Rodra estaba convencida de que tenía que hacer un disco de rock. Era el territorio donde se sentía más cómoda y canciones como “Tus ojos”, “Amapola” o el EP 103 parecían confirmarlo. Pero mientras escribía Cosas que no mueren descubrió que esa certeza no era del todo suya. “Me di cuenta de que estaba haciendo música condicionada por mi entorno, y por esa idea de que hay que encontrar un nicho, especializarse y quedarse ahí”, admite.
La transformación fue apareciendo de a poco. Al principio llegaron sencillos de la energía de “Ke me pasa” y “Volver atrás”, pero el disco empezó a abrirse hacia otros lugares. “Estaba escuchando otra música y teniendo otras influencias, así que sentí que tenía que hacer un corte”, recuerda. Entonces entendió que tenía que cambiar la forma en que estaba componiendo. “Estaba intentando hacer canciones condicionada por algo que no es musical. Mi materia es la música”.
Ese cambio terminó dándole forma a Cosas que no mueren, uno de los mejores discos uruguayos de 2026. En vez de buscar una identidad única, Rodra decidió abrazar todas las aristas que la habitan: la ternura y el punk, el rock y el pop, el candombe y la canción de amor más vulnerable. “Siento que pude explorar todas las caras del diamante y dejar que la luz pase por cada una de ellas”, asegura.
Con el tiempo, las preguntas dejaron de ser únicamente musicales. Mientras intentaba entender hacia dónde quería llevar el disco, la artista de 30 años también empezó a preguntarse qué decía de ella ese vaivén constante entre la dulzura y la rabia, entre el impulso de cuidar y la necesidad de poner límites. “Somos esponjas: absorbemos y después soltamos”, dice. “Vivimos recibiendo niveles de ternura y de violencia constantemente, sobre todo a través de las redes, y todo eso termina apareciendo en las canciones”.
Esa convivencia atraviesa todo Cosas que no mueren. En un mismo álbum hay lugar para la vulnerabilidad de “Ay voy”, la furia de “Ke me pasa” y “Te los voy a cortar!”, la angustia de “Paranoia” y la esperanza de “Volver atrás”. “La gente me dice que todos los temas son diferentes, pero tienen algo de eso. Soy rock, pero no soy rock; soy pop, pero no soy pop”, resume. “Por momentos entra en conflicto, pero convive a la vez. Es como un organismo vivo”.
Esa decisión también terminó redefiniendo su recorrido. Después de publicar de forma independiente el EP Del aire (2017) y el álbum Al humo (2021) —nominado al Premio Graffiti al mejor disco de pop alternativo—, Rodra fue construyendo un lugar destacado dentro de la nueva escena uruguaya.
En ese camino abrió el show de Divididos en el Antel Arena, pasó por festivales como Cosquín Rock Uruguay y, en diciembre, fue invitada por La Vela Puerca para interpretar “Tormenta” durante el recital por los 30 años de la banda. Ahora, Cosas que no mueren también inaugura una nueva etapa: la de su incorporación al sello Bizarro.
Todo empieza con “Estambul”. En su primer disco en cinco años, la canción funciona como una declaración de intenciones. “Ir más lento, mover mis pies antes que a mis pensamientos”, canta Rodra apenas empieza el álbum.
El videoclip prolonga esa búsqueda desde las imágenes: fue filmado en la casa de sus abuelos, rodeada de su familia. “La idea era buscar las raíces como una forma de conectarnos, de ver al otro a los ojos y de confiar que tenemos la posibilidad de encontrarnos entre nosotros”, explica. “El arte, en ese sentido, tiene una función social reimportante”.
La tapa también parece contar la misma historia. El dibujo de un dinosaurio-unicornio de cinco patas que hizo cuando era niña anticipa, sin saberlo, a la artista que terminaría siendo. “Soy como ese animal extraño. Esto soy yo en la vida: un poco de esperanza, un poco corridita, pero siempre para adelante”, dice entre risas.
Esa mezcla de fragilidad y desborde también atraviesa las canciones. “Los polos más tirantes son la ternura y el punk, pero están unidos porque hablan de la misma esencia: el amor, el cuidado, el respeto y la defensa de lo que a uno le importa”, explica. Ahí aparece otra de las claves de Cosas que no mueren: la forma cambia, pero el impulso permanece. Ya sea desde la furia de “Te los voy a cortar!”, grabada junto a Flor Sakeo, o desde la esperanza de “Volver atrás”, las canciones terminan defendiendo lo mismo.
No parece casual que esa búsqueda termine en “Volver atrás”, la canción que cierra el disco. Rodra siempre supo que ese iba a ser el final. “Quería que tuviera un mensaje de esperanza”, dice sobre un tema que escribió antes de ir a escuchar una comparsa junto a unas amigas. “Nos pasan un montón de cosas todos los días, pero igual encontramos lugares para bailar, para abrazar, para lo que sea. Es encontrarte con la gente, en la plaza, escuchando los tambores. En el lugar de siempre. En esas cosas que no mueren".
Al final, Rodra entendió que había hecho mucho más que un disco. “Es una especie de ecosistema mutante”, dice. “Hay momentos en los que uno pone límites, otros en los que disfruta sin pensar, otros en los que está confundido, enojado o triste. Todo eso convive en mí”. En ese proceso entendió que no necesitaba elegir una sola versión de sí misma. “Soy mi propia diversidad y la celebro en este disco”.
La búsqueda que empezó con una pregunta sobre el rock termina en otro lugar. “Este disco me dejó muchas ganas de hacer otro. Ya sé que me animo a decir cualquier cosa. Ya no tengo miedo a hacer nada”. Después de todas las caras del diamante, de las raíces, de la ternura y del punk, la respuesta resulta mucho más simple: “Me animo a ser yo”.