JORGE ABBONDANZA
Hace unos días, la muerte de Walter Vidarte (en Madrid, a los 80 años) empujó la memoria hacia atrás, obligando a viejos espectadores montevideanos a inscribir el nombre del actor en un período del teatro local que fue extraordinario por la eclosión de personalidades masculinas, un fenómeno que no se repitió antes ni después. Esa etapa, que floreció en los años 50 y 60, fue el tiempo en que Vidarte emergió de la Escuela Municipal de Arte Dramático, como parte de la primera generación de egresados de esa institución, para alcanzar -antes de partir hacia Buenos Aires- algunos años de brillo en la Comedia Nacional, donde figuró su notable éxito con Procesado 1040, un personaje que parecía hecho a la medida de su energía, su temperamento y su desenfado.
Aquella época marcó el afianzamiento de una actividad escénica que había brotado con insólita fuerza en el último tramo de los años 40, pero que alcanzó su prestigio en las décadas siguientes. Allí surgió Vidarte junto a compañeros de elenco y contemporáneos como Jaime Yavitz o Juan Jones, en torno a notabilidades de la troupe oficial ya aplomadas, como Enrique Guarnero, Alberto Candeau y Horacio Preve, pero también dentro de una corriente donde circuló el talento de otros colegas del movimiento independiente, desde Roberto Fontana, Juan Carlos Carrasco o Ruben Yáñez, hasta Júver Salcedo, Mario Branda, Rafael Salzano, Blas Braidot, Juan Gentile, Villanueva Cosse o Juan Manuel Tenuta. Poco después aparecían Armando Halty, Walter Reyno, Luis Cerminara, Roberto Jones, Pepe Vázquez y Julio Calcagno, sumándose al gran desfile que fue síntoma de un momento caracterizado por otros auges en el medio cultural montevideano.
En efecto, durante los años 50 y 60 también se consagró una oleada de artistas plásticos de importancia fuera de serie, que revolucionó los lenguajes de la pintura y la escultura. Creció además el impulso de los cineclubes, con enorme afluencia de público y programación diluvial. Alcanzó igualmente su madurez la actividad sinfónica en materia musical y culminó su evolución ascendente el periodismo cultural, con una gran influencia (y una visible expansión) de la crítica especializada en los distintos géneros. De paso, la concurrencia que llenaba las salas fue sensibilizándose y mejoraron los niveles de conocimiento y los puntos de referencia de ese público.
Los apogeos artísticos no se dan en forma accidental. Responden a una atmósfera propicia, como la que enriqueció aquel trecho del proceso uruguayo en el campo cultural.