Cada vez más cinematográfica, más creativa, la música de Juana Molina es —como pocas— un estímulo, una experiencia física a la que es necesario entregarse. Sus potenciales efectos son imprevisibles: canciones como las de DOGA, su último disco, pueden causar desesperación, éxtasis o un estado de meditación. Ganas de correr por una calle mojada y vacía o de bailar en mitad de una pradera.
Esa extraña belleza es, en parte, la que cautivó a prestigiosos medios como Pitchfork, Uncut o Rolling Stone, que dedicaron varios párrafos a ensalzar su nueva obra.
“Hacía mucho tiempo que no sacaba un disco nuevo, y el temor de que el tiempo no ayude siempre está”, dice una mañana de febrero en videollamada con El País. “Pero fue tan buena la recepción que eso se disipó inmediatamente. Y estoy, bueno... Estoy muy contenta”.
DOGA, octavo disco de la personalísima cantante y actriz argentina, es una inmersión sonora que nace como resultado de años de investigación sobre el universo de los sintetizadores analógicos. Mientras experimentaba y descifraba el instrumento, Molina grabó infinidad de horas de ideas, de posibilidades, de búsquedas. Se armó un océano. Después se lanzó a bucear.
Pero todos los intentos de álbum se fueron frustrando por exceso de material: había tanto, que Juana Molina ya no sabía qué hacer. Entonces, su mánager y socio en el sello Sonamos, Mario Agustín González, le propuso convocar a un productor externo. Así, Molina reunió mucho de lo que había grabado con el baterista Diego López de Arcaute en 2022; varios bosquejos que guardaba desde 2019, y otras cosas que estaban, dice, en estado embrionario. Y fue al encuentro de Emilio Haro.
Todo eso —un proceso de años que ocurrió en paralelo a su vuelta a la actuación (Piquito en la serie En el barro, el spin-off de El Marginal, de Netflix), el rescate de un material delicioso e infinito del programa Juana y sus hermanas y su edición de unas cintas perdidas y sin censura del disco uruguayo Musicasión 4 y 1/2— terminó convirtiéndose en DOGA, un álbum de alto nivel que ahora tocará en Uruguay.
Juana Molina se presentará este viernes en Medio y Medio, quizás un contexto ideal para su música, tan de la naturaleza; quedan entradas en Redtickets y hay beneficios con Club El País. Antes, esta charla.
—¿Cómo se le da forma a un disco que al final tiene una duración tan pequeña en relación a todas las horas de material acumulado que tenías atrás?
—A Emilio (Haro, el productor) le gustaron mucho algunos de esos embriones musicales que le llevé, así que elegimos mitad y mitad: mitad de lo de 2022 y mitad de lo que se fue haciendo a lo largo de los años, que tampoco sé cuándo se hizo. Fue muy divertida la parte de entender qué hice. Porque cuando sé que hay alguna forma medio rara o que una canción tiene ingredientes difíciles de discernir, en general lo que hago es grabar y después explico cómo lo hice, para no tener que dar las vueltas que dimos para sacar estas cosas. Pero muchas veces no lo hago y después me vuelvo loca, tengo que empezar a descubrir cómo está afinada la guitarra, en qué cuerdas estoy tocando... Pero me encanta ese proceso. Me desespera y me gusta mucho a la vez. Es como un juego que me divierte mucho hacer.
—Pero a la vez podrías no descubrirlo todo. Hay algo de la versión original que se escapa...
—Sí, algo del original se escapa, y cuando ese algo es muy importante, conservo el original. Por lo menos para el disco. En general todos mis discos están hechos con los originales. Después los tengo que dilucidar para tocar en vivo. Pero yo tenía casi la rigidez de pensar que esa toma era la inmejorable. Y en este disco se comprobó que no necesariamente es así.
—¿En qué canciones?
—Por ejemplo, en “siestas ahí”, estuvimos descifrando cómo se había hecho, y quedó muchísimo mejor. O “caravanas”. Estaba hecha con un sinte que tocaba yo y la deconstruimos toda, hicimos que cada nota la tocara un instrumento diferente. Porque era una canción que a mí me gustaba muchísimo, muchísimo. Siempre la tenía en la cabeza. Y cuando iba en el auto cantándola decía, “qué buen tema, me encanta”, pero cuando lo escuchaba, no llenaba mis expectativas. Lo que me acordaba en la cabeza era mejor que lo que tenía. La encaramos de otro modo completamente diferente y es una de mis favoritas del disco.
—“siestas ahí” terminó jugando un rol fundamental: fue el único corte de DOGA, una canción diferente, rosada, un color que no es propio de tu repertorio.
—Me gustaba mucho la melodía y esa letra medio incomprensible que tenía, me parecía que decía todo lo que tenía que decir en el lenguaje musical. Porque lo que pasa con las canciones es que se mezcla lo intelectual con un mundo que no tiene nada que ver, el universo de la música, que es una abstracción completa. Me gusta mucho esa cualidad de la música. Me parece la más interesante, te diría. Como los elementos químicos que se combinan con otros a través de sus valencias, siento que la música tiene eso y se combina con cada uno de nosotros de la manera que somos. Pero Emilio me decía que era un tema fundamental en el disco, que no podía no tener letra. La escribí, la canté y me deprimí. Y en un momento de lucidez dije: hagamos las dos cosas. Y dejamos la primera estrofa como está en el demo, y ahí me volvió el alma al cuerpo. Durante muchos meses estuvimos enamoradísimos de ese tema. Lo que más me enamoraba es eso que dijiste, que era algo distinto a lo que yo había hecho alguna vez.
—Los primeros versos de “va rara” dicen: “Alguna vez las formas del espacio me sugirieron planos y dibujos”, y lo pienso en relación a tu proceso creativo. ¿Tu vínculo con la música pasa por ahí, por ser canal?
—Absolutamente. De hecho, para mí, los grandes momentos de todos los discos que hice son aquellos en donde yo no estoy. Realmente. No es una esnobeada lo que estoy diciendo: me pasa. Me pasa que no siento que sea yo la que está haciendo, siento que es una cosa que pasa. Siento que los instrumentos me dicen qué hacer con ellos. Y que yo estoy obedeciendo una forma que está sucediendo, porque “bajar” es un poco pretencioso. En general me pasa: después de muchos días y horas de estar en algo, de golpe desaparece todo. Desaparece la computadora, desaparece el instrumento, desaparezco yo. Y mientras pasa eso veo “formas y figuras”. Es como dejarse llevar en el baile. No es que el que te lleva te dice: “el pie derecho para atrás”. Hace un movimiento y vos mandás el pie para atrás. Bueno, eso es exactamente lo que a mí me pasa con la música. Hay una comunicación muy potente con la música que es instantánea. No es pensada. No hay cabeza. Y esos momentos son los valiosos para mí. Son momentos de grandes verdades.
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