Miguel Carbajal
La moda de las mucamas amenaza con ser tan vieja como el mundo, aunque se dice temerariamente que existe otro oficio femenino que las precede. Se las conoció de toda la vida y bajo diferentes nombres, desde aya hasta nodriza. Aunque siempre cumplieron un papel utilitario, el alivianar las tareas domésticas de la dueña de casa y ocuparse de la gente menuda para aligerar el ambiente hogareño —y aunque funcionaban como elemento de ayuda y cumplían tareas de comunicación familiar como lo demostró Shakespeare en Romeo y Julieta, que recogió situaciones registradas en la Biblia— la verdadera importancia de las mucamas residió en el papel oculto al que podían ser sometidas. Para bien o para mal, eran una segunda presencia femenina. El planteo puede resultar demasiado íntimista, o indiscreto. Aparecieron para encargarse de los niños y terminaron fijándose en ellas desde los papá hasta los tíos. Esas presencias uniformadas y hasta vestidas con severidad, según la geografía cultural que les tocara vivir, pasaban a ser mujeres solas con poca ropa y predispuestas cuando llegaba la noche. ¿Adónde va papá? ¿Por qué demora tanto? El pulso sexual de la situación es lo que las tornó en un envidiable artículo escénico.
Eran casi mucamas, no mucamas enteras, en dos comedias que pasaban del teatro al cine, del musical a la televisión, en espectáculos mutantes del siglo pasado. Una institutriz inglesa en tierras asiáticas y otra similar en ambientación austríaca con el fondo amenazador del nazismo, fueron Ana y el Rey de Siam devenida El Rey y Yo y La familia Trapp convertida en La novicia rebelde. Lo que se registraba era el choque humorístico de una mujer enredada por infantes y asediada sentimentalmente por su patrón. El exotismo de Yul Brynner, en el primer caso, y la gracia vocal de Julie Andrews en el segundo, hicieron un éxito internacional de esa trama sobre enredos domésticos donde se enfatizaba la naturaleza visible y se resolvía con un casto idilio la naturaleza secreta del contrato.
La mucama ya es declaradamente mucama cuando se ocupa de ella una serial norteamericana que achica la prole familiar y carga de humor judío el personaje central en la enésima versión de la Cenicienta, que fue la mucama infantil por excelencia. Y el tic se extendió. Ahora, Ana y los Siete es la versión española de las distintas versiones de mucamas. El título viene a cuento porque fue precisamente ese número lo que hizo notoria a Ana Obregón. El número en singular, no en plural. El resto no importa y nadie puede negar que a los españoles les sobran arrestos para hacer el ridículo. Imaginar a la Obregón en ese papel hubiera sido una idea apropiada hace unas décadas, cuando la actriz se empecinaba, a puro físico, en ser una especie de vedette y el compendio con curvas que salía una vez sí y otra también en la revista "Hola". Era una chica sexy, con bastante descaro, que se peleaba semana por medio con el Conde Lequio, un personaje marginal de la heráldica española e italiana. Hubiera parecido una preocupación de mal gusto si no estuvieran los Grimaldi en la vecindad, justificando los excesos.
Cuarto de siglo después, la Obregón sigue siendo una señora con sensualidad pero con demasiados años. Los primeros planos derrumban cualquier idea de seducción. De cerca parece la madre de su jefe, la abuela de los niños a su cuidado y la parodia de lo que puede ser una dama coqueta. No son los años lo que la perjudican, sin embargo. Sophia Loren tiene setenta y mata como un rifle. Gypsy Rose Lee, la desnudista más famosa que tuvo Estados Unidos, asesinada en el cine a medias entre Natalie Wood y Rosalind Russell, era un himno al erotismo cuando sus compañeras de generación se habían jubilado hacía rato del sexo. Lo que torna increíble a la española no es su edad real (que ya es bastante) sino su tesitura. Nadie puede hacerse la bebota cuando se pasan los veinte. Y ella además se cree una bebota. Para mejor ahora se instaló en la Argentina una mucama rioplatense, con Florencia Peña como protagonista. ¡Socorro!