Hugo García Robles
Soy un pertinaz oyente de CX 6, hoy Radio Clásica, que escucho desde hace décadas y en la cual aporté programas, hacia 1960, cuando Lauro Ayestarán era su director. Pero el tiempo fluye y las cosas cambian. En el pasado los locutores para anunciar la música que difundía la radio decían llana y vulgarmente: "a continuación escucharán la Sinfonía Pastoral". Y en ese entonces, cuando la rutina todo lo preveía, el oyente escuchaba efectivamente la Pastoral. En cambio, en la actualidad, la voz del locutor o locutora con criterio más creativo emplea distintas fórmulas. Por ejemplo: "compartiremos ahora la Cuarta Sinfonía de Brahms". El oyente se queda como lo hizo quien escribe la semana pasada y oye, en efecto, el primer movimiento de la citada sinfonía. Vuelve la locutora que dice: "se ha escuchado la Cuarta Sinfonía de Brahms", sin advertir que faltan tres movimientos. En ese día inolvidable, permanecí en el mismo lugar del dial para escuchar a la locutora anunciar, después del fallido Brahms, el "lento" del concierto para violonchelo y orquesta de Schumann. Para mi sorpresa, lo que siguió fue el primer tiempo de un concierto para piano de Mozart, no importa cuál. El anuncio reiteró "han escuchado" a Schumann. A continuación la locutora dijo, sic, "ahora les presentamos a Mozart, 1756-1791". Como temí que la obra que escucharía podría ser un vals de Strauss, apagué el receptor. Esta accidentada y verídica historia sucede con excesiva frecuencia. He padecido impactos semejantes que proponen Rossini y suena Bártok. Realmente es lamentable porque se advierte que la discoteca ha crecido mucho y el hecho de transmitir las 24 horas permite acercarse a la música en las horas tranquilas de la noche avanzada, para beneficio de los insomnes. También se insertan mensajes que proclaman el "desafío" que aborda la Radio Clásica, para cumplir con el derecho de todo oyente a la información veraz y la concurrencia democrática de opiniones, junto con otras aspiraciones compartibles pero que la propia Radio desatiende con sus errores. Me pregunto, sin ironía, cómo se producen esos fallos y quién debería ocuparse de advertir que existen y suprimirlos en aras del derecho "a la información veraz".