Diego Peretti es un actor de una máscara muy expresiva, que sin embargo muchas veces la explota de un modo parco, dando así la impresión de un tipo duro. Si bien abandonó su profesión de médico psiquiatra para dedicarse a la actuación, más de una vez le ha tocado hacer en la ficción de psicólogo o analista, para lo cual su rostro enigmático se presta perfectamente. Sin embargo, en Tiempo de valientes, que el viernes próximo se estrena en Montevideo, lo encontramos en un registro de comedia, demostrando que también es un intérprete que tiene muchas condiciones para hacer reír.
En su nuevo filme, dirigido por Damián Szifrón, nuevamente está en el rol de analista, aunque metido en un lío internacional que puede conducir al mundo a una gran catástrofe. Un policía (a cargo de Luis Luque) sufre de una gran depresión, mientras que un psicólogo (Peretti) es designado para acompañar al oficial en su trabajo y darle una especie de terapia en el patrullero.
A partir de allí, juntos transitarán una serie de aventuras. Y pese a su formato de película de acción, Tiempo de valientes es un filme original, que narra una historia de matiné por medio de un rico lenguaje que remite a muchos grandes del cine. De esto y otras cosas, El País habló con el carismático actor.
—Usted es psiquiatra y en su nueva película hace de psicólogo. ¿Esa similitud le facilitó la construcción del personaje?
—Más o menos, porque yo soy médico psiquiatra, es decir, lo fui, y en Argentina la facultad de Psicología se basa específicamente en el psicoanálisis, que es un campo lejano al mío. Pero sí, en los términos que está escrito el guión acorté camino porque todas esas cosas las conocía, las tenía incorporadas.
—Y en general, en su carrera le ha sido muy útil su profesión de médico psiquiatra. De hecho, muchas veces le dan esos papeles.
—Sí, nunca fui actor sin ser psiquiatra, y entonces, cada vez que recibo un personaje, el discurso psiquiátrico se mezcla, lo atraviesa. Y en seguida en mi cabeza, por aquel oficio, lo coloca en un determinado casillero de patología, de neurosis. Pero el que manda siempre es el guión. Lógico que si el personaje no lo puedo meter en ningún casillero, tiene más posibilidades de ser distinto, más rico.
—¿Eso le sucedió en "Los simuladores"?
—En Los simuladores, en realidad, los personajes no eran complejos ni profundos. Eran héroes muy característicos porque todo lo hacían de una manera brillante, perfecta, que eran los operativos de simulacro. Y el mío era un personaje que no se angustia por nada, que vive con tres mujeres de alto nivel intelectual, que no le dan problemas. O sea que lo gracioso y lo característico de ese personaje es que era lo contrario de cualquier personaje de ficción, porque no tiene conflictos.
—¿Era muy difícil encontrar argumentos interesantes para cada capítulo?
—Sí, y Los simuladores se basó siempre en la trama, no en convocar estrellas, o en un trabajo de marketing. Tenía que ser original, y por eso siempre nos costaba mucho encontrar el motivo de consulta. Porque fácilmente un consultante podía ir al psicólogo, al médico, a la policía o a un abogado. O sea que había que encontrar motivos que no atravesaran ninguna de esas instituciones. Y después, lo difícil también era encontrar el universo del operativo del simulacro, que podía ser en Argentina o en otro país, y averiguar bien cómo funcionan esos universos. En un programa llegamos a armar todo el mundo de la NASA, con toda la complejidad que eso demandaba.
—¿Y en lo que tiene que ver con las actuaciones?
—También el estilo de actuación era muy particular, porque tenía que ser neutro, no apagado pero sí muy silencioso, con pocos gritos. Era un desafío porque la idea era que fuéramos cuatro personajes con un mundo propio grande pero que no se notara, porque la gesticulación era muy neutra, bien de agentes.
—¿Qué diferencia hubo entre las pautas que le dio el director para "Los simuladores" y "Tiempo de valientes"?
—Bueno, la cantidad de historias que abarcaba Los simuladores hacía que la cabeza no la tengas muy concentrada en la actuación. Con Szifrón pocas veces pudimos concentrarnos en eso, más allá de los 10 minutos antes de grabar. En cambio en la película, siendo del mismo tono que Los simuladores, me pude concentrar más en el personaje, y tuvimos más tiempo para trabajar la relación actor—director, tanto en la construcción de las escenas como en el armado de la historia.
—Más allá de ser una película de aventuras, ¿cuál sería el sentido último de esta película?
