ENTREVISTA

Peyote Asesino y la aventura de lanzar un disco después de 23 años: ¿cómo es "Serial"?

Juan Campodónico y Carlos Casacuberta charlaron con El País sobre "Serial", el primer álbum de la banda desde "Terraja", de 1998

Peyote Asesino. Foto: Matilde Campodónico
De izq. a der.: Daniel Benia, Carlos Casacuberta, Juan Campodónico, Pepe Canedo, Fernando Santullo, Bruno Tortorella, Matías Rada. Foto: Matilde Campodónico

“Tengo la sensación de algo extremadamente improbable, algo muy raro”, dice Carlos Casacuberta cuando le pido que, desde el lado más personal y subjetivo posible, me cuente qué implica sacar, en 2021, un nuevo disco de Peyote Asesino. Luego agregará: “Es como una locura que haya sido posible, un logro increíble”.

Sentado frente a Juan Campodónico en el estudio (Zorzal) donde toda esta “locura” tomó forma, el cantante y guitarrista conceptualiza algunas sensaciones que por estos días, están a flor de piel. Es que el viernes pasado llegó a plataformas Serial, tercer disco de Peyote Asesino y el primero que la banda edita en —atención— 23 años.

La cronología dice que Peyote, mezcla de rock y rap y otras cuestiones, nació en Montevideo en 1994, con el bagaje que le daba a sus integrantes el ser hijos de exiliados, y con una fuerte influencia mexicana. Lanzaron su primer disco, homónimo, en 1995 después de ganar un concurso de televisión; y el segundo, Terraja, en 1998, ya con la producción de Gustavo Santaolalla y la grabación soñada en Los Ángeles.

“Peyote fue el primer proyecto artístico del que fui parte, la respuesta fue muy buena y eso generó una ansiedad de: me voy a dedicar a esto en la vida. Yo tenía 24, 25 años cuando eso pasó, y esa ansiedad llevo a que Peyote se quemara pronto”, dice ahora Campodónico, que completa esta banda con Fernando Santullo, Daniel Benia y Pepe Canedo. “Por un lado hizo muchas cosas, pero no podía satisfacer a todos y sus necesidades de construir sus vidas haciendo música. Por eso se rompió”.

La reparación, digamos, empezó en 2009 cuando la banda se reunió para tocar en el Pilsen Rock y descubrir que su público se había ampliado, expandido. A partir de 2016, Peyote retomó una actividad más sostenida, reclutó a Bruno Tortorella y Matías Rada e inició una transformación que decanta en este disco.

Grabación del disco "Serial" de Peyote Asesino. Foto: Matilde Campodónico
Grabación del disco "Serial" de Peyote Asesino. Foto: Matilde Campodónico

“Lo que me pasa ahora es que a este Peyote no le estamos pidiendo nada: le estamos pidiendo que haga música increíble que no se puede hacer de otra manera, y eso genera equilibrio”, dice Campodónico. “Hoy las relaciones entre nosotros son excelentes, porque aquella discusión ya no está y queda lo bueno, que es poder hacer música. En ese sentido, El Peyote de hoy es un lugar muy lindo para nosotros, muy disfrutable”.

Desde ese disfrute, entonces, se construyó Serial. Fue un proceso de trabajo lento y largo, que tiene como posible punto de partida aquel demo de “Bailando samba” lanzado en 2017. Después, la luz que alumbró el camino de álbum fue “Vos no me llamaste”, que hizo que los cinco entendieran que ahí, en esa manifestación, estaba la voz del Peyote Asesino. La que reconocían, la que era igual pero evolucionada, distinta.

“Nos costó mucho encontrar el tono de voz que tenía originalmente y poder decir algo que no fuera una copia de lo que habíamos sido. Pero El Peyote tenía algo muy noble en su capacidad de hacer música: siempre atrajo”, dice Campodónico, que acá se desdobló en su rol de músico, para hacerse cargo de la producción.

En Serial, ese atractivo es en forma de un collage que incluye guturales propios del death metal, estribillos melódicos que se recuestan en el pop, ambientaciones instrumentales, fraseos del trap de hoy, bailes funk, preciosas guitarras, coqueteos con los ritmos tropicales y hasta una caprichosa chamarrita. La obra la completan, entre otros elementos, una lírica que puede entenderse como tribunera, si la tribuna es de un partido que podrían jugar Liverpool y Wanderers un domingo a la mañana en Belvedere, donde los peores insultos tienen la inocencia de un “flor de gil”. La combinación es exquisita, la potencia también.

