Se apagó el embrujo de Antonio Gades

| Su magia quedó plasmada en la trilogía de films "El amor brujo", "Bodas de sangre" y "Carmen"

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AFP

JORGE ABBONDANZA

Ante la noticia de la muerte de Antonio Gades (a los 67 años, en Madrid) poca gente es capaz de recordar el lejanísimo antecedente del bailarín en cine: era Los tarantos, una película española de 1962 sobre baile flamenco, dirigida por Francisco Rovira-Beleta, donde la gran Carmen Amaya aparecía rodeada de colegas más jóvenes. Uno de ellos era Gades, que a cierta altura subía a una mesa en las Ramblas barcelonesas y daba para el público cinematográfico el primer ejemplo de su brío descomunal, su paso eléctrico, su estado de trance al taconear y crisparse en medio de un género tan avasallante como el flamenco. A esa altura ya podía verse que el muchacho sería una estrella, pronóstico que la realidad se encargó luego de confirmar con la celebridad internacional y la consagración artística que acompañaron la trayectoria del bailarín.

El público de cine lo reencontró veinte años después, cuando Carlos Saura dirigió su memorable Bodas de sangre (1981). Allí Gades estaba acompañado por Cristina Hoyos, una figura irrepetible, pero a esa altura ya era además el jefe de su cuadrilla, la cabeza visible de su compañía y un hombre famoso, casado con Pepa Flores (que en su niñez se llamaba Marisol) y habituado a recibir ovaciones durante sus giras por medio mundo. Era asimismo un coreógrafo de primer orden, capaz de inyectar a esa versión de la tragedia lorquiana un fuego, un ritmo de oleaje, unas explosiones dramáticas y unos momentos de bravura que han quedado fijos en el recuerdo hasta hoy mismo. La experiencia con Saura lo llevó a repetir la aventura cinematográfica con Carmen (1983) que ya no tenía aquel deslumbramiento, aunque contenía bailes a cargo de Gades (con Hoyos, nuevamente, y con Laura del Sol) que valía la pena ver con la atención hipnótica que suele despertar el flamenco en sus niveles eminentes. Y la serie se completó con El amor brujo (1985) que volvía a reunir a Gades con Hoyos y con Laura para redondear esa trilogía, que involuntariamente queda ahora como el mayor testimonio sobre Gades que puede manejar un espectador interesado en verlo en plena acción.

Los años pasaron a medida que Gades ingresaba en una madurez envuelta por la gloria personal que le había aportado un público fervoroso y por la tarea fecundadora que cumplió como director del Ballet Nacional de España, una troupe que él mismo fundó inmediatamente después de la muerte de Franco. Visitó Montevideo en una ocasión, donde la multitud supo verlo y aplaudirlo a lo largo de una atestada función cumplida en el Palacio Peñarol, demostrando que verlo en vivo era —como debe ser— un poco más apasionante que verlo en cine, todavía. Su larga carrera fue apagándose gradualmente con el paso del tiempo y con la noticia (que circuló hace un par de años) de la grave enfermedad que lo golpeaba. Ahora, el dato de su muerte permite recuperar de golpe la memoria de aquellas experiencias coreográficas sin par: en la época de Joaquín Cortés, y con todos los respetos del caso, evocar a Gades puede ser una manera de comprobar que todo tiempo pasado fue mejor.

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