"Siempre en los conciertos pasan cosas raras”, cantaba Ruben Rada en “Blumana”. Y la frase pinta a la perfección lo que se vive en los shows de Solistah. Un saxofonista musicaliza su propia muerte en escena, una canción sugiere con ternura pegarse un tiro para salvar al mundo y una sala entera grita desaforada de horror ante la imagen de un niño de dos años que baja en un buggy sin frenos y a toda velocidad por Avenida Brasil.
“No es un recital para ir a escucharlo”, dice a El País Martín Pisano, responsable del proyecto. “El público va a jugar un juego con nosotros que ni siquiera se da cuenta de que ya lo está jugando”.
Sobre esa idea se construirá el show que Solistah dará el viernes 28 en Inmigrantes, donde estrenará canciones, tendrá invitados sorpresa y sumará una novedad: cuando termine el concierto, la noche seguirá con una fiesta a cargo de DJ Beve. Entradas a la venta en RedTickets por 600 pesos.
Pisano piensa las canciones como escenas abiertas a lo que ocurra con el público. La sorpresa es una de sus herramientas principales. En “Amor octogenario”, por ejemplo, lo que empieza como el simpático relato de un romance de su abuela se deforma hasta desembocar en vueltas inesperadas y gemidos en escena.
Ese mecanismo atraviesa su obra. Pisano quiere al público atento porque una canción puede torcerse en cualquier momento. “Quiero hacer lo contrario a lo que es la música de fondo para estar charlándole arriba”, explica el también actor. “Esto es para estar ahí viviéndolo, prestando atención y siendo partícipe”.
Pero hay una condición: la música tiene que estar bien hecha. “Si vos tenés una base sólida que legitime lo que está sucediendo, te permitís sobre eso ser absurdo, ser ridículo y ser choto”, dice. “Pero si todo es choto sobre choto sobre choto, está mal tocado y suena más o menos, no pasa”.
Detrás del juego hay una banda ajustada. Entre sus referencias aparecen Les Luthiers, Leo Maslíah y el primer Cuarteto de Nos. Toca la guitarra desde alrededor de los 10, aunque demoró en animarse a pasar al frente.
El empujón llegó en pandemia. Tocaba en una banda con un proyecto “superambicioso” que quedó paralizado cuando vio Inside, el especial que el comediante estadounidense Bo Burnham hizo encerrado en su casa. “Dije: ‘¿Por qué no estoy haciendo esto?’”. Empezó a grabar videos y, cuando las restricciones aflojaron, un amigo lo invitó a tocar. “Dije: ‘Bueno, ta, llegó el momento’. Y ahí me animé. A partir de ahí no paré”.
Hasta la “h” de Solistah cuenta parte de ese proceso. Surgió para quitarle solemnidad a la figura del artista que sube solo a un escenario, aunque Pisano entendió después que también escondía una inseguridad. “Era como decir: ‘Ta, ¿qué te vas a subir vos solo arriba de un escenario? ¿A qué?’”, explica.
Ridiculizar el nombre le permitió sacarse de arriba la exigencia de hacer algo “inolvidable” o “increíble”. Y, paradójicamente, esa libertad terminó dándole seguridad. “Estoy en mi salsa hoy haciendo eso. La verdad, cero inseguridad. Me divierto como loco”.
Ahora prepara su primer disco en vivo, grabado y filmado el año pasado en Sociedad Urbana. Eligió ese formato porque siente que el público y sus reacciones completan la experiencia: convertir a Solistah en algo puramente de estudio no tenía demasiado sentido. En YouTube hay varios registros de su show en Sala Camacuá.
Inmigrantes lo encontrará en otra etapa. Después de un espectáculo “mega guionado” como el de Sociedad Urbana Villa Dolores, Pisano quiere aflojar el control. Habrá músicos que entrarán y saldrán, estrenos y varias sorpresas.
“Me estoy permitiendo jugar bastante, con otra convicción y otra soltura”, dice. Cree que el espectáculo puede ser “un punto de inflexión”: más fresco, menos rígido y abierto a lo que ocurra esa noche. O, como dice él, “más suelto de cuerpo”.
Y si Rada tenía razón, alguna cosa rara seguro terminará pasando en el concierto.