Retrato de una mujer locuaz y brillante

Jorge Abbondanza

El año pasado, Martin Scorsese dirigió en Nueva York un documental para televisión titulado Public Speaking. Es una larga entrevista a la escritora Fran Lebowitz, y su banda sonora es como una descarga de ametralladora de 90 minutos. Porque esa mujer fea, vieja y vestida como un hombre, es además una personalidad electrizante, cuya locuacidad puede aplastar a cualquier interlocutor, aunque también magnetiza al auditorio con sus certezas sobre política, racismo, pintura, sexo, religión, cultura y todo lo demás. Típica intelectual judía neoyorquina, Lebowitz tiene un conocimiento oceánico sobre la gente y el mundo que salpica con andanadas de humor, dejando a sus oyentes abrumados, divertidos y absortos. Es uno de esos fenómenos de mente vivaz, desafiante vulgaridad, puntería infalible y palabra vertiginosa, que conviene ver y oír. El documental de Scorsese puede verse en televisión para abonados y se repite el miércoles a las 12.45 por el canal HBO. En medio del torrente verbal de la protagonista asoman otras caras ilustres, desde Picasso, Gore Vidal o Truman Capote hasta Toni Morrison, Andy Warhol y Dorothy Parker. Allí Vidal mantiene una entrevista de enorme agresividad y la voz inefable del verdadero Capote parece imitar a Philip Seymour Hoffman, mientras Morrison le formula a Lebowitz algunas preguntas inteligentes.

Gracias a la sagacidad de Scorsese, ese tejido va permitiendo conocer a Lebowitz por fuera -la frase exacta, el discurso incontenible, la gracia punzante- pero también por dentro. Porque ahí se descubre el grado en que esta mujer es consciente de su fulgor, cómo se complace con sus propias ocurrencias, cómo busca en las miradas ajenas el efecto que produce su charla, cómo hace una pausa cuando sabe que una broma provocará la risa del público, igual que los veteranos del `stand up`.

Famosa por sus conferencias, sus incursiones en el periodismo y algunos libros de mucha venta co- mo Metropolitan Life, Fran Lebowitz no es Hannah Arendt y ni siquiera es Susan Sontag. Parece en cambio una cruza de esas eminentes congéneres con el desparpajo popular de la comediante Fanny Brice, pero tiene una pasmosa independencia de criterio para lanzar sus opiniones.

Le sorprende por ejemplo que el movimiento gay norteamericano no busque la libertad personal sino que quiera ingresar en las dos instituciones (el matrimonio, el ejército) más enemigas de esa liberación. Cuando le preguntan en qué consiste el oficio de escribir, ella contesta: "Es igual que la Guerra de Vietnam. No sé cómo me metí allí, y ahora no sé cómo salir".

Oyéndola, uno recuerda lo que dijo hace muchos años el crítico de The New York Times cuando Lola Flores se presentó en Broadway: "No canta, no baila, no se la pierda".

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