—La excusa es una comedia policial, pero habla en primera instancia de la amistad, y en segunda instancia, de una época como la actual, en la que vivimos un tiempo de valientes diferente a los valientes de antaño. Estos actuales son personas que simplemente deciden en base al sentido común y al sentido de la justicia. Y al ser éticos, terminan siendo héroes, simplemente por ser buena gente.
—En el terreno de la ético también la nueva película se toca con "Los simuladores".
—Sí, de la ética y la justicia. En el fondo está el concepto de que no todo lo que es legal es justo. En Argentina, muchas veces lo legal atasca lo que podría llegar a ser justicia, la obstaculiza. En Los simuladores, los protagonistas terminan siendo superhéroes sólo por solucionar problemas cotidianos.
—Eso pegó fuerte en la gente, ¿verdad?
—Sí, y lo que pegó más fue el contraste que hay, en Los simuladores, entre el operativo en se montaba y la dimensión cotidiana de los problemas. Ese contraste, que era humorístico, hacía que la serie se acercara mucho a la gente. En la calle, por ejemplo, me dicen ‘Ché, te necesito porque no aguanto más a mi suegra. No te pido que la elimines: sólo que me soluciones el problema’. Situaciones como esa nos pasaban seguido, y de ahí sacamos muchos también para nuevos capítulos.
—¿Cómo tomaron el episodio de censura que hubo en torno a "Criminal"?
—No llegó a ser censura: nos acusaban de promover la violencia. Es cierto que era un programa provocador, pero en la Argentina, sobre todo en Buenos Aires, la inseguridad parte de una marginalidad muy grande, con una violencia sin ética que hace que la población esté en una olla a presión, y que haya arrebatos de justicia por mano propia. Esos brotes de justicia violenta, que se agudizaron después de la crisis de 2002, estaban bastante representados en mi personaje de Alejandro Ruiz, un tipo de loco que se puede definir como su sociópata, un hombre que se convirtió en enemigo de la sociedad, concretamente en enemigo de los corruptos. Y ese hombre se aliena y toma el camino equivocado, pero que no deja de ser seductor en una sociedad como la Argentina.
—Sí, ¿pero ustedes cómo lo tomaron?
—Saltábamos de alegría en el set. Porque desde lo legal, nos parecía una idiotez absoluta, porque el programa iba a las once de la noche. Pero desde el punto de vista social nos parecía bárbaro, porque significaba que estaba penetrando en el imaginario de la gente. Más allá de que a nivel de marketing también fue una cosa muy buena, nos interesó saber que alguna gente elaboraba esa respuesta. O sea que lo recibimos con algarabía.
—¿Cuál cree que es el límite en esos casos?
—Hay que poner un límite en cuanto al horario, pero en cuanto al contenido, soy partidario de las escenas violentas sólo cuando la historia lo demanda. Lo que ocurre es que están los que no saben hacer historias y meten golpes bajos, tanto en lo erótico como en lo policial, y terminan haciendo una película pornográfica, o un enchastre de sangre. Yo no confío en que la gente mire mucho rato un producto de esos. Lo que me parece que hay que hacer es confiar en los buenos actores, las buenas historias, y no poner ningún límite, salvo en el horario.
Papeleras: caso de "Los simuladores"
Con su equipo de cuatro hombres de acción, que mezclaba inteligencia y audacia, Los simuladores supieron enfrentar y superar todo tipo de situaciones, desde problemas de celos hasta de violencia doméstica, y desde asuntos vinculados con el Instituto Espacial de los Estados Unidos hasta los casos más cotidianos de cualquier ciudadano corriente. Por eso El País consultó a Diego Peretti para ver si puede arrimar alguna idea al problema de las plantas de celulosa, y ésta es la respuesta: "Mirá, yo creo que cuando me peleo con mi hermano, me peleo fuerte, porque como hay un afecto, y cuando estás enojado, ese vínculo fraternal trae cosas profundas, complejas. Y entre los países es igual: no hay indiferencia ni mucho menos entre dos países como Uruguay y Argentina, pero también me parece que si se resuelve, todo esto nos va a unir más. Para mi lo fundamental es si las aguas se contaminan o no con estas plantas. Si las aguas se contaminan, estoy seguro que los propios fraybentinos también van a estar en contra, y si no contaminan, el problema se va a disolver. Pero también me parece que hay algo mayor a eso. Porque por un lado, yo realmente no creo que si contaminaran las estuvieran haciendo. Pero también creo que no va a ser la primera vez que las multinacionales pasan por alto todo y que los gobiernos aceptan eso porque traen mucho trabajo a la zona. Entonces me parece que hay que encontrar una solución, pero vuelvo a repetir: es una pelea entre hermanos".