Serial es su disco más universal en el sonido, pero el más uruguayo en las letras. Antes hablaban de que ya no tienen la ansiedad de los 20, ¿pero cuál es la apuesta del Peyote en este momento? Imagino que ya no es la internacionalización...

Juan Campodónico:
Ah, nos encantaría (se ríe).

Carlos Casacuberta: Y en cierto sentido llegó sin haberlo buscado. No fue una especie de intención desde el principio.

J. C.: Creo que El Peyote tiene una propuesta muy particular y el en vivo es muy bueno; es una banda de rock que puede tocar en cualquier festival del mundo. Nos encantaría, obviamente, seguir con una actividad, y sí nos parece que el lugar de una banda de este tipo es más de nicho; estilísticamente no es tan popero o abierto para toda la familia. Pero quizás me quedé con la visión del Peyote de cuando recién arrancamos, que era una cosa muy rara.

—Y lo sigue siendo. Pasó mucho tiempo desde su origen y no aparecieron, en Uruguay, propuestas que se les asemejen tanto en el estilo, o cuando pareció surgir alguna, este disco marcó el rumbo hacia otro lugar. No sé si es meritorio, pero al menos es singular.

C. C.:
Eso es tremendo para mí.

J. C.: Creo que nuestra propuesta siempre es un poco molesta, que va a cierto lugar de filo. Ese era uno de los miedos que teníamos: ponernos a tocar y que salieran todo canciones buena onda (se ríe). Por eso reafirmo que no se ablandó y que, en ese sentido, no perdió su personalidad. Sigue siendo exigente, caprichoso y con un montón de carácter.

—Para quienes eran adolescentes cuando la banda apareció, en los noventa, ustedes ya podían parecer “viejos” para la música que hacían, y ahora no faltan los que señalan que son hombres de 50 años haciendo algunas rimas procaces. ¿El Peyote, como entidad, siempre fue por otro carril temporal?

C. C.:
Me hacés acordar de una nota de Jaime Roos que se llamaba “Gánele al tiempo”. Y a otra cita de Juan Ramón Carrasco, que a sus 42 años era técnico del cuadro y jugaba, entraba 15 minutos al partido, daba un pase de gol y decía: “Esto no se juega con la cédula”. Ahora la tecnología hace posible que el envejecimiento sea otra cosa totalmente distinta, donde es posible que la gente empiece a vivir muchísimas más décadas con un estado físico y mental que le permite seguir creando. Yo tiendo a mirar el mundo como lo veía mi abuelo, que la fecha es fija. Entonces mientras te toca vivir tenés que hacer lo que se pueda. Después del show (en La Trastienda) me encontré con una persona que me dijo: "Cómo tienen la energía para dar este show y tocar esta música". Y le dije: "No, nosotros tocamos esta música y damos este show para estar vivos". Yo no tengo otra respuesta.

J. C.: Y la música del Peyote es conectarnos a nosotros con una sensibilidad que teníamos en otro momento. Esa energía nos la da El Peyote. El vozarrón que sale de Santullo es un milagro que ocurre cuando estamos todos y no aparece en otro lado. Esto es una entidad energética que quizás no tiene tiempo, con la cual podemos conectar cuando estamos juntos.

C. C.: Yo recuerdo que vos escribiste una nota que decía que El Peyote descubrió la fórmula para no envejecer, que era una ironía brutal. Y frente a la pregunta de cómo te sentís a tu edad subido a un escenario y diciendo “cara de pija”, no sé si tengo tiempo de pensarlo.

J. C.:
Y con un montón de cosas políticamente incorrectas que dice Peyote, tiene que haber espacio para eso. Es un territorio liberado de una tónica general de la época. Siempre tiene que haber espacios disidentes y tener ese lugar de ser el que no hace lo que corresponde es una responsabilidad muy seria. Cuando Santullo vino con esa letra llena de groserías, me sentí muy orgulloso y muy responsable de: “Hay que mantener esto y hay que sostenerlo”. No puede ser todo un libro de autoayuda.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados