz proporciona un intenso retrato femenino.

Reflejos en tus ojos...

1967

Adaptación por John Huston del relato de Carson McCullers "Reflejos en un ojo dorado". Liz reitera convincentemente la intensidad (y la vulgaridad) que empleara en Woolf.

La actriz y cinco de los siete consortes que tuvo

Conrad Hilton Jr.

1950-51

Uno de los herederos de la cadena Hilton fue el primero de los varios (y en este caso muy fugaz) señores Taylor. En ese momento Liz estaba haciendo la transición de la adolescencia a la madurez, y un matrimonio podía afirmar su imagen de adulta.

Michael Todd

1957-58

En el medio estuvo el actor británico Michael Wilding (1952-57). Dos días después de divorciarse de él, Liz se casó con el productor Michael Todd (de La vuelta el mundo en 80 días), único que la dejaría viuda. Se estrelló con su avión el 22 de marzo de 1958.

Eddie Fisher

1959-64

Debbie Reynolds y su marido Eddie Fisher, amigos de Liz, fueron a consolarla en su viudez. Fisher llevó las cosas un poco lejos, y terminó reemplazando al difunto. El matrimonio duró teóricamente cinco años, pero ya existía Richard Burton.

Richard Burton

1964-74/1975-76

El rodaje de Cleopatra (1963) no fue un dolor de cabeza solamente para la empresa Fox, sino también para el matrimonio Taylor/Fisher. Liz terminó casándose con su coestrella Burton. Luego se divorciaron, volvieron a casarse y se divorciaron de nuevo.

John Warner

1976-1982

Un funcionario gubernamental que estuvo vinculado a la Marina y cumplió labores de cierto nivel durante la Administración Nixon fue el penúltimo señor Taylor. En 1991 se casó con Larry Fortensky, obrero de la construcción del que se divorció en 1996.

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