Rock en Baires: "Personal Fest" 2008

El enérgico show de R.E.M. sacudió uno de los mayores festivales de la región

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BUENOS AIRES | SEBASTIÁN AUYANET

Fue lo que todos buscaban: una banda ya legendaria en un concierto inolvidable. R.E.M. rockeó el sábado para unas 40 mil personas en el Club Ciudad de Buenos Aires. Y tuvo el mejor efecto posible para la música: cambiar cualquier estado de ánimo.

Michael Stipe desciende las escaleras del escenario y va hacia la primera fila. Se sube a la baranda de contención y abraza al público, parecido a cuando los futbolistas de la liga inglesa aprovechan la ausencia de alambrados para festejar un gol con el público. La gente lo palmea, le busca la mano y se obsesiona con acariciarle su cabeza rapada. Mientras tanto, el hombre no para de cantar She just wants to be, se suelta y va hacia uno de los costados del escenario. Se sube a una plataforma y comienza a bailar pegado a una de las pantallas electrónicas sobre la que está proyectada su imagen. Deja dos o tres pasitos y gestos como para que cualquier líder de banda tome nota mientras emergen unos 500 o 600 celulares que sacan los amontonados contra el sector para jactarse con el clásico "yo estuve ahí". Muchos seguramente habían escuchado una y otra vez las anécdotas de su otro concierto en 2001, pero ahora lo vivían en carne propia para contarlo.

El show había comenzado, como era de esperarse, guitarrero y eléctrico, fiel a la impronta de Accelerate. Living well is the best revenge es la canción que abre el álbum y la que arrancó el concierto con unas proyecciones de fondo que mezclaban el estilo nervioso de la estética del disco con la filmación del show y el estilo del video clip, como si este se rehiciera en ese instante. Esas proyecciones se quedarían durante todo el recital.

I took your name, de Monster (1994), fue la segunda canción y trazó un paralelo involuntario entre ese año y esta época (Accelerate recupera parte del espíritu estridente de ese disco). Pero el primer flechazo al estado de ánimo, el que confirmó que un show de R.E.M. siempre es fija, fue What`s the frequency, Kenneth? Iban sólo tres temas.

Con un rock de potente musculatura, el trío se muestra como lo habían anticipado: feliz. Peter Buck salta mientras los chispazos de riffs siguen saliendo de su guitarra y Mike Mills se mueve hacia la gente, agachándose para tocar su bajo, como si estuviera siendo visitado por el espíritu de Keith Richards.

Pero hay que volver a Stipe, ya que los ojos van como imantados a él durante casi todo el concierto. Se ve auténtico, sin más. Y no sólo debido a esa habilidad para el bailar, sino por la intensidad de un registro de voz casi sin yerros y la energía que proyecta sobre el público, otra de las cosas que Bono, el embajador político del rock debe envidiarle. Si Michael no se divirtió el sábado pasado, entonces es un gran actor. Y esa sinceridad le permite que, incluso a la hora de la prédica política, pueda soltar en clave militante: "no es secreto que todos quienes estamos sobre este escenario odiamos a nuestro gobierno", sin que haya tufo a demagogia. Había sonado Drive, y la proyección de una imagen de Barack Obama (sí, así de explícito), dio paso a Driver 8 y luego a Man-sized wreath, una canción dedicada a George Bush Jr. que empalmó con Ignoreland, otro paralelo histórico en el que recordaron los palos al padre de la criatura y anterior presidente de sus EE.UU.

Electrolite, la primera caricia al alma con Mills al piano, encendió un costado climático entre tanto rock guitarrero, y los versos de Everybody hurts retomaron la vieja idea de que la música puede ser en ocasiones la mejor compañera. Stipe (la voz suave que entonces habla y conmueve) deja un tendal de ojos vidriosos, nudos en la garganta y acrecienta la leyenda del grupo en vivo. La canción toma ribetes de himno y el encuentro de cita histórica. El ánimo vuelve a subir en cada "¡Fire!" que la gente grita en The one I love, que recupera la pulsión intensa y radial de la banda con una nueva visita del cantante a la baranda de la primera fila. Nightswimming, con un cariñoso beso en la mejilla de Stipes a Mills incluido

Quedaba más: Bad Day puso a saltar a todos e incluso al "frontman", que sustituyó algunos punteos de guitarra de su compadre Buck para luego tirarla al público. It`s the end of the world as we know it, una vez más, sonó esperanzadora en la voz expectante de Stipe que parece palpitar el resultado de las elecciones en su país al gritar "…y yo me siento bien" mientras sigue bailando.

La pantalla proyectó una mano escribiendo: "¿más R.E.M.?". Luego redactó otro "post-it": "Aguante Argentina". Ahí volvió el grupo con Supernatural superserious, el "hit" actual, para luego dar paso al que la mayoría esperaba. Cuando Buck probó el sonido de su guitarra, ya se anticipaba el punteo de Losing my religión. Stipe ya estaba en la pasarela, entre el público que coreó toda la canción y luego enganchó con el apartado "cánticos futboleros", algo que sigue sorprendiendo a los músicos que visitan la Argentina. Esa noche, hasta Mills acompañó al piano el "olé, olé" dedicado a cada uno de los tres miembros. The great beyond era otro de los grandes clásicos esperables, pero en versión más eléctrica. El espíritu de Andy Kaufman llegó sobre el final en Man on the moon y no hacía falta más.

Esta nota podría haber hablado de todas las otras bandas extranjeras y argentinas (Los Pericos y otros más), que respondieron a la actualizada curaduría del Personal. Pero resulta imposible, incluso horas después, pensar en algo que no sea el flechazo al corazón que dejaron tres tipos de Athens. Se había escuchado que esta nueva gira del grupo era divertida. Es demasiado poco como para definir lo que sucedió el sábado pasado en Buenos Aires.

Un festival frente al mundo

Las empresas de celulares en Argentina acercan los números musicales que estén en sintonía con el mundo, sin importar qué tan conocidos o populares lleguen a ser. Entonces, los asistentes que llegaron al Personal Fest portando sus "vincha corbata", promocionadas por Diego Capusotto en los avisos del festival, y que venían tras los números más importantes como R.E.M. o The Offspring, se encontraron con bandas que hoy en día están entre las más convocantes del mundo anglosajón y también con muchas argentinas. The Mars Volta, con un set lisérgico y estridente fue un show necesario del que disfrutó más de un "cool" seguidor de los alaridos de Cedric Bixler Zavala y las guitarras de Omar Rodríguez López. Los londinenses de Bloc Party dieron el set más interesante del show con su post-punk con referencia directa a The Cure en la voz de Kele Okereke, su cantante; y los Kaiser Chiefs, provenientes de Leeds, ratificaron su chapa de "máquina de hits" con un set algo deslucido pero con grandes momentos en temas como I predict a riot. Un verdadero lujo que lleva a preguntarse si con estos artistas tan cerca no habrá forma de acercarle al público uruguayo una actualización de las bandas del planeta rock. ¿Costará tanto?

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