En la página 8 de la Sección B de El País, la lógica es distinta. Ecos publica mensajes de lectores que comentan la actualidad, corrigen, agradecen o polemizan. Es el espacio donde el diario se deja intervenir de forma explícita y el relato pasa a manos de sus lectores.
A su alrededor conviven el horóscopo de Susana Garbuyo, el estado del tiempo y los números de la quiniela y la tómbola. Más abajo, el Rincón de Juegos. Cientos llegan no para informarse, sino para cumplir una rutina silenciosa. Con lápiz o lapicera en mano, se enfrentan al sudoku y al crucigrama como quien entra en un territorio aparte, ajeno a la agenda de noticias.
Ahí no manda la urgencia. Manda el tiempo propio. Por un rato, la relación se da vuelta: El País no informa, propone. Abre un vacío —una trama de casilleros en blanco— y cede el protagonismo. Sin esa palabra o ese número, el diario no está terminado.
Detrás del Rincón de Juegos hay una firma constante: Leonardo Conde. Desde 1982 lleva publicados más de 12.800 crucigramas de forma ininterrumpida, lo que lo convierte en una de las presencias más persistentes de la historia de El País. A eso se suman el Silabascope de Sábado Show y las Telegrillas de los domingos.
Lo curioso es que Leonardo Conde no existe. O, mejor dicho, existe de otra manera. Es un nombre construido. Un anagrama de Conrado de León, el hombre que desde hace 44 años diseña ese vacío que otros completan todos los días.
Pero su historia no empieza ahí.
Antes de ser el arquitecto del Rincón de Juegos, Edison Conrado de León cruzó distintos lenguajes. Fue libretista de Telecataplum, encabezó Infomanía en Canal 4, trabajó como director creativo en una agencia de publicidad, escribió poesía satírica, una obra para niños y hasta un musical. También fue comentarista de cine —prefiere ese término al de crítico— en El Diario de la Noche.
Fue ahí, en esas páginas, donde se topó con las palabras cruzadas. En la casa del Paso Molino donde se crió, El Diario tenía presencia obligatoria. De chico no lo atraían las noticias, sino otra cosa: la tapa llena de fotos, las historietas —Cero Pelo, por ejemplo—, el crucigrama y un juego llamado El Pozo de la Dicha.
Años después, ya en el liceo, ese interés tomó otra forma. Iba al Eduardo Acevedo regido por una lógica simple: el ómnibus 130 lo dejaba 20 minutos antes de la primera clase o 10 minutos tarde. Elegía llegar tarde. En uno de esos viajes se cruzó con su profesor de Historia y le planteó una duda que había visto en el diario y que no lograba sacarse de la cabeza: una palabra de dos letras para la definición “moneda de cobre romana”. La respuesta era “as”, como el de las cartas.
En esos días las clases iban sobre la Prehistoria y Oriente, nada que ver con Roma. Sin embargo, la pregunta trastocó todo. Esa misma mañana, cuando entraron tarde a clase, el profesor interrumpió el programa: “De León me hizo una pregunta interesante en el ómnibus”, anunció. Y entonces la clase cambió de rumbo. Durante el resto de la hora habló de monedas y de sistemas de intercambio.
La escena condensa la lógica del crucigrama: una definición breve que abre una pregunta, una asociación que empuja a pensar y un desafío que exige una respuesta. Ahí se esconde el motor del juego.
Mientras seguía en el liceo empezó a escribir en prensa. Fue en Revista Lunes, bajo el seudónimo Noside —otro anagrama, esta vez de Edison—, con la columna Memorias de un estudiante. Algunas de esas piezas pueden leerse hoy en la web de Anáforas. “Eran observaciones en joda de lo que pasaba con algunos profesores”, resume, entre risas.
Ese fue el comienzo. Después vinieron otros medios: escribió en Acción, pasó por El Diario de la Noche, llegó a ser encargado de Espectáculos en el vespertino Mundo Color, antes de entrar a El País. También trabajó como locutor en Canal 12.
Vista en conjunto, su trayectoria se multiplica. De León lo explica con humor. “Desde chiquito entendí que soy haragán”, admite. “Y como mi pecado es la pereza, he trabajado sin descanso para combatirla”.
En esa frase está la clave de su constancia: no solo en los casi 13 mil crucigramas que lleva firmados, sino también en los silabascopes y las telegrillas. El primero es un guiño a su vínculo con el cine: armar palabras a partir de sílabas hasta revelar, en dos filas destacadas, el título de una película y sus protagonistas. No es tarea simple cuando se trata de estrellas de Hollywood. “Hay muchos con W; no sabés el trabajo que me daba Gloria Swanson”, dice con una carcajada.
Las Telegrillas llevan el desafío un paso más lejos: se escriben palabras a partir de definiciones y luego sus letras se trasladan, según su número, a un segundo diagrama. Allí se forma un cuento completo. Y, escondido en el sistema, las iniciales de las palabras definen el nombre y apellido del autor, además del título del cuento. Es un puzzle lingüístico.
Su trabajo en El País le dejó una experiencia inesperada. A inicios de los noventa viajó a Zagreb para un congreso de crucigramas, que terminó suspendido por la guerra en la ex Yugoslavia. “Entonces me convertí en corresponsal de guerra”, recuerda. “Mandé cinco o seis notas al diario desde una escuela a 800 metros de los cañones de los serbios. Estaba en una escuela con las ventanas tapadas con bolsas de arena por la posible metralla”.
Hoy tiene más de 80 años y sigue igual de activo que siempre. Su hija menor lo ayuda con las Telegrillas, pero el sistema sigue en sus manos. Y con más de 12.800 crucigramas publicados, él insiste en seguir. El motivo es el de siempre: combatir la haraganería, su pecado. Pero en su intención hay algo más profundo que atraviesa toda su trayectoria: el amor por la palabra escrita como una forma de vida.
A Conrado de León —o a Leonardo Conde— se lo puede encontrar cada día en la página de Ecos, y los sábados en Sábado Show. Ahí sigue, luego de 44 años, proponiendo un nuevo desafío que espera ser resuelto. Un mecanismo que se activa con lápiz o lapicera y que recién entonces cierra la edición. Aunque él, fiel a su método, ya esté pensando en el siguiente.